El Viento (2)

El Bautismo de Jesús

Ana Teresa Araya, sp

Evangelio según San Lucas 3,15-16.21-22.

Querid@s herman@s, a partir  del Evangelio que nos trae la celebración del Bautismo de Jesús este Domingo, quiero  simplemente compartir con ustedes lo que resuena  en mi corazón a partir de la reflexión. Este texto evangélico nos da grandes enseñanzas, para fortalecer nuestra fe en  la teofanía trinitaria. Jesús recibe de manos de Juan el bautismo, como uno más de la fila de los pecadores, aún cuando en Él no había pecado; de este modo, cargó solidariamente sobre sí los pecados de todos nosotros; por eso el Bautista lo proclama como «el cordero de Dios que quita el pecado del mundo».

Juan Bautista decía a los que venían a ser bautizados por él: » yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias…Él bautiza en el Espíritu Santo y en el fuego». Juan exalta inmensamente a Jesús, Él es el verdadero Mesías que tiene poder para bautizar en el Espíritu Santo, bautismo más potente que permanece para siempre, que entrega una abundancia de Gracia que le permite al bautizado ser llamado Hijo de Dios.

Jesús quiso ser bautizado, no para ser purificado, sino para purificar; sumergiendo consigo en el agua bautismal nuestro hombre viejo, nuestra vieja levadura, todo lo que impide la presencia del Reino. Jesús el Redentor, al dejarse bautizar, santificó todas las aguas del universo, porque todo lo que Jesús toca, es tocado por el propio Dios. ¿No será el momento de dejarnos -como vida consagrada, como Iglesia- tocar desde dentro por su Espíritu de amor que regenera, purifica y transforma? En este año de la Misericordia ¿no sentimos la necesidad de dejar que nos abrace fuertemente con toda la ternura de un Padre bueno y bondadoso?

Nosotros como creyentes, necesitamos el agua del Espíritu, lo mismo que necesita humedad la tierra agrietada por la sequía, como expresa el Salmo 62 «mi carne tiene ansia de ti como tierra reseca, sin agua…”  Miro mi vida y la de tant@s y pienso que nos hace falta un rocío abundante, a veces un torrente, un golpe de viento para que se muevan nuestras velas dormidas, para no dejar apagar el Espíritu, como ya nos exhortaba San Pablo (Cf.1°Tes.5, 19)

Dice el texto «se abrió el cielo» para que el Espíritu Santo bajase, gesto que nos llama a reconocer la invitación de  Jesús a abrir nuestro propio corazón, para que entre su Espíritu y nos transforme en hombres y mujeres nuevos, plenos del amor misericordioso de Dios. Se presenta en forma de paloma, para significar que debemos aproximarnos siempre con infinita confianza y simplicidad al Misterio del Amor Providente.

El Bautismo es la transformación de la vida, que ayuda a sostenernos en nuestra fragilidad, que nos conduce a Dios peregrinando  junto a Él, apoyados en la fe, porque nuestra misión de bautizados nos hace testigos de la fe y de la esperanza en Jesús.

Herman@s creo que todos y todas tenemos la certeza de la acción del Espíritu en nuestras vidas, para interiorizar a Dios dentro de nosotr@s, para no perder de vista lo genuino de nuestra vocación de consagrad@s, para gozar de su presencia salvífica y de la gratuidad de su amor, en el que nos eligió y llamó con predilección y que nos faculta para escuchar las mismas palabras que le dijo a Jesús: «Tú eres mi hijo muy querido en quien tengo puesta todas mis complacencias».

Deseo ardientemente que en este año de Gracia del Señor, dejemos que Dios se nos revele, que se manifieste en nuestra vida cotidiana, para entregar toda la acogida, ternura, compasión y misericordia a nuestros hermanos y hermanas de comunidad y a todas las personas con quienes trabajamos y compartimos día a día…

Que este tiempo bendito sea la oportunidad para dejarnos nuevamente seducir por Dios.

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