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Pascua de P. Óscar Jiménez, SJ

Vía: Comunicaciones Jesuitas Chile

Informamos con profunda tristeza, que hoy miércoles 5 de octubre, falleció Óscar Jiménez SJ.

El padre Óscar tenía 93 años de edad al momento de su muerte, 71 años en la Compañía y 61 años de sacerdocio.

Encomendemos al querido padre Óscar en nuestras oraciones en agradecimiento por su vida y su entrega en la Compañía de Jesús.

Óscar Jiménez SJ

Óscar nació en Iquique, ciudad de la cual guardaba muy buenos recuerdos y que quería mucho, en la familia formada por Félix Jiménez Vernal e Isolina Lazo Albornoz. Tuvo un hermano mayor, Félix, con el cual compartió la niñez y adolescencia, y una hermana menor, Emilia, fallecida a los dos años. Su padre era de origen boliviano y su madre había nacido en La Tirana, en ese tiempo territorio peruano. El papá, después de haber trabajado como contador en oficinas salitreras, al casarse se trasladó a Iquique y trabajó en la Compañía de Teléfonos y posteriormente en una empresa de cabotaje, lo que le permitió dar a la familia un buen pasar económico, buena casa y buena educación. Su madre venía de Taltal y era una mujer sencilla, creyente y que se dedicó al cuidado de la familia. El papá era devoto de la Virgen de La Tirana e iba a su fiesta, como única expresión religiosa anual, pero era anticlerical, aunque respetuoso de las opciones de su esposa y de sus hijos. Oscar sólo guardaba buenos recuerdos de su hogar, sus padres eran amables, sencillos y trabajadores.

Los estudios de “preparatoria” los hizo en la famosa Escuela Santa María de Iquique y las humanidades, en el Liceo Fiscal de Iquique. De ambas instituciones guardaba muy buenos recuerdos. En un relato de su vida, Óscar cuenta lo “amiguero” que era y lo sana e ingenua que fue su vida de esos años que en parte transcurrió con el trasfondo de la guerra mundial de cuyos avatares se enteraban por la propaganda de los Estados Unidos y algo menos por las noticias que exponía en la vitrina un comerciante alemán.

La formación religiosa la recibió a través de su madre que le enseñó las oraciones y lo apoyó para que hiciera su Primera Comunión y recibiera la Confirmación. Se acercó a la Catedral, en parte porque allí había posibilidades de participar en juegos y allí ingresó a la Juventud Estudiantil Católica (JEC) junto con su hermano. En ese ambiente conoció al Padre Hurtado de visita a Iquique como asesor nacional de la juventud católica. Fue invitado a participar en el Campamento de la JEC que se realizaría en Algarrobo en el verano de 1947, experiencia que marcó hondamente su fe de adolescente y donde se encontró con jóvenes militantes de muchas ciudades de Chile. Otra experiencia importante fue la participación en el grupo “Resurrección” creado por el Presbítero Mario González que estuvo un tiempo en Iquique.

Al terminar los estudios de humanidades rindió con éxito el bachillerato y pudo ingresar a la Escuela de Odontología de la Universidad de Chile, en Santiago. Se iniciaba una etapa nueva, fuera del ambiente más pequeño y acogedor de la ciudad de Iquique, donde casi todos se conocían. Vivió en una pensión, se integró bien al ambiente de la Escuela de Odontología gracias a su carácter amistoso y participó en el Grupo Resurrección que funcionaba en Santiago.

