EL VIENTO SOPLA 2020

Comentario Evangelio 27 de Diciembre

SOLEMNIDAD DE LA SAGRADA FAMILIA COMUNIDAD RELIGIOSA:
Espacio Humano de animación, cuidado y acompañamiento de nuestra vocación

Hno. Lino Miranda Castañeda, ofm.
Fraternidad de  Rapel de Navidad
Parroquia Natividad del Señor – Navidad

El evangelio de Lucas nos narra los primeros pasos de María, José y el pequeño Jesús en medio de nuestro mundo, luego de su concepción milagrosa y su manifestación pobre y humilde en el pesebre como el gran Salvador; también nos da testimonio cómo María y José, han asumido libremente este deseo de Dios, de ofrecer a toda creatura su reino de amor, paz y justicia. “No teman” les manifestó el Ángel al momento de mostrarse de distintos modos en sus vidas (a María la visitó en su casa, mientras que a José en sueños), pues el niño será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y por lo tanto les acompañará y les conducirá en su tarea de custodiar, educar, formar y acompañar la vida del niño Jesús.

Del mismo modo, tanto María y José, van comprendiendo la misión y la esperanza que ese niño va a traer para el pueblo de Israel y a todas las naciones, pues Lucas nos presenta hoy cómo estos dos personas ancianas, Simeón y Ana, son capaces de reconocer la divinidad y la misión de ese niño y no temen en alabar y bendecir a Dios por tan gesto de amor, como también lo hicieron los pastores el día de su nacimiento; y podemos ir más allá, ese niño será esperanza para todas las naciones como lo presenta también el Evangelio de San Mateo, con la presencia de los magos de oriente y sus ofrendas al nuevo Rey.  Jesús viene a ser Luz de las naciones y gloria de su pueblo Israel dice el anciano Simeón.

Pero, frente a toda esta concepción prodigiosa de Jesús, de su nacimiento y  reconocimiento como Rey por la gente pobre y sencilla de Belén, su niñez no estuvo marcada siempre por  acontecimientos extraordinarios, sino más bien que “iba creciendo y robusteciéndose en sabiduría” junto a esta familia, como todas las otras, en la cotidianidad de la vida. Más adelante del texto de Lucas citado, nos testimonia que cuando estuvo perdido en el templo, después de que sus padres le encontraron “…Regresó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad… y crecía en saber, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres…”  Desde ahí no tenemos más información de la infancia de Jesús, de su adolescencia y de su juventud, y estos datos bíblicos nos permiten pensar que el espacio familiar dado por María y José fueron formando y acompañando la vida del Maestro.

Como consagrados y consagradas estamos llamados a poder trabajar por el Reino, que no es más que la espera gozosa de vivir y  compartir con los demás la experiencia de sentirnos amados y amadas por Dios, y por lo tanto de querer que otro también experimente en su vida el infinito amor de Aquel que nos ha llamado y por el cual hemos dejado todo para seguirle. Y, sin duda, esta experiencia del Reino, se vive en el cotidiano vivir, allí cuando la vida ordinaria de todos los días nos desafía a ser testigos del mundo venidero y hacemos de estos días de peregrinación y esperanza diaria, un espacio gozoso de encuentro gratuito, generoso y fraterno; es como la experiencia de cotidianidad de la Sagrada Familia, cuyo ícono también es para nuestras comunidades imagen de animación, acompañamiento, cuidado y formación.

Los desafíos para la vida religiosa hoy son muchas: la pandemia, la situación actual post estallido social, el proceso constituyente, la dignidad de los migrantes, la pobreza extrema como consecuencia de un sistema desigual, etc.; dichos desafíos nos invitan a una presencia activa y esperanzadora, desde la diversidad de nuestros carismas y también capacidades, dones y habilidades personales. Sin embargo quisiera invitarles a centrar nuestra mirada en nuestras propias fraternidades religiosas, las cuales son el espacio donde hemos profesado vivir y compartir el evangelio de Jesús y desde allí dar testimonio de fe, esperanza y amor, pues así lo hemos querido al momento de abrazar nuestra forma de vida y el carisma particular de cada instituto.

