Hna. María Isabel García

En 1996, se convirtió en la primera mujer en presidir la Conferencia de Religiosos y Religiosas de Chile, CONFERRE. Un signo adelantado a los tiempos, pero que -a su juicio- iba en sintonía de lo que necesitaba la Vida Consagrada.

Hoy la Hna María Isabel García, rscj, evalúa en perspectiva el caminar de la Vida Religiosa en Chile y hace un especial énfasis en la necesidad formativa de los consagrados y consagradas, particularmente para enfrentar los desafíos de hoy, con una mirada especial en el valor de la juventud.

Nacida en Bolivia, hija de madre chilena y padre boliviano, junto a su hermana recién nacida, viajaron a Chile a presentar a la nueva integrante de la familia y, desde ahí, se quedaron en el país. Ligada toda la vida al Colegio de las Religiosas del Sagrado Corazón de Jesús, donde estudió al igual que su familia materna, la Hermana María Isabel García, conoció desde muy temprano las obras de la que sería su congregación.

Pese a que, durante su etapa colegial, nunca se le cruzó por la mente ser religiosa, fue en la universidad, en que cursó la carrera de pedagogía en Inglés, cuando sintió con mayor fuerza el llamado del Señor.

De este modo, en 1970, cuando ya se experimentaban los primero cambios en la Iglesia, de la mano del Concilio Vaticano II, ingresó a su ya conocida congregación para comenzar su vida como consagrada.

De ahí en más, vivió su vocación en las diversas obras de la congregación, particularmente en Concepción, siempre abierta al acompañamiento de la vida juvenil. Su servicio, la llevó a ser Provincial  y en 1996 convertirse en la primera mujer Presidente de la Conferencia de Religiosos y Religiosas de Chile, CONFERRE. Un hito histórico en el devenir de la Vida Consagrada que, marcó un camino en épocas donde la reivindicación por el rol de la mujer no era un tema de primera atención.

Hoy, con los años, mira con perspectiva el desarrollo de la Vida Religiosa. Apela a una necesidad creciente por la formación teológica de las congregaciones, particularmente de las femeninas, para responder adecuadamente a las necesidades de hoy. 

Frente a la vida juvenil, es necesario comprender sus códigos y lenguajes y respecto de la vocación, es necesario fortalecer el compromiso y el encuentro con Jesucristo. Finalmente, como Vida Religiosa, insiste en central la mirada en las fuentes, en los necesitados y postergados.  “No son tanto las obras, sino que es la vida entregada, especialmente atendiendo a quienes más sufren”, indica.

Hermana, ¿cómo nació la vocación?
La experiencia de colegio marcó, pero fue más bien sentir que yo estaba metida en muchas cosas. En la universidad yo me metí muy activamente en todo tipo de cosas, entonces fue como sentir que todo eso era bueno, pero que terminaba de hacer lo que hacía y luego sentía un vacío que no me dejaba tranquila. Y buscando qué era esa vacío, me encontré que Dios me invitaba a algo mayor. Que era la vida completa, no a parcelitas.

Ahí ingresa a la congregación…
Claro. Ahí comencé a mirar un poco y, lógicamente, miré para el lado que más conocía. Tenía personas que eran referentes para mí en la congregación. Pero no sólo las religiosas, también eran las profesoras. Mi profesora de biología, por ejemplo, fue clave en mi vocación de educadora. Entonces todo me fue moviendo a reconocer que el Señor me llamaba para dar la vida en la congregación y en el servicio de los más necesitados.

¿Cuál era el contexto durante esa época?  
Ahí hay una cosa bien curiosa, porque es el final del Concilio y este trae muchos cambios y mi familia es más bien conservadora en su modo de pensar, entonces yo tampoco me imaginaba tanto cambio.  Yo diría que mi proceso  fue como la experiencia de San Pablo, que le hace cambiar la vida, la óptica. La Conferencia de Obispos de América Latina, acababa de tener su encuentro en Medellín y yo no estaba de acuerdo con eso. Incluso me compré el libro para rebatir cosas en el colegio, porque la Directora del colegio -que era una religiosa en ese tiempo- estaba promoviendo que profundizáramos ese tema. Y, en la medida que me fui metiendo, me fue tocando el corazón. Me abrieron los ojos, en el fondo, sobre muchas cosas de la realidad.

