Eduardo Millán

Evangelio según San Lucas 1,57-66.80

Celebramos hoy la solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista. La vida de este santo, según narran los evangelios, tiene mucho que enseñarnos a la vida religiosa. De él podemos aprender la fidelidad a la vocación, la austeridad de vida, la defensa de la verdad por encima de las conveniencias y caprichos de los poderosos, su actitud humilde ante Jesús que le hace exclamar: Conviene que él crezca y que yo disminuya (Jn 3, 30). Pero quisiera subrayar únicamente tres aspectos que atraen, hoy particularmente , mi atención.

Esperanza.  Juan es el hijo largamente deseado de un matrimonio anciano y estéril. Cuando la vida de Zacarías e Isabel parecía que ya no tenía futuro, Dios irrumpe y les regala un niño que será el precursor de Jesús, palabra nueva y definitiva dirigida por Dios a toda la humanidad.

Juan puede ser el símbolo de una vida religiosa cansada y tal vez agotada. Si nos dejamos sorprender por Dios, si estamos abiertos a su intervención, recobraremos nuestra voz profética y nuestra vida será fecunda. Porque para él, nada es imposible.

Alegría. Solemos destacar de San Juan Bautista su austeridad, su sobriedad, su reciedumbre, su mensaje tajante… Pero lo primero que nos dice de él la Sagrada Escritura es que brincó, dio saltos de alegría, “bailó” en el seno de su madre al sentir la cercanía del Salvador.

Con frecuencia vamos por la vida demasiado graves y demasiado serios. ¿No nos reveló Jesús que Dios es nuestro Padre amoroso y misericordioso, que nos tiene en sus manos y nos cuida como a las niñas de sus ojos? ¿No nos enseñó Jesús la alegría de vivir, de tener amigos, de disfrutar comiendo y bebiendo en compañía?

Saber hacerse a un lado. San Juan, consciente de sus limitaciones, supo apartarse discretamente cuando entendió que el que tenía que venir había llegado. . Lo señaló y se retiró. Reconoció que el importante era el que tenía que venir y no él mismo. El protagonista era Jesús y no Juan.

Juan es un modelo para la vida religiosa. Nos enseña a no colocarnos en medio, a  no sentirnos imprescindibles. Porque lo importante no es que tengamos muchos adeptos, mucha gente que nos escuche. Lo importante es que todas las personas, hombres y mujeres, conozcan a Jesús, se encuentren personalmente con él, le sigan a él. Lo nuestro es señalarles el camino y apartarnos para que cada uno lo pueda hacer sin estorbos. Mostrar, señalar, acompañar… esa es nuestra misión: allanar y preparar caminos para que otros puedan conocer a Jesús.

 

 

 

 

 

 

 

 

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