Hna. Carolina Madariaga M.
Religiosa del Buen Pastor

En evangelio de este domingo vemos a Jesús en otro momento de abajamiento: el bautismo. Para dejarnos interpelar por la Palabra vamos a escuchar al profeta Isaías en la primera: Consuelen, consuelen a mi pueblo dice el Señor. Hablen al corazón de Jerusalén. Porque Dios ha pagado todas las culpas, todo será regenerado, el valle será elevado y habrá una voz profética que llevada a proclamar con poder y sin miedo que Dios está aquí. Que tiene una predilección con el más débil, que recoge en sus brazos los corderitos y trata con cuidado a su madre.

Nos podemos preguntar como vida consagrada ¿Qué nos quiere decir el Señor con estas palabras?, ¿Qué tiene que ver con el bautismo de Jesús y con nuestras propias opción de vida el evangelio de hoy?

El bautismo del Señor es el cumplimiento de esta noticia que el profeta anuncia, Jesús no tiene necesidad del bautismo de Juan; él es la plenitud de todas las promesas. El bautismo tiene sentido para los que escuchan a Juan y creen que es necesario convertirse para estar listo y recibir al salvador. Sin embargo, Jesús en un gesto de solidaridad profunda se bautiza manifestando el amor incondicional del Padre con toda la humanidad, con todo lo creado.

Respondiendo a las preguntas anteriores, el Bautismo de Jesús es el consuelo que el Profeta anuncia, él está aquí, en medio de su pueblo pobre y creyente; él lo toma en sus brazos y cuida a las débiles, ¡esa es su opción!.

Y nosotros como vida consagrada en medio de un pueblo herido por estructuras abusivas tanto en lo social, económico y en lo religioso ¿a quién debemos consolar? ¿Dónde vamos a levantar la voz con poder y sin miedo?

Hemos hecho una opción al consagrarnos: querer vivir nuestro bautismo consagrándonos a vivir en radicalidad los valores del Reino de Dios. ¿Qué nos ha pasado? ¿Perdimos de vista la radicalidad de Jesús?; esa radicalidad que se encarna, y vive anunciando la salvación en obras concretas, denunciando aquello que deshumaniza, consolando a los tristes y haciéndose pobre con los pobres.

Este domingo es una oportunidad para revisarnos como comunidad, para preguntarnos ¿con quién me solidarizo?, ¿Cómo lo hago?, ¿a quién debo consolar? Y ¿dónde debe alzar mi voz y sin miedo?

Recordemos que Dios está en medio nuestro y que es su Espíritu Santo quien nos mueve a vivir como lo hizo Jesús, escuchemos su Espíritu y seamos también consolados por él para tener la fuerza y valentía de levantar los valles, enderezar lo torcido y decir: ¡El Señor está aquí!

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