el viento

Hna. María Teresa Figueroa,cm
Carmelitas Misioneras

El evangelio de este domingo nos sitúa en el mandamiento del AMOR.

Como siempre Jesús es enfrentado por un experto de la ley, para ponerlo a prueba dice el evangelio, y le pregunta “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Y Jesús le contestó: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.”

En pocas palabras Jesús condensa lo que debe regir nuestra vida. Y estos son los dos puntos cardinales que abrazan nuestra vocación: el Amor a Dios y el amor al prójimo.

Cuando profesamos en nuestros distintos institutos, nuestro corazón estaba dominado por una pasión inmensa, ese fuego de amor nos impulsaba a la misión, no había nada que nos detuviera por muy difícil que fuese, sino que dábamos la vida en el día a día. Y esa pasión ahí está, y en muchas muchos de nosotros y nosotras sigue bullendo, impulsando, inquietando. Esa pasión vital está, porque nuestro corazón ha sido criado para amar y amar a Dios. Y experimentamos que Él nos ama con amor eterno, puro, leal, constante, desinteresado. Así lo creemos. Y nos ama siendo lo que somos. Pero este amor no puede quedar ocioso en nosotras, este amor te impulsa a amar al prójimo, el uno lleva al otro. Nuestra vocación no es tal si no están unidos estos dos puntos.

El amor al prójimo nos lleva a indignarnos, así como Dios en la primera lectura.

Indignarnos frente a la explotación del trabajo con sueldos miserables, a la falta de equidad en los sueldos todo por ser mujer. A la falta de elegir el establecimiento donde los hijos quieran estudiar y son sometidos a tómbolas (denigrante). A la discriminación de sexo (atacados por ser diferentes). A la poca tolerancia y no escuchar el pensamiento del otro y descalificarnos. A la falta de diálogo para llegar a consensos. A sostener la violencia como única alternativa de diálogo. Indignarnos frente a pensiones indignas. A políticos que olvidaron su vocación de servicio. En fin, indignarnos frente a situaciones donde se denigra a la persona. Indignación que nos mueve a buscar creativamente caminos de paz, de solidaridad, de justicia. Que inquieta nuestro ser porque el amor no puede estar ocioso.

Y nos preguntamos ¿cómo está nuestro amor al prójimo? ¿cómo está nuestro amor a Dios. Allí donde hay uno de mis hermanos sufriendo, ahí está la Iglesia que también sufre y llora.

El testimonio vale más que mil palabras y eso nos lo deja claro Pablo en la segunda lectura a la comunidad de los Tesalonicenses: “acogiendo la Palabra del Señor, llegasteis a ser modelo para todos los creyentes. Desde vuestra Iglesia la Palabra del Señor ha resonado en todas partes. Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada. Cómo abandonando los ídolos os volvisteis a Dios para servir al Dios vivo y verdadero.”

La realidad nos interpela, nos grita, clama. ¿Qué respuesta daremos? ¿No arde en nuestro corazón el amor de Dios? ¿No arde en nuestro corazón el amor al prójimo?

¿Qué fuego en nuestro interior nos consume? Es la hora de trabajar con más fuerza por los prójimos. Es hora de seguir ejerciendo el Amor. Es hora de reavivar la pasión por Dios y la humanidad.

Oremos por nuestra patria, por cada uno de los las que la integramos, para que Dios nos dé mucha Luz y Sabiduría en las decisiones que vamos a tomar, en esta parte de la historia.

Oremos por nuestras comunidades que en el silencio siguen ejerciendo el Amor hasta el extremo en pos de los prójimos.

Oremos por cada uno, una de nosotras para que no se apague el fuego, la pasión que nos impulsa a hacer presente el Reino en el aquí y ahora.