Hno. Pedro Herreros V.
Hermanos Maristas

¿Qué quieres, Señor, de nosotros?

¿Cómo hacernos una idea de lo que quiere el Señor? (Sab 9,13) La pregunta del libro de la Sabiduría, que nos trae la Liturgia de este domingo, sigue teniendo validez en nuestros días. ¿Qué quiere el Señor de la vida religiosa en su Iglesia?

Si nos miramos en el espejo, se hace evidente nuestro envejecimiento como religiosos/as. La disminución numérica, por defecciones y defunciones, es también patente. Las casas de formación vacía o cerrada porque el reducido número de jóvenes (o su inexistencia) no las justifica. ¿Candidatas/os a nuestro estilo de vida consagrada? Llevamos años de sequía.

Si miramos a nuestro alrededor, la crisis de confianza generalizada hacia las instituciones se hace más grave en el caso de la Iglesia y de la vida religiosa, a raíz de la develación de los abusos cometidos por tantos religiosos. Nos llena de dolor y de vergüenza. No fuimos capaces de asegurar contextos seguros para los niños y niñas que nos fueron confiados. Además de velar por la reparación de los abusos y la sanación de quienes fueron víctimas, reforzamos los mecanismos de protección de los que hoy están a nuestro cuidado.

¿Qué quiere el Señor de nosotros? ¿O es que sus dones no son para siempre? ¿No tiene futuro la vida religiosa y asumirán su rol en la Iglesia los fieles laicos? Es indudable el afianzamiento de las vocaciones laicales, en nuestros días, bajo el alero de nuestros carismas fundacionales. Es una inmensa gracia que recibimos con gratitud y secundamos con diligencia. En respuesta a la pregunta, podríamos aventurar: “el Señor quiere que el laicado crezca y disminuyamos nosotros” (cf Jn 3,30). Suena evangélico. Pero ¿el don de la vida consagrada que Dios suscita en su Iglesia está llamado a desaparecer?

El Espíritu que el Señor nos ha enviado y que nos lleva conocer su voluntad (Sab 9, 17) inspiró este gesto en la vida religiosa iquiqueña. Al celebrar el pasado 15 de agosto el Día de la vida consagrada, en la Eucaristía presidida por nuestro Obispo, en la Catedral de Iquique, las religiosas y religiosos quisimos expresar nuestra fe en que los dones de Dios son irrevocables. Nuestra voluntad de seguir a Cristo muerto y resucitado, cargando nuestra cruz (Lc 14,27), sabiendo en quién hemos puesto nuestra confianza.

Expresamos juntos ante el altar, inspirados en Vita Consecrata: Como vida religiosa estamos en el corazón mismo de la Iglesia.

Por eso, ante esta comunidad cristiana, reunida en la Iglesia catedral, en torno a nuestro Obispo,renovamos nuestra consagración bautismal y religiosa, inspirados por la escena de la transfiguración de Jesús, el hijo amado del Padre, en quien Él se complace.

Abrazamos la virginidad: hacemos nuestro el amor virginal de Cristo y lo confesamos al mundo como Hijo unigénito, uno con el Padre;

Imitando su pobreza, lo confesamos como Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor;

Adhiriéndonos, con el sacrificio de nuestra libertad, al misterio de la obediencia filial, lo confesamos infinitamente amado y amante, como Aquel que se complace sólo en la voluntad del Padre, al que está perfectamente unido y del que depende en todo.

Identificadas/os con el carisma que hemos recibido a través de nuestras/os Fundadoras/es,

Nos ponemos al servicio de la humanidad, especialmente de los más vulnerables, manifestando con alegría el amor cercano de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo”.

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