Y, en esa línea, ¿cuáles eran las preocupaciones de la Vida Religiosa, sus clamores?
Mi primera etapa de Vida Religiosa la viví en Concepción y doy gracias a Dios, primero  por salir de Santiago, aunque no niego que me costó, y vivir -en Penco- una vida eclesial tan bonita, tan activa. La vida con la Pastoral Juvenil, intensa. Entonces, yo estaba ahí a todo dar, feliz. 

Yo vivía en Penco, trabajaba con los jóvenes de Penco, pero también trabajaba en el colegio. Entonces, sentir que la Vida Religiosa, de la congregación  me abría a darme mucho con la gente joven. Pero yo veía a mis hermanas mayores, trabajando en otros ámbitos que antes no existían. Porque la congregación, antes del Concilio, era de clausura y en el Concilio se invitó que las congregaciones  volvieran a sus fuentes. Y volver a las fuentes de nuestra fundadora, la clausura no era lo que ella quería para la congregación. Entonces, al volver a los orígenes, se acabó la clausura y nos fuimos a comunidades chicas, en sectores muy variados. Fue un contacto con la gente muy distinto.

¿En qué sentido?
En ese tiempo, también, todas las hermanas andaban con hábito. La única sin hábito era yo.  Salía a la calle con ellas y la gente  le hablaba a ellas, a mí no me tomaban en cuenta. Pero también era la época, por ejemplo, del control de la natalidad, cuando se empezó a hablar de ese tema y ese tipo de cosas, las hablaban conmigo, no con las hermanas, porque el hábito generaba esa distancia. Entonces, eso, empezó a cuestionar a las hermanas, en la comunidad donde me tocaba vivir a mí, que debíamos hacer cambios. Porque un cambio fue salir del convento a las casas en las comunidades, pero ahora allí, había que hacer un nuevo cambio, porque estábamos para el servicio de la gente, entonces no podíamos poner barreras, teníamos que facilitar el encuentro.

Vida Juvenil

En esa época, trabajó mucho con los jóvenes, ¿cómo ha visto su evolución, durante esa época, en comparación a la juventud de hoy?
En esa época era un momento complicado en materia política en el país. Y, por lo tanto, yo creo que la iglesia era el espacio donde los jóvenes podían expresar lo que pensaban y se trabajó muy bien para que ellos pudiesen expresar lo que pensaban, pero también tenían que colaborar en la transformación, no solo criticar. Recuerdo jóvenes fantásticos, especialmente a dos de ellos que ya fallecieron, con un compromiso muy profundo para hacer que la sociedad fuera un poco más justa, más de hermanos.

Hoy también hay jóvenes que quieren acción, gente que se compromete, pero a corto alcance. Antes, eran por disposición de hacer las cosas, pero era más permanente. Ahora,  es por compromiso de corto plazo. Pero también hay gente muy valiosa. Pero hay mucho joven que uno, como adulta, puede juzgar o criticar porque destruyen o porque andan encapuchados, pero en el fondo están buscando algo. ¿Cuánto espacio le damos nosotros para que ellos puedan encausar las inquietudes que tienen? 

Nos falta como Iglesia identificar cuáles son sus necesidades, lenguajes, entregarles una oferta…
Exacto. Debemos hablarle con un lenguaje que a ellos les es entendible, los símbolos que son entendibles y no tanto de norma o condiciones que limitan la vida. Yo creo que hay jóvenes que les encanta la experiencia muy bonita de entrega, de servicio, pero también de contacto personal con el Señor, que uno dice: ¡Ojalá yo a esas edades hubiese tenido ese enfoque! Pero no siempre hay los espacios que faciliten eso.

CONFERRE

En este proceso de su vocación en un momento llegó a CONFERRE, ¿cómo fue esa experiencia?
A CONFERRE tuve acceso a participar cuando tomé mis primeros votos y, una vez al mes, teníamos encuentros de la generación, para profundizar diversos temas de la vida religiosa. Y en ese tiempo, en mi congregación yo era la única vocación después de mucho tiempo en que no hubo vocaciones, entonces, fue un espacio de encontrarme con pares y de encontrar que le diversidad de los carismas era una riqueza maravillosa. Claro, éramos distintas, pero entre todas, hacíamos algo mucho más lindo y eso me fue entusiasmando.

Luego, con los años, pasa la vida, con la profesión perpetua y todo lo demás, en ese momento, estaba de directora el colegio de Concepción, donde eclesialmente participaba mucho y como congregación me eligen para ser Provincial. Al llegar a Santiago, como Provincial, comencé a participar en CONFERRE, y también fue confirmar eso mismo que había vivido antes, de encontrarme con la diversidad de los carismas y sentir que todos teníamos que estar. Entonces, sentí que era un espacio de compromiso importante.

