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Pascua de Beatriz Rasclé, religiosa de la Caridad de Never: Acompañante y transformadora de vidas

por René Cabezón ss.cc.

En su patria, Francia, ha fallecido una mujer misionera que vivió y se entregó en Chile y Bolivia en cuerpo y alma. Fue una notable discípula contemporánea de Jesús que irradió una fuerza y convicción conmovedora.

Para quienes conocimos pastoralmente a “la monja Beatriz» o «la Bea”, fue una mujer inolvidable, enérgica, inteligente, valiente, creativa, muy cercana y de profundas convicciones evangélicas. Hoy diríamos que fue una “cristiana y feminista de tomo y lomo”. Sus estudios de enfermería le dieron un acceso al dolor, a la enfermedad, especialmente a los alcohólicos con quienes implementó tratamientos para salir de las adicciones, creando el club “Renacer” para que salieran de este flagelo que destruía a sus personas y las familias que creaban.

Los niños y jóvenes de la pastoral juvenil de la capilla de la población Millalemu dependiente de la parroquia de San Gregorio de la comuna de La Granja, en Santiago en la década de los 80, tuvieron como referente pastoral y espiritual a esta gran mujer de fe, entre otros hermanos, Gabriel Horn recién ordenado sacerdote y Juan Meyer, cura Belga, entre otros.

Rosa Rubilar muy emocionada recuerda que “fue un privilegio haberla conocido. Un excelente ser humano. Generosa, extremadamente consecuente. Luchadora, empática. Una preocupación por los necesitados, por los pobres, por los perseguidos”.

“Abrió la iglesia, en momentos de la feroz dictadura cívica militar, a quienes deseábamos y necesitábamos organizarnos. Y lo hizo sin pedir nada a cambio, más que el compromiso y la consecuencia en lo que hacíamos”.

“Era absolutamente protectora, éramos como sus hijos e hijas… y ese sentimiento era mutuo. Aprendimos con su forma de vida”.

“Fue un aporte a esta sociedad, sin duda, un ser de luz. Recuerdo su trabajo con los hombres y familias del club de abstemios de alcohol, con la comunidad juvenil, con las colonias urbanas, con los talleres de tejidos para las mujeres en momentos de crisis económica. En todas esas instancias el aprendizaje era transversal, diverso, holístico”.

Muchas veces hicimos peñas folclóricas en nuestras capillas; era ocasión para juntar a jóvenes y aprender cantando con la música de Los prisioneros, Sol y lluvia, Inti Illimani, etc., de política y de los DD.HH., y anhelar la vuelta de la democracia perdida. Muchos de estos temas que se anhelaban conversar, estaban censurados en los medios de comunicación y de la formación cívica en la vida escolar, y la iglesia, era ese espacio de reflexión libre acompañado por pastores y pastoras notables, como esta religiosa francesa de la Congregación de religiosas de Caridad de Never.

Otro integrante, del grupo juvenil de esos años, Miguel Andrade, nos cuenta que “Desde su llegada a la población, las cosas cambiaron y eso sólo es posible cuando una sierva de Dios pone sus pies en la realidad de muchas personas que no quieren cambios en sus vidas. Beatriz se hizo presente entre los alcohólicos, entre sus mujeres e hijos para proponerles una vida cercana a Dios, a sus enseñanzas y a su amor, por cada uno de nosotros. Construyó comunidad, hizo Iglesia con los obreros y sus hijos, mientras las mujeres podían compartir sus penas y alegrías”.

Continúa su relato Miguel, “Beatriz era mujer sencilla, muy perseverante, observadora, consecuente; sólo transaba para conseguir un bien mayor, sólo para lograr a un ser humano mejor.  Se hizo cómplice de algunos poderosos para mostrarles lo egoísta que han sido, para decirle que había otros que necesitan de las sobras que ellos despreciaban, para anunciarles un Reino compartido por todos y todas, para un Reino en justicia y Verdad.”

“En dictadura, Beatriz estuvo presente organizando ollas comunes, creando guardería infantil, entregando educación, valores, conciencia y humanidad; nos mostró que las cosas pueden y deben ser diferentes y cambió la vida de muchas personas”.

“La Bea era francesa, pero su corazón se repartió entre Chile y Bolivia, sufría enormemente por las diferencias entre su natal Francia y los países de América Latina; con su regreso obediente y humilde, pasó tiempos difíciles por la pandemia, la distancia y la soledad del primer mundo. Se encontró con sus viejos amigos de juventud y su corazón vivió la alegría del reencuentro con su vida; vivió la guerra, arrancó, sufrió hasta que descubrió la obra”.

“Muchos y muchas se han olvidado de la Bea, pero ella nunca, pero nunca se olvidó de cada uno de nosotros. La Bea portada un dolor humano muy profundo producto de la guerra que le tocó vivir,  pero también portaba un dolor físico que día a día le daba más fuerzas para trabajar por los necesitados, por los pobres, por los que no tienen nada. Si alguien me pregunta que me enseñó Beatriz, podría decir que me enseñó a descubrir a Dios, a los demás, y a mí mismo”; concluye sus recuerdos y agradecimientos, Miguel, por esta gran religiosa y mujer que lo marcó como a tantos de nosotros.

El ideal hubiera sido que ella terminara sus días entre los suyos, en Chile, pero no se dio así. A la distancia la recordaremos en nuestras conversaciones, oraciones y liturgias y en nuestro corazón. Sea este nuestro humilde homenaje a quien tanto nos dio y se entregó totalmente. Algo de ese afecto y gratitud se le expresó cuando partía definitivamente de Chile hace unos 3 años atrás.