el viento

Hablar francamente y sin temor

Hna. Sandra Henríquez.cm
Carmelitas Misioneras

En el contexto de la proclamación del Reinado de Dios, la irrupción misericordiosa de Dios viene a trastocar los criterios y formas de comprender el discipulado, se necesita un cambio de mentalidad para entrar en la dinámica del seguimiento que es siempre llamada-elección y misión-profecía.

El NO TEMAN del evangelio se convierte en la certeza que acompaña nuestra acción profética, nada hay en los que han puesto su vida en dirección de Reino que pueda afectar  su interior, su cuerpo y su proclamación kerigmática porque “…el Señor está conmigo como un guerrero temible por eso mis perseguidores tropezarán y no podrán prevalecer”

(Jr 10,11).

El NO TEMAN, expresa también que la vida es cuidada por Dios, y el alcance de ese cuidado se extiende como comunión ofrecida no es sólo al ser humano sino a la creación entera, todo está abrazado por Él, toda la realidad está en su palma; los pájaros vienen a ser símbolo de esa creación que también vive su persecución, es asediada y está en peligro de muerte, es necesario que ella también ejerza su profecía “Sin embargo, ni uno sólo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre de ustedes”(Mt 10,29-31). Por lo tanto, el ser humano formando parte de esa comunión cósmica e integral no debe temer porque su total valía está cuando vive en ella con verdad y transparencia sabiéndose conocido custodiado y protegido junto a toda la creación.

¡NO TEMAMOS! porque la persecución, contradicción, asedio y hostigamiento, son constitutivo de la acción profética que todo discipulado conlleva: “Oía los rumores de la gente: ¡terror por todas partes! ¡Denúncienlo! ¡Sí, lo denunciaremos! Hasta los amigos más íntimos acechaban mi caída (Jr20,10), sólo nuestra profunda adhesión a Jesús por quien, se derrama la Gracia como dice San Pablo nos da esa seguridad, “… la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos”, no porque nuestro accionar sea siempre bueno, sino porque nuestra vida adquiere sentido en la dignificación del pobre e indigente, ahí está nuestra profecía, la que se convierte para otros en  confrontación y enrostración de la verdad. Con esta certeza podemos sin temor repetir y proclamar a pleno día y desde lo alto de las casas lo que escuchamos en la intimidad. ¡Él libró la vida del indigente del poder de los malhechores! (Jr 20,13).

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