8 de marzo de 2019

 

Queridas mujeres de la Vida Religiosa,
Queridas hermanas:

 

Las saludo a cada una en este día internacional de la Mujer, con un abrazo cariñoso, agradecido y esperanzado por sus vidas entregadas por Jesús y su Reino.

¿Por qué celebrar? Porque sé de sus deseos e intentos de cada día, por vivir en fidelidad el amor a Dios y a los hermanos y hermanas como una vez prometieron en sus votos. Sé que nuestra entrega no es, en ningún caso, por sentirnos especiales ni mejores, sino por habernos experimentado profundamente amadas por Dios y eso nos impulsó a querer responderle de un modo especial, poniendo todo lo que somos, todas nuestras potencialidades como don para el Reino.

Hoy es un día de gracia, porque Dios habla al corazón de las mujeres para liberarlas, hoy podemos decir junto a nuestra hermana María de Nazareth: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador”(Lc. 1, 46-479. Es día de celebrar con ella, porque ponernos en la senda de María de Nazareth, es sobre todo ponernos en la senda de la obediencia, pero no mal entendida como sumisión, humillación o sometimiento a otros, sino como lo explica la teóloga Elizabeth Johnson, poner el oído atento, del latín ob-audire, que significa escuchar. Lucas presenta a María como el discípulo ideal, cuya característica es escuchar la palabra de Dios y guardarla, hacerla, ponerla en práctica, responder a ella, siendo éste el modelo para discípulos hombres y mujeres sin distinción[1]. Por eso las animo, primero que todo, a vivir con esta conciencia nuestra vida de oración. Que como María, que fue capaz de descubrir el proyecto que Dios tenía para ella, en la escucha atenta a Dios que habla en lo secreto  del corazón y la conciencia, podamos discernir, para llegar a decir nuestro Fiat cada día con más libertad. Regálense espacios de intimidad con el Señor, en silencio, en soledad y también en comunidad, para escuchar al Dios de la historia que quiere seguir acompañando a su pueblo, también por medio de nosotras, para adentrarnos en Sus planes, con amor, creatividad y audacia.

Y para que nuestra vida de mujeres religiosas, sea la vida en abundancia prometida por Jesús (Jn. 10, 10), quiero motivarlas a guardar, como María en el corazón, estas tres invitaciones:

Primero: Sean (seamos) felices, disfruten cada día y en cada momento la vida, atrévanse a vivir como Dios las impulsa en lo profundo del corazón. No tengan miedo a sus anhelos más profundos, a ser auténticas, a mostrar su belleza, su pensamiento diferente, no permitan que los varones las subestimen. No tengan miedo a amar con ternura, a abrazar y a dejarse amar y abrazar por los demás.



Segundo: cuiden de ustedes mismas, de su salud física, sicológica y espiritual. Recuerden que el Reino de Dios comienza  en ustedes, recen con la tercera parte del mandato de Jesús “Amarás a tu prójimo como a ti misma”(Mt. 22, 39). Dios las quiere plenas, cuiden, cuidemos nuestros equilibrios de trabajo, oración, comunidad, gratuidad, recreación. Y sigamos impulsando la reflexión, para que nuestro trabajo pastoral en parroquias sea valorizado económicamente, con un sueldo digno y justo, recordemos que “la obrera merece su salario” Mt. 10, 10

Tercero: cuidemos nuestro deseo de una vida sencilla, que no implica no tener bienes materiales, sino no hacernos dependientes de ellos. Que nuestra única dependencia sea de Dios, de quien lo recibimos todo. Dios, el Dios de Jesús, que es inmensamente generoso, que hace salir el sol sobre buenos y malos (Mt. 5, 45) y que viste hermosamente a los lirios del campo y alimenta a los pajaritos, que ni hilan, ni cosechan (Mt. 6, 26. 28)

Por último y muy importante, es señalar que el Reino solidario, fraterno, justo, compasivo y humanizado al que nos llamó a colaborar Jesús, está siendo amenazado desde dentro de la Iglesia y ante esto no podemos callar, nuestra profecía, hoy más que nunca, debe ser alzar la voz en favor de los que sufren. Creyendo, acompañando y sosteniendo a las víctimas de todo tipo de abusos, reconociendo  y cambiando nuestras actitudes que nos hacen cómplices (indiferencia, desinformación, minimización de los hechos, cuidar el prestigio de la Iglesia). Las mujeres religiosas podemos y tenemos que ser voz de los acallados y especialmente de las mujeres que aun permanecen en silencio con su dolor, por eso quiero recordar en este día, el llamado hecho por la Unión Internacional de Superioras Generales el año pasado: “Nosotras, la UISG, permanecemos al lado de las mujeres valientes y de los hombres que han presentado informes sobre los abusos a las autoridades. Condenamos a los que mantienen la cultura del silencio y el secreto, a menudo bajo la apariencia de “protección” de la reputación de una institución o como “parte de la propia cultura”. Abogamos por informes civiles y penales transparentes de los abusos tanto en las congregaciones religiosas, en las parroquias y en los distintos ámbitos diocesanos, como en cualquier espacio público.

Pedimos que cualquier religiosa que haya sufrido abusos informe sobre este a la responsable de su congregación, a la Iglesia y a las autoridades civiles según se considere más conveniente[2].

Dios cuenta con nosotras, cuenta con la ofrenda honesta y humilde de nuestras vidas, cuenta con la verdad y belleza de nuestro Fiat, pongamos también nosotras toda nuestra confianza en la acción de su Espíritu, la Ruah que continúa haciendo nuevas todas las cosas.

Un abrazo sororo

Bernardita Zambrano Chávez
Religiosa del Sagrado Corazón
Mujeres Iglesia Chile


[1] Cf. E. Johnson. María en la comunión de los santos. Un mosaico: la memoria peligrosa de María. pg. 297

[2] Cf. http://www.internationalunionsuperiorsgeneral.org/es/uisg-declaracion-contra-todos-los-tipos-de-abusos/

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