el viento

“Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”

Hna. Rossina Jopia, op
Misioneras Dominicas del Rosario

La Pascua llega a su fin y la promesa del Espíritu se va haciendo más visible y más necesaria. Como bien sabemos, el evangelio de hoy nos rememora la despedida de Jesús con sus discípulos, lo hace desde su modo pedagógico, en un lugar significativo y memorial para cada uno de los que están presentes en ese espacio en Galilea, lugar del encuentro, de la llamada de la con-vocación, lugar del primer amor, espacio de aprendizajes, de formación, de acompañamiento y de preparar el corazón para la encarnación de la misión encomendada por el Maestro.

En Galilea, el Nazareno, les mostró el rostro humano de su Padre, traslució su ternura en gestos y acciones concretas: perdonando, curando, acogiendo a los incontables y marginados de aquel tiempo; sembró en sus corazones las semillas de la confianza, para ir a dar los frutos del Anuncio de las Buenas Noticias, trasmitiendo y vivenciando la experiencia de vida junto a Jesús, he ahí que Galilea, es fundamental para ellos y ellas, pues  es el espacio de transformación, de conversión para la misión.

El Señor Jesús, nos ha transformado al igual que sus discípulos(as), experiencia que ha sido fundamental en el recorrido que hemos podido ir trazando en la praxis de la misión, y en este presente histórico nos invita a hacer memoria encarnada de nuestro encuentro y reencuentro en la Galilea de hoy, vivenciando este proceso de confinamiento social y crisis sanitaria, preparándonos en un nuevo modo de vivir nuestra consagración en respuesta a la Misión. Discipulado traslucido en este nuevo rostro de la experiencia pascual, en medio de nuestras incertidumbres, temores e inseguridades, que han trastocado nuestras planeaciones o agendas…, pues nuestras cotidianidades han tenido que abrirse al momento, con docilidad de espíritu: “al aquí y ahora”.

En este kairós que estamos viviendo, el Espíritu del Resucitado nos está impulsando a darle humanidad a la misión, en la cual ya estamos siendo testigos de ésta,  impulsando a comunidades a abrir sus puertas, compartiendo sus estructuras físicas y económicas, siendo signos visibles de la presencia del Resucitado, y otros signos de vida que nos muestran a diario hombres y mujeres que comparten, a través de las ollas comunes, comparten su tiempo para asistir a los adultos mayores, enfermos y todos los que están en la primera línea de la salud y de los servicios básicos que requiere la sociedad.

Como Iglesia y Vida Consagrada, Dios una vez más, nos está confiando el dar respuestas, a los gritos de nuestros pueblos, que tienen el rostro de la indigencia, miseria, rezago comunicacional, violencia física y económica, pérdidas de las fuentes laborales y de la gran brecha social que existe hoy en la humanidad hoy. 

Desde nuestra consagración y ser iglesia, nos podemos preguntar: ¿Cómo ser hoy en medio de esta crisis sanitaria discípulos y misioneros en nuestra realidad de confinamiento social? ¿Qué proyectos y opciones evangelizadoras debemos priorizar y por qué?

Con la confianza y seguridad de que cuando salgamos de esta pandemia, podamos testimoniar la humanidad que el Creador nos ha regalado y anunciar el rostro renovado, encarnado de una Iglesia viva que se comparte, se reparte y celebra, desde una eclesialidad al modo y estilo de Jesús de Nazaret. Que el Espíritu Santo guie nuestros corazones para hacer vida las palabras del Maestro: “Confíen, crean, mantengan firme la esperanza y seguridad, de que Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo, sosteniendo sus corazones”