En el mes de María en San Francisco, el Padre Hurtado le tocó el corazón con su llamado a una vida comprometida y atenta a la situación de los pobres. Durante las vacaciones en Iquique el año 1950 sufrió la pérdida de su madre, que lo afectó hondamente hasta entrado el segundo año de odontología en Santiago. En ese tiempo encontró la amistad de una joven con la cual terminó pololeando, experiencia que fue muy honda para él. Pero seguía pensando el futuro y se sentía llamado a una vida que iba más allá de formar una familia. En ese contexto se le apareció la posibilidad de ser sacerdote como algo que daba mayor plenitud a su vida, a pesar de estar enamorado y pololeando. Consultó con el Presbítero Francisco Vives, que le confirmó, y posteriormente participó por primera vez en unos breves ejercicios espirituales dados por el Padre Hurtado en la Casa de Ejercicios Loyola en el pueblo de Marruecos (hoy Padre Hurtado). Pudo conversar con él, se sintió escuchado muy en profundidad y experimentó una honda consolación. Ya fuera de los ejercicios decidió postular a la Compañía de Jesús que apenas conocía y dio el duro paso de anunciarle a su polola la decisión de entrar al noviciado a pesar de cuanto se querían. 

El mismo Padre Hurtado llevó a Óscar y a otros compañeros al pueblo de Marruecos el 4 de abril de 1951 y les dijo, al llegar: “Bueno, Patroncitos, ya vamos a llegar y quiero decirles que acá ustedes no se van a encontrar con ángeles, sino con hombres”. Los recibieron los Padres Nicanor Marambio, maestro de novicios, y José Cifuentes, su ayudante. Ese año ingresaron al noviciado 5 jóvenes para ser hermanos religiosos y 13 para ser sacerdotes y perseveraron siete como sacerdotes y uno como hermano. Óscar venía con experiencia universitaria, pero con un escaso conocimiento de la Compañía, y describe el grupo como muy alegre y amistoso. Lo marcó profundamente el mes de ejercicios espirituales durante el primer acompañado por el P. Nicanor Marambio, su primer maestro de novicios. Durante su noviciado falleció sorpresivamente su padre en Iquique, a donde viajó con su hermano que lo había venido a visitar. A muchos años de distancia, Óscar guardaba un buen recuerdo del noviciado y de las experiencias formativas, aunque consideraba que el ambiente había sido algo infantil. Hizo sus primeros votos el 5 de abril de 1953. De inmediato se integró al “juniorado” e inició los estudios humanísticos con cursos de literatura, arte, música, historia, idiomas, clásicos, teatro, todo orientado a desarrollar la dimensión humanista. Óscar quedó deslumbrado con este horizonte que se le abrió. El de los juniores era un grupo de jóvenes chilenos, uruguayos y algún argentino que crearon un clima humano agradable y con experiencias incesantes que ayudaban a tejer amistades, algo muy importante para Óscar. El contacto con “el exterior” se daba a través del trabajo apostólico de los domingos en la mañana en los sectores campesinos que rodeaban entonces la casa, y en un acceso a las noticias del diario El Mercurio que les leía y comentaba un estudiante mayor que ayudaba como profesor… Los dos años se le pasaron rápidamente.  Dada su edad y estudios universitarios previos era hora que iniciara los estudios de filosofía.

Los avatares de la política argentina en los últimos tiempos del primer gobierno de Domingo Perón indujeron a los superiores chilenos a enviar a siete que terminaban el juniorado a continuar sus estudios a Bogotá, Colombia. Óscar y otro compañero se integraron a la promoción anterior y partieron en barco a su nuevo destino. No serán los estudios de filosofía, salvo la metafísica y la historia de la filosofía, lo que conquistará el corazón de Óscar, sino el conocer Colombia, su gente, su geografía, el hacer amistades profundas con jesuitas y con laicos y laicas que perduraron en el tiempo. No echó para nada de menos Chile y guardó siempre un gran recuerdo de los dos años y medio que estuvo allí. Continuó en su proceso de apertura cada vez más amplia a otros horizontes y alimentando algo que siempre fue fundamental en su vida: las amistades, más abundantes a veces fuera de la Compañía que dentro de ella. En el segundo semestre chileno de 1957 ya estaba de regreso en Chile, habiendo pasado brevemente por Iquique después de desembarcar en Arica, para resolver algunos asuntos familiares. El superior provincial lo envió a hacer su experiencia apostólica al Colegio San Francisco Javier de Puerto Montt.   

