El Viento (2)

Nacimos para vivir

Evangelio según San Lucas 20, 27-38

Cada domingo es día de la Resurrección del Señor. Cada domingo celebramos que Jesús, después de muerto, se levantó de la tumba dejándola vacía. En ello creemos, es el motivo central de nuestra fe, y de allí arranca la certeza en la resurrección de los muertos, de nuestros seres queridos, de todos los que nos precedieron. Ahí está el consuelo ante la separación dolorosa que es la muerte.

Hace muy pocos días, hemos celebrado el día de los difuntos, y hemos sido testigos de las visitas al cementerio con ramos de flores, de las largas listas de deudos nombrados en las misas, del encuentro de la familia en torno al papá o la mamá que ya partieron de este mundo, de que los muertos están vivos en el recuerdo, en el cariño, en la oración.

Hoy el texto de Lucas, nos pone frente al tema de la Resurrección. Los saduceos, en tiempo de Jesús, que no creen en la vida eterna, pretenden ridiculizarla utilizando la ley de Moisés, que en función de la fecundidad y la procreación, busca perpetuar la descendencia con el levirato. Ellos quieren sorprender a Jesús, desafiando su autoridad. ¿De quién será esposa esta viuda que tuvo siete maridos?, le preguntan.

Una vez más, Jesús aprovecha la ocasión para su enseñanza. El matrimonio pertenece a este mundo. Está en el proyecto creador de Dios. También la ley del levirato. Pero hay una creación nueva y distinta, un mundo futuro que nace con los justos, con los que buscan el bien, con los que cumplen no la letra de la ley, sino su espíritu. Y en esa creación nueva, los hijos de Dios serán hijos de la resurrección, porque Dios es un Dios de vivos no de muertos. Abraham, Isaac y Jacob viven, para Él. De esta manera, Jesús revierte el argumento. Si los saduceos se apoyaban en la Ley de Moisés para negar la resurrección, Jesús, desde la misma Ley, la afirma.

En este tiempo, también hay personas que no creen en la resurrección. A ellos se dirige nuestro mensaje de esperanza, cada vez que acompañamos el dolor, la muerte, la debilidad. La fe en Jesús resucitado le da sentido a todo ello, porque Jesucristo es el Camino que nos conduce hacia adelante, la Resurrección que nos perpetúa, y la Vida que nos hace participar de la misma vida de Dios.

Es importante preguntarse, en la reflexión sincera, ¿qué significa para mí la resurrección de Jesús, y cómo ella le da sentido a las muertes de cada día, a las pérdidas tan frecuentes, a los duelos que debemos enfrentar a menudo?

Hace más de dos siglos la tumba amaneció vacía. Pero hoy, ¿dónde está el Resucitado? ¿Dónde veo signos del Señor viviente entre nosotros? ¿Dónde descubro en mi realidad cotidiana anticipos de nueva vida, fragmentos de eternidad?

Nacimos para vivir. Y aunque la vida nos ofrezca duros momentos de sufrimiento, males, quebranto. Sabemos que más allá del dolor y de la cruz, está la vida nueva que él nos regala. Y esta certeza que nos aporta la fe, nos permite ponernos de pie después de los fracasos y caminar erguidos en medio de las dificultades. Dios es un Dios de vivos, siempre estaremos vivos para Él, ahora, en medio de las vicisitudes de este mundo, y después, resucitados con Jesús.

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