¿Cómo están nuestras relaciones fraternas? ¿Cómo vivimos el cuidado pastoral de la vocación propia y de los demás miembros de mi fraternidad? ¿soy constructor/constructora de fraternidad?

Hoy en día la sociedad ofrece espacios de fraternidad con la finalidad de alcanzar un objetivo específico y dependiendo del paradigma o ideal social que se quiere alcanzar, por lo tanto el concepto de fraternidad va mucho más allá del concepto y experiencia de vida fraterna que queremos vivir en la Iglesia, y eso lo contempla y lo valora el Papa Francisco en su Encíclica sobre la fraternidad y la amistad social Fratelli Tutti. Por lo tanto, si el mundo secular promueve las relaciones fraternas para alcanzar objetivo ¿cómo vamos nosotros promoviendo nuestras relaciones fraternas para que nuestras comunidades religiosas sean, a modo de la Sagrada Familia, un espacio de cuidado, protección, formación, animación y acompañamiento de nuestra vocación? Quisiera, hermanos y hermanas, animarles con estas simples palabras a contemplar la familia  a la cual Jesús se sometió libremente para vivir en profundidad su dimensión humana; dicha vivencia de Jesús nos enseña que es importante y necesario dejarnos formar también por la experiencia cotidiana de la fraternidad, dimensión de suma importancia para toda la vida pues la profesamos desde el día cuando hemos emitido nuestro compromiso y adhesión  perpetuo y solemne de nuestros votos.  Cuando en el mundo de hoy el individualismo narcisista se mete en todas sus realidades separando y destruyendo relaciones, y que nuestra comunidades religiosas sin duda también han sido afectadas, creo que es necesario poner atención primordial al espacio común de nuestra vida cotidiana, y esto significa que debemos volver la mirada como fraternidades a Jesús, quien con su vida nos provoca construir espacios fraternos de oración, diálogo, de formación permanente, de cuidado pastoral de la vocación, de animación y acompañamiento mutuo, pues son elementos esenciales para poder sostener responsablemente la vocación que el Señor no ha dado.  A la fecha hemos podido enfrentarnos con muchas realidades contradictorias en nuestra vida consagrada que nos duelen y que nos cuestionan profundamente.  Del mismo modo la cultura del abuso sexual, de conciencia y de poder que se ha evidenciado fuertemente en estos últimos años, algunos dados a conocer por la prensa, otros con declaraciones públicas de parte de nuestros institutos o bien de la autoridad eclesiástica, vienen a sumarse a aquellas situaciones de abuso que conocemos y se viven en el cotidiano vivir de nuestras comunidades religiosas y que   muchas veces no los asumimos y enfrentamos  con valentía y realismo, son un indicador potente de que debemos seguir haciendo los esfuerzos necesarios, sin temor, para ir generando transformaciones profundas en el cómo vamos haciendo camino juntos en la vida fraterna y comunitaria.  Por ello la imagen de Jesús que se deja conducir y acompañar por sus Padres,  nos exige también a nosotros, consagrados, que hemos abrazado el evangelio como  forma de vida, a dejarnos acompañar filialmente por Dios en nuestra vida espiritual, con la oración diaria, la eucaristía que centra nuestra fe, el silencio, la soledad ante la presencia amorosa de Jesús, y también fraternalmente por los hermanos y hermanas que el Señor nos ha regalado en cada instituto, en el diálogo, en el encuentro desde la verdad de nuestras vidas, en el estímulo y la corrección mutua, pues Dios también nos habla en la comunidad de los creyentes.  No “temamos” en buscar reestructurar o redimensionar nuestra vida fraterna/comunitaria con la finalidad de crear espacios más sanos, transparentes, sencillos y de confianza para el bien de nuestros hermanos de instituto, para que podamos ser “luz de las naciones” y testimoniar con mayor autenticidad los valores del Reino.

Que esta celebración de la Sagrada Familia, que fue el espacio humano  formativo de Jesús, nos haga también a nosotros  mirar nuestras propias familias religiosas como verdaderos “espacios humanos” de crecimiento, animación, formación y acompañamiento y así nuestro servicio apostólico y misionero sea fecundo y enriquecedor para todos aquellos que con quienes compartimos la vida.