Óscar, hacia el sur, no había pasado más allá de Rancagua.  El viaje en tren le significó descubrir otro país: el verde intenso, las casas de madera humedecida, los bosques, la ciudad de Puerto Montt y la Isla de Chiloé. Le encargaron ser profesor de historia, cuidar el internado y preocuparse de las actividades deportivas de los alumnos. Eran tiempos en que los jesuitas en magisterio enseñaban sin títulos pedagógicos y a veces tenían que aprender la materia poco antes de enseñarla. Él se descubrió muy buen profesor, con buena metodología y ascendiente sobre los alumnos con los cuales no tuvo problemas de conducción grupal. Era la primera experiencia pedagógica que con los años se iría desenvolviendo con más fuerza y creatividad. También descubrió que tenía gran capacidad organizativa pues le correspondió organizar las Olimpíadas de los colegios jesuitas que se celebraron en Puerto Montt en 1959, año del centenario del colegio para lo cual tuvo que tomar contacto con muchas autoridades de la ciudad, con los medios de comunicación y organizar equipos. Durante el magisterio experimentó el aprecio y el apoyo del Padre Alberto Hitschfeld, prefecto del colegio. Siempre lo recordaba como una persona que lo había marcado y en especial, lo había querido, aspecto que hacía brotar lo mejor de la personalidad de Óscar. El año sesenta le tocó vivir el terremoto de mayo en Ancud con un grupo de alumnos que habían ido a un campeonato de basquetbol. Cuando iban en un bus de regreso a Chacao y acababan de pasar el puente sobre el río Pudeto, sintieron el terremoto que interrumpió el camino y los obligó a caminar cuatro horas hasta Chacao para atravesar el canal en una barca. Desde ella vieron los enormes daños causados por el sismo en la ciudad y sus alrededores. Era su último año de magisterio y lo vivió con plenitud y alegría. Óscar hace en un escrito suyo la siguiente evaluación: “Sentía pena de separarme del colegio, de la ciudad y de los numerosos amigos que dejaba. Tenía que dar paso a la nueva etapa para hacer mis estudios de teología, que finalizaban con la tan anhelada ordenación sacerdotal”.

“Había sido una etapa hermosa y provechosa que confirmó mi vocación a la Compañía, y me permitió madurar como persona y como religioso”. Siempre recordaba con añoranza esos tres años vividos en la comunidad y en el colegio, y las amistades que se tejieron.

Hizo sus estudios de teología los años 1961 a 1964 en el Colegio Máximo San José, en San Miguel Argentina donde se encontró con compañeros chilenos, argentinos, uruguayos y de otras nacionalidades. Entre ellos, aunque haciendo la filosofía y por lo tanto en un sector separado de la gran casa, Jorge Bergoglio el futuro papa Francisco. Los estudios los enfrentó con mucha responsabilidad y dedicación y gracias a ellos, según su propio testimonio “empezó a despertarse su juicio crítico que ya no lo abandonaría jamás”. También se inició en la práctica de dar y acompañar los ejercicios espirituales bajo la dirección del P. Fiorito, lo que constituyó el nacimiento de su amor a los ejercicios como el mayor tesoro de la Compañía de Jesús y cuyo fruto él había experimentado hondamente en el mes de ejercicios del noviciado. Una tercera experiencia honda vivida por Óscar en esos cuatro años fue el servicio pastoral que prestó en el Instituto Sommer, en la ciudad de Rodríguez, en la provincia de Buenos Aires. Se trataba de un “leprosario” al cual Óscar iba las tardes de los jueves y los domingos en la mañana a acompañar a las y los leprosos, a servirlos y participar en sus actividades. Le conquistaron profundamente el corazón hasta plantearse el pedir ser destinado a ese trabajo en forma más permanente. El mismo escribió: “En esos cuatro años de preparación para mi consagración sacerdotal, en ese lugar el Señor, preparó mi corazón para “amar y servir” a esos pobres desvalidos y marginados. Mis oídos se abrieron para ESCUCHAR con paciencia amorosa los dolorosos relatos y para ACOMPAÑAR los vaivenes de la existencia humana. Estas dos dimensiones acompañarán el ejercicio de mi ministerio sacerdotal”. 

