Hna. Susana Ruani,op
Dominicas de la Anunciata

Muchas veces quisieron poner en apuros a Jesús, pero sus respuestas siempre fueron sencillas, evidentes, tan simples que hasta un niño podía entenderlas. El encuentro con el Maestro de la Ley en Lc. 10,25-35 es una de esas experiencias que manifiestan la realidad entrañablemente pedagógica de sus diálogos.

No sabemos qué intención tenía este hombre al preguntarle: “Qué debo hacer para conseguir la vida eterna”, tal vez haya sido honesta su pregunta y no sólo para ponerlo en apuros, pero Jesús lo remite a la fuente con otra pregunta: “Qué dice la Biblia, qué lees en ella”, como queriendo decirle ¿no entiende tu corazón lo que tu cabeza de Maestro de la Ley medita?… Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu y al prójimo como a vos mismo ese es el secreto de la vida eterna… entonces haz eso y vivirás. Pero cuando este hombre sigue insistiendo y le pregunta: ¿Quién es mi prójimo? Entonces Jesús para explicar quién es  su prójimo y nuestro prójimo comparte uno de los relatos más  bellos  que nos propone el Evangelio: la Parábola del Buen Samaritano.

Muchos pasaron por el camino, personas que tal vez estaban muy formadas en asuntos de la Ley, pero no se dieron cuenta que ahí había un hermano caído, un hermano herido, un prójimo necesitado…habían leído mucho sobre la Ley, pero esas palabras no habían llegado a su corazón,  y el mensaje que quería dejar Jesús apuntaba a esto: a tocar el corazón, por eso este hombre no entendía, por eso muchas veces nosotros tampoco entendemos.

Y fue precisamente un “samaritano”, un hombre de un pueblo vecino –contrario a las costumbres judías-  quien se compadeció. Tuvo misericordia porque en su corazón primaba la humanidad por sobre la ideología, la compasión por sobre las leyes. Y se hizo cargo del herido con todo lo que eso conlleva: preocupación, gestos de acogida, tiempo, dinero, postergar sus planes para atender al otro.  El samaritano reconoció en ese hombre a un “hermano”.

El Papa Francisco llama a esta clase de personas: “los santos de la puerta de al lado” (Gaudete et Exsultate N°7). Ellos son los buenos samaritanos actuales, esas personas sencillas que viven cotidianamente las realidades más profundas del mensaje evangélico con una naturalidad que pasa desapercibida a los ojos humanos, pero no pasa desapercibida para Dios, porque sus acciones son la llave para entrar en la vida eterna (Mt. 25, 31-46).

Retomando las palabras de Jesús: “Vayamos nosotros y hagamos lo mismo”


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