El Viento (2)

“A los pobres se les anuncia la Buena Noticia”

Carlos Cano c.p.

Evangelio según  San Mateo 11,2-11

La presencia de Jesús en la escena de este mundo dejó desconcertados a muchos, especialmente a los sabios y entendidos, a los responsables de vigilar por el cumplimiento de la Ley. Incluso sorprendió a Juan, el Bautista que, en su ardor por anunciar la conversión hubiera querido una actuación más rápida y efectiva, haciendo desaparecer el pecado. La lógica era clara: extirpar el pecado y condenar al pecador.  Sin embargo la actuación de Jesús le desconcertó y pidió una aclaración. Jesús cautivaba pero al mismo tiempo desconcertaba. Veía en El al profeta auténtico que anuncia la salvación y desenmascaraba el mal pero luego no entendía tanta misericordia con el pobre pecador. “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”.

 La respuesta de Jesús es muy clara y directa: “Decidle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”. Jesús se autodefine como el enviado a aliviar el sufrimiento, curar toda dolencia y suscitar la esperanza a los pobres. Las Bienaventuranzas son la manifestación más evidente de esta misión de Jesús. Los que  lloran, los pobres, los que sufren, los perseguidos, los hambrientos etc. estos son los preferidos y los privilegiados de Dios.

Jesús es portador de una Buena Noticia que el Padre de las misericordias quiere para todos. Por eso, se entrega a curar heridas, sanar dolencias y liberar la vida. Y por eso pide a todos: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”.

El lenguaje de Juan necesita reciclarse. La conversión no es una amenaza sino una llamada amorosa, una invitación llena de ternura para todos los desgraciados de la tierra. Por eso, ofrece a pecadores y prostitutas su amistad y su perdón. Y por eso pide a todos: “No juzguéis y no seréis juzgados”.

Jesús es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. Se mueve por la compasión, buscando restaurar la vida de esas gentes enfermas, abatidas y rotas. Ellas son las primeras que han de experimentar que Dios es amigo de una vida digna y sana.  Jesús que hace curaciones espectaculares, no promueve el espectáculo sino que busca salvar, sanar el corazón, hacer comprender a la gente que Dios quiere a todos y busca la salvación de todos. Su actividad curadora es un signo de misericordia para mostrar a sus seguidores el camino para la construcción del Reino de Dios.

Haciendo una lectura de este relato evangélico y la historia que nos está tocando vivir en la Iglesia podemos decir que hoy el Papa Francisco ha provocado el mismo desconcierto en muchos al ofrecernos entrar por la Puerta Santa en el Año Jubilar de la Misericordia. ¿Es este el camino para enderezar el rumbo de la Iglesia o más bien hay que volver a usar la mano dura y la condena?  ¿Es esto lo que necesita la Iglesia hoy?   Yo creo que algunos siguen en la duda e incluso en la oposición a esta terapia, pero también es verdad que muchos hemos visto en el anuncio del Jubileo de la Misericordia y en el ejercicio de su ministerio, una manifestación clarísima del proyecto salvador de Dios que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad.  Salir de una mirada autorreferencial de la Iglesia cerrada sobre sí misma y dirigir la mirada a los pobres, a los últimos, a los sufrientes de la tierra para llevarles la Buena Noticia del Amor Misericordioso de Dios. “Iglesia, hospital de campaña”. Nuestra tarea es curar, sanar, liberar, esperanzar, acoger, escuchar, tocar el sufrimiento como Jesús.

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