La ordenación sacerdotal tan anhelada la recibió en la Iglesia de San Ignacio, en Santiago el 21 de diciembre de 1963 de manos de don Raúl Silva Henríquez Arzobispo de Santiago.  Presidió por primera vez la Eucaristía, tal como San Ignacio de Loyola, un 25 de diciembre en el templo jesuita de Puerto Montt. Volvió a fines de febrero a San Miguel, Argentina, para realizar el cuarto año de teología, ahora como sacerdote, lo que le permitió ser capellán dominical en la Parroquia de Don Torcuato y atender como tal a leprosas y leprosos. A fin de año rindió el examen final de teología. Terminaba así este período muy fecundo de cuatro años y en el que había recibido la ordenación sacerdotal tan anhelada.

Su primer destino como sacerdote en Chile fue al querido Colegio San Francisco Javier de Puerto Montt donde se desempeñó durante 1965 como “Padre espiritual” de los alumnos y profesor de historia y culminó con el viaje de estudios con los alumnos al norte del país lo que le posibilitó pasar por Iquique y celebrar la Eucaristía por primera vez en su ciudad natal.

El año 1966 hizo su Tercera Probación en La Ceja, cerca de Medellín, Colombia junto a su buen amigo el Padre Eduardo Muñoz y bajo la dirección del Padre Jaime Martínez con quien hizo el mes de Ejercicios Espirituales. Oscar se reencontró con Colombia donde había hecho su filosofía. Fue un año excelente y que culminó con el viaje de ambos pasando por Ecuador, Perú y Bolivia. Quería ir a Bolivia donde había nacido su abuelo paterno Hilarión Jiménez Ochoa. Volvía a Chile para reintegrase a la comunidad de Puerto Montt que era como su ancla en Chile. Pero sorpresivamente fue enviado por el Padre Provincial a apoyar el trabajo en ejercicios espirituales en la Casa de Padre Hurtado, decisión dura y sorpresiva para él  que significó un corte abrupto con lo que visualizaba como servicio a la Compañía en el campo de la educación y sobre todo en Puerto Montt. 

El aprecio que Óscar tenía a los ejercicios, especialmente desde su estadía en Argentina, le ayudó a asumir su nueva labor en tiempos de profunda renovación de las congregaciones religiosas como efecto del Concilio Vaticano II que pedían ejercicios espirituales o ayuda en jornadas de renovación. Chile vivía la efervescencia política de finales de los años sesenta con Eduardo Frei Montalva como presidente y se radicalizaban las posiciones hasta la ruptura del partido, cuando grupos de jóvenes lo abandonaron para formar un nuevo partido más cercano a la izquierda tradicional.  En esta coyuntura, Óscar vuelve con pena a la región central y vive una especie de conversión político-religiosa que marcará profundamente su vida como sacerdote jesuita.  Su trabajo con religiosas y religiosos a través de los ejercicios lo llevó a tomar contacto con la experiencia pastoral de sacerdotes que vivían en el mundo obrero y poblacional y a participar por primera vez en su vida en jornadas y actividades con pobladores obreros comprometidos. Fue invitado por el párroco de San Marcos en la Zona Sur de Santiago a apoyar una capilla a la cual iba de sábado en la noche hasta el domingo en la tarde. “Este compromiso tendrá enormes consecuencias para mí, marca un hito en mi vida porque era la primera vez que me sumergía en el mundo de los pobres” dice Óscar en sus memorias y añade: “Este período de 1967-1969 fue determinante en mi vida consagrada: todo iba en una dirección y, de repente, cambió tan radicalmente que me vine abajo. En ese momento no podía comprender el sentido de lo que vivía, lo comprenderé más adelante”. En un viaje que realizó a Europa en 1969 para hacer un curso de Ejercicios aprovechó para reflexionar sobre su vida y lo que estaba sucediendo e hizo por tercera vez el mes de ejercicios en Francia. En ellos pudo interpretar el “quiebre” que había vivido y descubrir que Dios le estaba mostrando un modo de vivir el servicio sacerdotal adecuándose a través de lo que le estaba sucediendo.  Pensó que debía vivir de su trabajo en el ámbito de la enseñanza de la filosofía en sectores populares y completar en la Universidad Católica sus estudios de filosofía hechos en Bogotá. Llegó a Santiago cuando ya había ocurrido la elección presidencial de Allende y, después de unos meses, se integró a una nueva comunidad en formación de jesuitas que trabajaban en la enseñanza pública, en la universidad o en organismos estatales y que compartían una actitud positiva frente al nuevo gobierno.

