Hno. Diego Izquierdo
Hermanos de la Inmaculada Concepción

¿Qué es lo que celebramos cada domingo de Corpus Christi? El Evangelio de Lucas nos orienta y centra su sentido.

Se narra que la gente seguía a Jesús ávida de su palabra. Jesús les acogía y les mostraba cómo el Reino de Dios se concretaba. Entre tanto, sin casi darse cuenta, a la gente se le hizo tarde para regresar a su hogar. Los discípulos preocupados no sabían cómo decir a tanta gente que se retiraran. Piden a Jesús que ordene su retirada del lugar.

Y Jesús los sorprende con una petición que les parecía imposible realizar: atender y dar de comer a tantas personas.

Y es que Jesús no puede dejar de ser y actuar, de hacer visible el Reino, de hacer el milagro del desprendimiento y promover la actitud de compartir lo que cada uno traía consigo. En ese lugar descampado, los discípulos, una vez más, hacen lo que El les dice. Jesús siente compasión y cariño por la gente que le había seguido y escuchado. En el pan compartido se produce el signo dador de vida y aliento para seguir caminando.

Nos podemos preguntar cómo ser alimento para tanta gente hoy. No podemos hacernos los desentendidos como los discípulos de Jesús ante los desplazados de sus hogares hacia otras fronteras en busca del sustento familiar. Más bien podemos hacer algo que genere esperanza y sea sacramento, cuerpo de Cristo sustentable, ser actores de amor. También al interior de nuestra Iglesia.

Al final, celebrar la Eucaristía, como consecuencia de una vida que se da y se comparte. Y que el altar de la celebración sea el altar del mundo, con mirada integral.

Como muy bien lo ha propuesto el papa Francisco, no deja de ser imperioso un cambio de estilo de vida en profundidad que impacte sobre sobre los seres humanos y sobre la casa que habitamos, el mundo de relaciones interdependientes. En Laudato Si nos insta: “Siempre es posible volver a desarrollar la capacidad de salir de sí hacia el otro. Sin ella no se reconoce a las demás criaturas en su propio valor, no interesa cuidar algo para los demás, no hay capacidad de ponerse límites para evitar el sufrimiento o el deterioro de lo que nos rodea. La actitud básica de auto-trascenderse, rompiendo la conciencia aislada y la autorreferencialidad, es la raíz que hace posible todo cuidado de los demás y del medio ambiente, y que hace brotar la reacción moral de considerar el impacto que provoca cada acción y cada decisión personal fuera de uno mismo. Cuando somos capaces de superar el individualismo, realmente se puede desarrollar un estilo de vida alternativo y se vuelve posible un cambio importante en la sociedad”.

Entonces comerán todos y quedarán satisfechos, sobrará alegría y se visibilizará el Cuerpo de Cristo.

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