EL VIENTO SOPLA 2020

Comentario Evangelio 21 de Noviembre

LA COMPASIÓN ES LO PRIMERO

En ella se juega y se decide nuestra vida de
discípulas/os de Jesús

Hna. Leticia Cortés, bp
Hermanas del Buen Pastor

Este pasaje del evangelio, es uno de mis favoritos. Me ha ayudado a comprender que lo único necesario e importante es amar de manera concreta, construyendo la utopía del Reino de justicia, paz, verdad, vida, sororidad; he ido entendiendo que, el encuentro decisivo entre la persona y Dios no tiene lugar en un contexto de gestos heroicos y extraordinarios, sino en nuestros encuentros de todos los días, en el ofrecer ayuda a quien la necesita, dar de comer y de beber a quien tiene hambre y sed, en el acoger y proteger a quien está abandonado, a compartir, empatizar y luchar por sus reivindicaciones, fortalecer la esperanza y a ofrecerles un mundo más humano. Cuando Jesús les dice a los apóstoles frente a la multitud hambrienta, “denles ustedes de comer, me está diciendo justamente esto: pon en acción el amor que dices tenerme, es lo único que vale para mí.

Son varios los verbos que en este texto de Mt. 25, 31-46, que “me hacen ruido”, pues me llaman a concretar el amor: “dar de comer”, “vestir”, “hospedar”, “visitar”, “acudir”. Me llaman a pasar del corazón a las manos (como alguna vez escuché decir al Papa Francisco). Me recuerda a nuestro padre espiritual, san Juan Eudes, que desde la espiritualidad del corazón me dice que: “tres cosas son necesarias para la misericordia: la primera es tener compasión del sufrimiento del otro; la segunda, que tenga una gran voluntad para socorrerlo; la tercera que pase de la voluntad a la acción…”[1]. Y aquí se hace presente en mi otra llamada: estos verbos para hacerlos concretos despiertan la urgencia de estar con ojos y corazón abiertos, en actitud contemplativa frente a la realidad que nos desafía y que nos urge, al mismo tiempo, a conjugar otros verbos como, empatizar, implicarnos, aliviar, sanar, acompañar, , responder, salir, abrir las puertas.

Contemplados estos verbos desde mi identidad de hermana del Buen Pastor, regalada con el don de la misericordia, me siento desafiada a vivirlos porque ellos significan “dar vida” como obrera del Reino y sólo es posible construir vida, como Dios lo quiere, liberando a las gentes del sufrimiento.

Seré llamada bienaventurada, si vivo el único mandato que nos dejó Jesús: “ámense unos a otros como yo los he amado” (Jn.15,12) y que me permite ir al encuentro: “¡vengan benditos de mi Padre! Reciban en herencia el Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me recibieron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y fueron a verme…” (Mt.25, 31ss)

Miro a Jesús y lo veo volcado hacia aquellos que ve necesitados de ayuda. Es incapaz de pasar de largo. Ningún sufrimiento le es ajeno. Se identifica con los más pequeños y desvalidos y hace por ellos todo lo que puede. Para él la compasión es lo primero. Este es el único modo de parecernos a Dios: “sean compasivos como su Padre es compasivo” (Lc. 6, 36)

Es desde esta punzante llamada evangélica que el mensaje profético del Papa Francisco suena en mi corazón fuertemente:

Dios “da el primer paso” y ama “a la humanidad que no sabe amar”, porque tiene compasión y misericordia, mientras nosotros, si bien también somos buenos, muchas veces no comprendemos las necesidades de los demás y permanecemos indiferentes, tal vez porque el amor de Dios” no ha entrado en nuestros corazones

El amor no tolera la indiferencia. El amor tiene compasión. Pero compasión significa poner en juego el corazón; significa misericordia. Jugarse el propio corazón por los demás: esto es

Amor”.[2]

Sí, seremos juzgadas desde el amor compasivo que hemos recibido y regalado. Hoy que vivimos en un mundo interconectado e híper comunicado, las distancias geográficas parecen achicarse. Tenemos la posibilidad de tomar contacto inmediato con lo que está aconteciendo en la otra parte del planeta. Casi simultáneamente nos acercamos a tantas situaciones dolorosas que movilizan gestos de compasión y solidaridad. Al mismo tiempo siento que esta “cercanía” informática nos lleva sutilmente a la «naturalización” de la pobreza, de la miseria, como que, nos volvemos inmunes a las tragedias ajenas y las evaluamos como algo «natural”. Las imágenes que nos invaden son tantas que vemos el dolor, pero no lo tocamos; sentimos el llanto, pero no lo consolamos; vemos la sed, pero no la saciamos. De esta manera, lo digo con dolor, muchas vidas se vuelven parte de una noticia que en poco tiempo es cambiada por otra.

Esto lo considero una tragedia porque la miseria, el sufrimiento humano tiene rostro. Tiene rostro de niña, tiene rostro de familia, tiene rostro de mujer, jóvenes y ancianos. No, no podemos decir ligeramente que su situación es fruto de un destino ciego frente al que nada podemos hacer (“siempre han existido pobres”). Cuando la miseria deja de tener rostro, podemos caer en la tentación de empezar a hablar y discutir sobre «el hambre”, «la alimentación”, «la violencia” dejando de lado a la persona concreta, real que hoy sigue golpeando a nuestras puertas.

Sí, no hay religión verdadera, no hay proclamación responsable de los derechos humanos si nos es defendiendo a los más necesitados, aliviando su sufrimiento y restaurando su dignidad.  La religión más agradable a nuestro Padre Dios es la ayuda al que sufre

Es el hoy mi día de juicio. Hoy es la llamada a acercarme o alejarme de las y los sufrientes. Hoy me estoy acercando o alejando de Jesús. Hoy estoy decidiendo mi vida desde el amor puesto en acción. Las hermanas del Buen Pastor decimos que, la compasión es el amor que levanta, que dignifica.

Oh mi Dios compasivo! Dame tu mirada para ver en cada persona que sufre a Jesús que sale a mi encuentro, me mira, me interroga y me suplica. Espíritu que eres Amor, ayúdame a comprender que nada me acerca más a Jesús que aprender a mirar con compasión, detenidamente el rostro de los que sufren. Que, en el día a día de mi vida, pueda recibir tu bendición porque me he acercado con compasión a las más sufrientes, allí en las periferias existenciales y he hecho por ellas lo que he podido.

«Toquemos la carne de Jesús tocando la carne de los pobres». (San Ireneo)



[1] JE, Corazón Admirable OC. VIII, p. 52-54

[2] Homilía 08 de enero 2019

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