Siguió dando ejercicios y retiros, empezó a validar sus estudios de filosofía en la Universidad y a enseñar esa disciplina en un liceo de niñas. En la universidad se encontró con la efervescencia política de esos años y tuvo cursos que le ayudaron a interpretar la experiencia que se estaba viviendo. En ese contexto pensó que debía tener un compromiso mayor con el proceso que vivía Chile y militar en un partido de izquierda, eligiendo el MAPU, lo que oficialmente no podía hacer por las normas de la Compañía. Como militante le correspondió participar en campañas de alfabetización de trabajadores y crear nuevos lazos con el mundo popular. Con su grupo político de referencia tenían responsabilidades que cumplir en un posible alzamiento militar contra el gobierno. En medio de este proceso de cambios profundos en su vida y vocación, aconteció el golpe militar del 11 de septiembre, que entre otras muchas consecuencias llevó a la desaparición de su comunidad jesuita de los últimos tiempos y planteó la necesidad de ir a vivir a otra comunidad. En conversaciones con el Provincial de la época, y dolido y sorprendido aceptó la proposición de irse a vivir solo a un departamento propiedad del Arzobispado en el barrio Las Rejas y pertenecer canónicamente a la Residencia de Jesús Obrero. En sus memorias cuenta que “reflexionando sobre esta medida del provincial, bastante dura, me extraña no haber dejado la Compañía. Me apoyaba mi vida espiritual, y en particular el ofrecimiento al Rey Eternal que propone San Ignacio en la segunda semana de sus Ejercicios Espirituales: “yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea tu mayor servicio y alabanza, de imitarte en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza (EE. 98)”.

Oscar combinó durante esos primeros años la enseñanza de la filosofía en diversos establecimientos de educación secundaria con el trabajo pastoral en el territorio que a poco andar se transformó en la Parroquia Cristo de Emaús, al norte de la Alameda entre Las Rejas y Neptuno. Llegó a ese sector enviado por el Vicario Episcopal don Fernando Ariztía a quien expuso su situación, el interés por trabajar pastoralmente en ambiente poblacional y las limitaciones de tiempo disponible por tener que cumplir labores de profesor. Asumió el trabajo ya iniciado por su predecesor  en el sector de Villa Unidas y los campamentos que eran entonces Villa O’Higgins y Cañada Norte. Óscar, que hasta ahora se había proyectado en el campo de la educación y de los ejercicios espirituales, empieza su noviciado en el trabajo parroquial integrándose al grupo de sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, laicas comprometidas del Decanato Pudahuel Sur. En noviembre de 1975, el Arzobispo de Santiago, Cardenal Raúl Silva Henríquez, erige la Parroquia Cristo de Emaús y nombra como su primer párroco a Oscar Jiménez quien desempeñará ese cargo hasta 1989 en un tiempo en que las circunstancias históricas urgieron a una importante porción de la Iglesia católica chilena a prestar un servicio inapreciable en favor de la defensa de los derechos humanos de los perseguidos políticos, de los “desaparecidos”, de los pobladores y de los trabajadores.

