Hna. Sandra Henríquez, cm
Carmelitas Misioneras

Poned los ojos en el crucificado y haráseos todo poco, dice Teresa de Ávila en el libro séptimo de las Moradas 4,8. El seguimiento discipular necesita una sola cosa, fijar los ojos en Jesús, el maestro. Si nuestra mirada está en Él, nuestra existencia vuelve a su sentido primero, la vida adquiere ese sabor a entrega por desborde de amor y el camino, aunque tenga tropiezos, lo recorreremos con la certeza de que junto a nosotros y nosotras van otros y otras, pequeños farolitos, luces que con sus miradas sostienen nuestras caídas, de lo contrario nos volvemos ciegos.

¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? ¡Vaya parábola la que se nos presenta hoy! Toda ella centrada en ver/ no ver, en el peligro de la mirada desviada que no sólo nos ciega, sino que deja ciegos a otros(as). ¡Qué responsabilidad esta de ser discípulos y discípulas!, tener los ojos fijos, comprendernos corresponsables en el caminar, enlazados a otros y otras, esquivando juntos distintos hoyos, los de la vida. ¡Cuánto necesitamos hoy volver a ver! Tenemos una inmensa necesidad de mirar–LO y mirar–NOS, recrearnos para devolvernos la dignidad, darnos cuenta de que estamos ciegos para luego reconocer esas cegueras.

Hemos perdido la referencia común, Jesús,  que le daba sentido a nuestra entrega y al perderlo a Él se ha desfigurado el rostro de nuestro prójimo, los hemos llegado a ver “como objetos de posesión”, se ha oscurecido su dignidad, y en el colmo de la ceguera nos hemos atribuido el derecho a ser guías y maestros. ¡Hipócrita, saca primero la brizna que hay en tu ojo! (v.42)

Tenemos que pedirle mucho a Dios que nos devuelva la vista para que con ella restituyamos la dignidad de todo ser humano, la dignidad de todo lo creado. Por eso está muy bien si decimos como el ciego: ¡Señor, que vea!, que tu mirada misericordiosa se clave en nuestra pequeñez y volvamos a estar sostenidos por tu Gracia, pues sólo tu mirada y tus ungüentos nos devolverán la dignidad de hijos (as) y hermanos (as).

Entonces, podremos acoger la invitación que nos proponen los versículos anteriores a ser misericordiosos y compasivos, no juzgar, no condenar, perdonar, dar hasta quedar despojados de nosotros mismos. (v36-38).

Entonces, todo lo que miremos será enaltecido, porque el mirar de Dios y el nuestro es amar y la sede del amor es el corazón que es también la sede de la misericordia – justicia.

Entonces, arriesgar el corazón al amor pondrá de pié, levantará, resucitará, sanará. Entonces, mirar- misericordiar- oír y practicar se convertirá en palabra de vida, ya no dicha con tinta, sino con la propia y cotidiana fraternidad, en las relaciones de igualdad, en el respeto, en la práxis evangélica del día a día. (v 46-47).

Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca

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