¿Cómo llegó a la presidencia?
Cuando llegó una asamblea, en el año 1996, tocaba elecciones. Recuerdo que en algún minuto yo tuve una intervención, a propósito de las finanzas, y ahí parece que empezó la gente a rumorear que podría  ser yo presidenta. Nunca pensé que eso iba a pasar. De hecho, llegué al momento de las primeras votaciones que se hacen, y cuando empecé a escuchar mi nombre, yo dije ¡qué estoy haciendo aquí!

Un hito importante, al ser la primera mujer en ese servicio…
 Y fue así que llegué a ser la primera presidenta mujer. Reconocer que  no era un asunto mío, sino que reconocer que como CONFERRE,  en ese momento, el  número de congregaciones masculinas era mucho más chico que el número de congregaciones femeninas, y siempre habían sido presidentes hombres, entonces también aceptar -porque no era que yo lo quisiera- que si habíamos vivido experiencias tan bonitas de compartir carismático, era tiempo, también de mostrar que las mujeres podíamos aportar. Y no es que nos pongamos en competencias con los hombres, porque cada uno es distinto y tiene sus aportes, pero también reconocer que el modo femenino lo va a  hacer de otra manera y eso también a los hombres les trajo un cambio a ellos.

Mujer

¿Y qué significó para usted esto, en una época donde la mujer aún no tenía el espacio por el cua hoy aún lucha?
Yo por naturaleza no soy de ir a pelar. Quiero el encuentro, el reconocer que todos tenemos un lugar en el mundo y que cada uno tiene un aporte propio, entonces no me resultaba ser de las que iba a romper con los esquemas anteriores, no nada de eso. Pero, si era una convencida de que podíamos aportar cuando se produjeran espacios, aunque fuesen muy pequeños. Y si, tuve experiencias muy bonitas y algunas muy dolorosas también. Muy bonitas, por ejemplo, en que hermanos de congregaciones masculinas me pidieran acompañarlos en retiro, por ejemplo.  Eso era abrir algo. Espacios bonitos en todo lo que era ayudar a las congregaciones a reconocer el aporte femenino para ir dando pasos.

Pero también dolorosos porque por el hecho de ser mujer, experimentar que no tenías derecho a opinar ciertas cosas. Lo más significativo fue con el Nuncio de esa época, por ejemplo, que fuimos a presentar nuestros respetos con la nueva directiva y, aparte de saludarme muy diplomáticamente, no me dirigió la palabra. Esta fue dirigida a mis dos compañeros de directiva, que eran los dos varones. Y el correo, llegaba dirigido a ellos y no a mí. Entonces era sentir que había cosas en que la mujer, eclesialmente, no contaba, pero yo sentía que no por eso había que dejar de seguir caminando, porque era un aporte que íbamos a ir haciendo gradualmente en la Iglesia.

Hoy, ¿cómo ve esta situación, la realidad de la vida religiosa y el aporte de las congregaciones femeninas?
El tema es que, además, las congregaciones, en comparación con las de ese tiempo, son muchas menos y de más edad. Hay un número increíble de congregaciones  que ya se han ido de Chile. Es verdad que varias de ellas, tenían poca gente, pero si optaron de irse fue porque ya no podían más. Sentir que tendríamos tanto que hacer  y no solo “hacer cosas”, sino que  debemos testimoniar como grupo humano que la mujer tiene espacio y todavía para eso falta mucho.

La vida religiosa hoy, requiere de una formación mucho más sólida, teológicamente hablando, y son pocas las congregaciones que pueden, ni  por número de hermanas, ni por edad -porque no pueden estar en todo- ni por los recursos económicos, tener una formación teológica sólida. Y bueno, si queremos hacer reflexiones de peso y que aporten, nos falta.  Hay gente inquieta. A mí me impresiona. Tengo hermanas de congregación que están estudiando Teología en la Universidad Católica y que en algunos ramos son sólo dos mujeres y el resto hombres y más todavía mujeres laicas y no religiosas.  Esto porque en las congregaciones, si son pocas o si son de mucha edad, a las pocas jóvenes que tienen las disponen en las obras y no hay espacio para una formación profunda. Y creo que en este momento del mundo, si queremos hablarle a los jóvenes en un lenguaje ad hoc, hay que hacer una reflexión más profunda.