Óscar fue aprendiendo a ser pastor en este contexto y enfrentado al desafío de convocar a los habitantes del sector a formar comunidades eclesiales de base y comunidades cristianas de base comprometidas con una evangelización liberadora. Con la generosa ayuda de católicos de otras iglesias y la colaboración de la gente, pudo con el tiempo reemplazar la pequeña capilla de madera en que celebraba la Eucaristía por un templo nuevo, construir una casa para las religiosas que trabajaban en el sector y salas para las reuniones. Pero más importante que los edificios fue el apoyar el surgimiento de una parroquia que fuera “comunidad de comunidades” marcadas por el compromiso solidario y con la educación popular y con fuerte protagonismo laical.  Óscar afirma en sus memorias: “Estos quince años sirviendo como párroco en “Cristo de Emaús” son los años más plenos de mi vida sacerdotal. Nunca había sido párroco. Todo lo aprendí en el curso de los años. El pueblo pobre completó la formación de mi corazón sacerdotal. Es el período en que maduro, como hombre y sacerdote”. Se sintió muy apoyado e inspirado por dos grandes vicarios episcopales que lideraron la pastoral en la Zona Oeste: don Fernando Ariztía y don Enrique Alvear. Este último lo nombró decano de Pudahuel Sur y lo estimuló en su trabajo para el cual Óscar siempre se apoyó en otras personas con las cuales tejió hondos vínculos de amistad.

Fueron uniéndose en su vida diversos “amores”: al ministerio sacerdotal, a los ejercicios espirituales, a la Sagrada Escritura y a la educación. Habían crecido a lo largo de su experiencia como jesuita. Se le hizo claro que hacer presente en la historia la justicia y la solidaridad fraterna era una tarea ardua y demandante y que para lograrlo era necesario el conocimiento interno del Señor Jesús a que apunta Ignacio de Loyola en la segunda semana de los ejercicios espirituales. El desafío era ayudar a laicas y laicos del mundo popular a crecer en ese conocimiento a través de la vivencia de los ejercicios.  Óscar colaboró con un grupo de la Zona Oeste a perfeccionar la experiencia de retiros de fin de semana que se estaban ofreciendo desde fines los últimos años sesenta y, con aportes de la Educación Popular, se elaboró el material para cuatro experiencias progresivas que constituyeron los Retiros Ignacianos Populares, que tuvieron un fuerte impacto formativo en la espiritualidad de laicos  y laicas durante varios años. En adelante, Óscar se transformará en uno de sus más fieles propagadores en todos los lugares en que trabajó: Zona Oeste, Arica, Padre Hurtado, Valparaíso, Iquique. Formó grupos de laicas y laicos preparados para acompañar en esos retiros y un equipo dedicado a ofrecerlos, que en varios casos siguieron ofreciéndolos cuando Óscar ya no los podía acompañar por haberse trasladado a otro lugar.

La segunda línea de fuerza de su trabajo, desarrollada a partir de su inserción en la Zona Oeste, fue la de los talleres bíblicos con metodología fuertemente participativa, inspirados inicialmente en los talleres que entregaba el Presbítero Roberto Bolton ahora enriquecidos con los elementos de la Educación Popular que Óscar fue aprendiendo y llevando a la práctica durante esos años.

