Una Iglesia Transfigurada es reflejo de vida Consagrada que tiene a Jesús en el Centro

Hna. Claudia Lazcano C. MSsR.

Evangelio según San Lucas  9, 28 -36

Al situarnos en este evangelio donde el evangelista Lucas nos muestra a Jesús con tres de sus discípulos en el monte, en un espacio íntimo para la oración. En un momento de profunda oración, donde la cruz ya proyectaba la sombra sobre la vida y misión de Jesús. Es un momento privilegiado, es Dios mostrándose a sí mismo. Es la expresión de unión y fidelidad con su Hijo en medio de la realidad desafiante y desalentadora que se va desarrollando en el camino hacia Jerusalén.

Jesús tomo a Pedro, Juan y Santiago y subió a la montaña para orar, al leer esta frase podríamos ver que hoy estamos siendo llamados como discípulos y discípulas a subir la montaña de duda, de juicios y prejuicios que se levantan en medio de la crisis de nuestra Iglesia… de nuestras congregaciones porque es una subida dolorosa y extenuante. Aquí lo único que importa es que somos llamados y estamos invitados a orar desde el propio contexto en el cual nos encontramos. Nuestro caminar inicia cuando identificamos los rostros reales y desfigurados que nos rodean. Aquellos que se encuentran en los espacios pastorales, al interior de la comunidad religiosa y en la propia desfiguración de nuestra vida interior con sus dolores y gozos, desafíos y esperanzas, miedos y alegrías. Rostros con nombres que afectan el ser de una vida consagrada porque no podemos quedarnos impávidos ante las víctimas de abusos, al desplazamiento de tantos hermanos y hermanos extranjeros avecindados en nuestro país, a la discriminación por género que viven los jóvenes y adolescentes en la sociedad, a la violencia que viven las mujeres en las distintos espacios en los cuales se desenvuelven, a la falta de equidad salarial de los trabajadores en nuestro país, al cansancio y desanimo de consagrados y presbíteros que cada día viven su entrega con esfuerzo, fidelidad y la mirada puesta en su compromiso con el Señor. Todos son rostros que merecen la atención, cada uno de nosotros y de ellos necesita poner a Jesucristo en el centro, encontrarnos en la oración íntima y reveladora que ilumina nuestro ser y quehacer.

“Maestro que bien estamos aquí” La trasfiguración, es el momento que busca fortalecer a los discípulos para vivir el episodio de la cruz y a la vez reafirmar la fidelidad de Dios a través  la resurrección de su Hijo, que es vida y liberación para la humanidad. Estos nuevos escenarios que vivimos debiesen llevarnos como vida consagrada a renovar la opción por estos rostros que necesitan ser transfigurados por la redención amorosa de Jesús, esto es lo propio de nuestra identidad, de nuestra manera de vivir la entrega por el Reino. Es el momento de reconocer el rostro sufriente de Cristo, al interior de la Iglesia, ese Señor que nos interpela y cuestiona, ese que nos saca de nuestras zonas de confort “Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés, otra para Elías” de ese estar bien que nos acomoda y nos anula en el ser profético, empaña el testimonio y hace de la entrega diaria una mera formalidad de normas cumplidas. Hoy necesitamos de esa fuerza luminosa; que nos lleve a un proceso de transfiguración. En tiempo de incertidumbre ayudó a los discípulos y discípulas de Cristo a superar las crisis de dolor y cruz que vivieron con la partida del Maestro. Ese momento sagrado, hoy quiere volver a renovarnos; desde la humildad y silencio, desde el reconocimiento de la propia pobreza y limitación, desde la alegría y gozo. Todo es para mayor gloria de Dios. Es él quien llama e indica el camino. Desde esta premisa cabe preguntarnos ¿cuál es nuestra actitud frente a la invitación que Jesús hace para acompañarlo en la oración íntima y confiada de cada día? es bueno detenerse en la actitud de los apóstoles; adormilados, vigilantes, encandilados puede ser todo ello u otros adjetivos. Cada uno es buen referente para revisar ¿cómo va el caminar con Jesucristo? ¿Cuál es nuestra conciencia en relación a la divinidad de Dios y su manifestación? porque tristemente la realidad nos devuelve imágenes donde hemos corrompido al ser humano en su inocencia y condición de vida, de hijo, hija de Dios. Hemos profanado los espacios sagrados, sin ningún pudor, como son lugares de culto y recintos eclesiales.  Nos hemos vuelto jueces de nuestros hermanos y nuestros ojos no logran ver a Jesús resplandeciente.

En este relato Lucas nos lleva a situarnos en la sencillez de una vida consagrada que es parte fundante del corazón de la Iglesia, un corazón que no se divide para latir o dar vida, sino, que se mueve al unísono; latido a latido, dolor a dolor, gozo a gozo. La transfiguración nos muestra la unión de la ley antigua, los profetas y la promesa cumplida “Su rostro cambio de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria”. Toda esta imagen aborda una sola realidad: el camino de la gloría tiene que pasar por la cruz. Hoy la pregunta podría ser ¿Qué rostros lleva mi cruz? ¿A cuántos hemos crucificado como Iglesia? ¿Queremos ser parte de la transfiguración de sus vidas? El camino es la unión con Cristo, con su Palabra, dando testimonio de conversión… reconociendo nuestro errar, reparando para que la gloría de Dios se exprese en toda su magnificencia y divinidad.

Que Dios nos conceda la gracia de ser transfigurados por su gracia, haciéndonos testigos de una Iglesia que quiere ser redimida para anunciar la Redención. Una Iglesia que hace de su Señor el centro de su vida.

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