Vocaciones

En ese sentido, ¿cómo ve las vocaciones, particularmente en el contexto social y cultural que se vive hoy, pero también en el contexto que vive la iglesia?
Cuesta mucho. Yo recuerdo, hice clase a las junioras y juniores de CONFERRE, habían en la sal 60 personas, hoy, serán 10, 12 personas. O sea, las vocaciones son pocas. Yo creo también que en los jóvenes, sobre sus compromisos, eso de pensar para toda la vida, no están tan seguros. En la vida matrimonial, rápidamente se separan o hay muchas separaciones, porque pareciera ser que las dificultades no son capaces de seguir enfrentándolas juntos, sino que cada uno toma su camino. En la Vida Religiosa yo creo que también pasa eso. Pensar en un compromiso definitivo cuesta. Pero cuando los jóvenes tocan sus fibras más internas de encuentro con el Señor, son capaces y se dan y se la juegan con mucha más intensidad y con capacidad de riesgo mucho mayor de lo que pudiera tenido yo.

¿Cuál sería su mensaje para la vida religiosa joven, quienes comienzan este estilo de vida?
Es difícil darle un mensaje a la gente joven. Me es difícil porque viven realidades tan distintas en que yo no estoy en este minuto. Yo les puedo decir: “Esto vale la pena y juéguensela”, pero no siempre los caminos que se les ofrecen son adecuados.  Si les digo, “juéguensela y convenzan a sus superiores”, pero si los adultos tampoco nos hemos abierto a hacer cambios.

En los últimos años que hice clases en CONFERRE, algunas jóvenes me decían que “sólo hay espacio como para que yo responda haciendo cosas, pero no para que yo aporte con más compromiso en el cuerpo. Eso es para los adultos, que ya son profesos perpetuos, no tengo como derecho a opinión”. Y eso los limita. Entonces yo les diría a los jóvenes, sígansela jugando, pero también tenemos que hacer un trabajo mayor con los profesos perpetuos. Con el cómo se vive en comunidad. Y con mayor razón con lo que hemos vivido este tiempo. ¿Cuán dialogante son las comunidades, cuánto aceptamos la confrontación que nos ayude a mirar la vida desde otras perspectivas?  Y ahí tenemos todos que hacer cambios. No solo los jóvenes, no solo los adultos. Todos.

¿Que sea mucho más Sinodal?
Yo recuerdo que cuando estaba empezando la Vida Religiosa, tuve contacto con un sacerdote francés que me marcó harto y él nos decía en ese minuto: “La Iglesia en el futuro van a ser las comunidades eclesiales, a lo mejor más pequeñas, pero van a ser las comunidades en torno a Jesucristo y las distintas vocaciones  alrededor”.  Yo me las imaginaba a Jesús en el centro y las distintas vocaciones haciendo el círculo, pero en el círculo estamos todos en condiciones de iguales, el sacerdote, la religiosa, el laico. Todos tienen participación y todavía eso no lo terminamos de creer y ponerlo en práctica.

50 Años

¿Mensaje para CONFERRE en estos 50 años?
Que nuestro compromiso como Vida Religiosa tiene que ser con más entusiasmo y cada vez con un anuncio más radical del seguimiento de Jesús, que no son tanto las obras, sino que es la vida entregada, especialmente atendiendo a quienes más sufren. En Chile, en este minuto, con los migrantes, tenemos un campo gigantesco que hay que ayudar para que tengan espacio, no de segunda categoría, sino que de ser unos hermanos tan importantes como los de Chile. Tenemos mucho que dar todavía y que la vida religiosa tiene que anunciar que la vida humana es haciendo que todos seamos hermanos.

Por otra parte, hay un lenguaje en los jóvenes que es todo el tema de la creación, todo lo relacionado con el contacto con la naturaleza y estamos viviendo una realidad muy dura de cómo estamos tratando a la naturaleza y como ella nos está respondiendo.  ¿Cómo nos relacionamos siendo parte de esa creación y no como dueños de la creación?  No como destructores, sino como cuidadores. Y los jóvenes en eso son muy receptivos.

Y otro tema importante que acá en Chile tenemos mucho que caminar todavía, es el tema de los pueblos originarios. Tenemos mucho por delante. Abrirnos a estas realidades, pero no tanto de que venimos de salvadores, sino que como hermanos.

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