El objetivo de estos talleres era introducir a los y las integrantes de las comunidades en la lectura de la Sagrada Escritura desde la experiencia de anunciar y hacer presente la fuerza liberadora del anuncio del Reino en la historia que ellas viven. Óscar no sólo fue estructurando con ayuda de otras personas esos talleres a partir de la experiencia, sino que en los diversos lugares constituyó equipo de laicas, laicos y religiosas para realizarlos y ofrecerlos posteriormente en su ausencia. Los llamó “talleres populares de la Biblia”. Como trasfondo de esta iniciativa estuvieron sus estudios bíblicos desde la teología en Argentina y numerosos cursos que se preocupó de seguir para crecer en el conocimiento de la Escritura y en el método para abrirla a los demás. 

Una tercera línea que marcó parte de sus años apostólicos fue la de profesor, especialmente de filosofía. Todo se inició en el Colegio San Francisco Javier de Puerto Montt en sus años de magisterio y se continuó en su trabajo pedagógico en liceos y algún colegio particular en ambientes populares a partir de su opción por vivir de su trabajo. Él se presentaba como profesor y no como sacerdote en los diversos establecimientos educacionales, aunque tarde o temprano llegaba a ser conocido como sacerdote, calidad que él nunca negó. En sus memorias afirma: “Evaluando ese período de trabajo, como docente en ambiente laico, concluyo que los objetivos que me propuse se cumplieron. Pude insertarme en los lugares de trabajo con mi competencia profesional, sin presentar mi condición de hombre consagrado en una institución religiosa. No la negaba. Cuando se hacía presente, era incorporada en mi servicio de educador, incorporando valores éticos y espirituales, pero nunca como “carta de presentación”. Era su opción de no valerse del status sacerdotal en algunos casos o de no ahuyentar a nadie con su investidura. Y dice más adelante: “Fue un período que me permitió descubrir que mi personalidad tenía ciertos rasgos que facilitaban la comunicación”.

Llegó un momento en que constató que el trabajo con adolescentes significaba un esfuerzo desmedido para él y lo deja a fines de 1987 para dedicarse más de lleno a la Educación Popular. En la Iglesia de la Zona Oeste participó primero en un Equipo de capacitación laboral creado a instancias de don Enrique Alvear para ayudar a los cesantes y en el  Equipo de Educación Popular de la Zona Oeste (EDUPO) que lo reemplazó, donde integró el área de agentes pastorales que contaba con la colaboración del teólogo laico Fernando Castillo Lagarrigue. Estuvo a cargo de la coordinación del Equipo entre 1981 y 1983. Refiriéndose a estas experiencias que coincidían con las de párroco, Oscar dice “[pude] introducirme en la vida de ese pueblo que tenía su propia cultura y desde allí mirar y comprender que no sólo eran pobres sino también excluidos y marginados, y contribuir a generar el proceso de liberación que permitiera el surgimiento de una sociedad justa, solidaria e inclusiva”. En 1983 deja EDUPO y en 1987 se integra a la ONG Centro de Reflexión Pastoral (CRP) en un equipo que elaboraba y acompañaba talleres básicos bíblicos y talleres permanentes de educación popular en Santiago y en otras regiones, incluso en Temuco donde  tuvo su primer contacto con el mundo mapuche al que no conocía. 

Posteriormente fue invitado a participar en el “Centro de Educación y Comunicaciones” (ECO), organización que acompañaba a las comunidades periféricas de Santiago donde coordinó el taller de agentes pastorales. Óscar descubrió esos años que tenía en su personalidad dimensiones de liderazgo y de creatividad para la formación individual y colectiva.

En 1989, el nuevo arzobispo de Santiago le pide dejar la Parroquia Cristo de Emaús y Óscar solicita volver a vivir en alguna comunidad jesuita. Después de alguna dolorosa incertidumbre va a vivir a la Comunidad de la Parroquia La Santa Cruz de la Población Nogales donde es cariñosamente recibido por el párroco Renato Poblete Ilharreborde y sus compañeros de comunidad.  Es nombrado vicario parroquial, atiende a la Comunidad San Esteban de Hungría y continúa su trabajo en ECO y en el campo de los retiros ignacianos populares y los talleres bíblicos. En 1993 es destinado a la comunidad jesuita de Arica en la cual, además de acompañar a la pequeña comunidad de Cristo Obrero, se dedica a la formación de laicos y laicas como acompañante de retiros populares y animadores de los talleres bíblicos.

