Carolina Madariaga Marmolejo
Religiosa del Buen Pastor

Evangelio según San Marcos 6,7-13

Al evangelio de este domingo, lo antecede el asombro que Jesús tuvo al no poder hacer milagros entre los suyos, familiares, amigos o conocidos en pueblo que lo vio crecer. Desde esta experiencia Jesús llama a los Doce y los hace salir más allá de su zona de confort. Vayan a las fronteras donde no los conocen, con la necesidad de confiar en la providencia y la tarea de crear vínculos con quienes comparten la misión.

Sorprende ver el despojo de los discípulos de Jesús, no podemos pretender decir que nuestra misión en la actualidad debe ser de la misma manera, sin embargo, el mandato de Jesús va a lo fundamental de nuestra vocación: ¿Dónde está puesta tu seguridad? ¿Has dejado de confiar en la fuerza del anuncio?. Vemos nuestra misión y seguridades muchas veces puesta en la institucionalidad de nuestros institutos, los cuales se han convertido en grandes edificios y responsabilidades administrativas que consumen las fuerzas de los hermanos/as, no digo que no sea necesaria la institucionalidad, sin embargo, no es lo fundamental, nos hemos quedado atrapados respondiendo en nombre de la misión y del Reino a cuestiones administrativas, dejando el tiempo que nos queda para compartir algo de la experiencia del Evangelio con aquellos que están a nuestro alrededor.

Jesús nos dice nuevamente que nuestra consagración es el compartir esa experiencia que transformó nuestra vida, proclamar en medio de este tiempo que el Reino está cerca. El devenir de la historia nos muestra que el anuncio del Evangelio es necesario y vital, la Iglesia sufre por sus delitos cometidos a los que Jesús más ama: los pobres y los niños.

La certeza que Jesús les da a los Doce que salieron de dos en dos, es la que necesitamos renovar y refundar. Sabernos discípulos/as que salen reconociendo que lo que hacen: expulsar demonios, sanar a los enfermos y anunciar el Reino no depende de sus fuerzas, sino que viene de Dios. Quizás es tiempo de seguir reconociéndonos frágiles como todos, necesitados del evangelio que los demás tienen para compartirnos, que nuestra misión es desde lo pequeño, desinstalados de nuestras seguridades para ir a la escucha de quienes viven más allá de mis propios límites tanto físicos como mentales.

Un antiguo himno de la liturgia nos dice: “Por tus caminos, guíanos hacia donde anhelamos.” Preguntémonos como hermanos/as ¿Cuáles son nuestros anhelos profundos y hacia dónde nos conducen? Que en la honestidad de nuestra consagración podamos volver nuestra vida a Jesucristo sabiéndonos discípulos/as necesitados y vulnerables.

Que el Espíritu Santo venga y nos renueve como vida consagrada, como Iglesia y no nos cansemos de anhelar ser discípulos/as del único Maestro; discípulos/as que anhelamos con toda nuestra fuerza transmitir la Buena Noticia de justicia, compasión y reconciliación; Buena Noticia de vida abundante, vida que humaniza todo lo creado y que sólo Dios puede dar.

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