En 1998 se traslada a Padre Hurtado, donde había vivido sus primeros años de jesuita y continúa los trabajos de los últimos años en el campo de los ejercicios populares y de los talleres bíblicos, ahora apoyado por la infraestructura de la Casa de Ejercicios Loyola. Es nombrado vicario de la Parroquia San Ignacio y atiende durante un tiempo la Capilla Santa Cruz, recientemente formada. También se vincula a CONFERRE y coordina el Departamento de Justicia, Paz y Ecología.

 Los años 2006 y 2007 vive en la Comunidad Jesuita de Valparaíso dedicado a dar ejercicios y ofrecer talleres bíblicos, especialmente en Playa Ancha donde se relaciona con un grupo de sacerdotes diocesanos que vivían en comunidad y eran los pastores de un sector. Óscar empatizó mucho con ellos y fue capellán dominical de alguna de sus comunidades.

Sorpresivamente, después trascurridos dieciocho años desde su reintegro a la vida en una comunidad jesuita, se le abrió un campo de trabajo  atractivo y de hondo significado para él: el obispo de Iquique pedía una ayuda para la diócesis y Óscar se ofreció a partir a esa ciudad donde la Compañía no tiene comunidad, ilusionado con devolver a su tierra natal algo de lo que había recibido en su juventud.

Vive allí cinco años y medio en la casa del obispo diocesano y, mostrando su tenacidad característica, logra desarrollar un fructífero trabajo en la línea de la formación espiritual y bíblica de laicos y laicas a pesar de la pobre infraestructura apropiada con que contaba la diócesis.  Fue designado, primero, asesor del Equipo diocesano de formación y después, del Departamento diocesano de espiritualidad y formación bíblica. Logra realizar la Semana de la Biblia para toda la ciudad, y forma laicas para acompañar en los retiros populares ignacianos y para animar los talleres bíblicos, como en sus experiencias anteriores.

El servicio a la diócesis de Iquique termina a mediados de 2013 y Óscar se traslada a vivir a la Casa San Ignacio donde están los jesuitas mayores, la enfermería de la provincia y un grupo de sacerdotes de mediana edad. Desde su llegada hasta fines de 2019, fuera de prestar algunos servicios ocasionales en el Centro de Espiritualidad Ignaciana y de oficiar como capellán dominical en comunidades de diversas parroquias, lo central fue el dar un taller bíblico para los internos de la antigua penitenciaría de Santiago en medio de condiciones muy precarias. Este trabajo desafiante y difícil para cualquiera, le conquistó el corazón y lo llevó a cabo fielmente con frío o con calor. Como en tantas otras experiencias de su vida, a través de la formación activa en talleres bíblicos tomó contacto con un mundo que prácticamente no conocía. Hablaba con mucho cariño de los internos, los llamaba, los encomendaba en las Eucaristías.

La pandemia de Covid terminó con todas las actividades apostólicas de Óscar debido al confinamiento. Pero también sucesivos problemas de salud lo fueron limitando a pesar de su fortaleza. Con notable lucidez reconocía que a los noventa años estaba viviendo de regalo y que las limitaciones y dolores eran los de su edad. Sin dificultad hablaba de su muerte próxima y la preparó hasta en los detalles. Hasta muy avanzada edad mantuvo su interés por el acontecer de Chile, de la Iglesia, de la Compañía y por los desafíos que envuelve anunciar el Evangelio como acontecimiento liberador, especialmente para los pobres y los olvidados. Nunca dejó de tener una mirada crítica, a veces dura, pero siempre esperanzada. Tampoco olvidó a sus múltiples amigos y amigas que lo quisieron tal como era y lo acompañaron en su larga, a veces dolorosa y fecunda vida.