martes , 27 febrero 2024
el viento

Comentario Evangelio 21 de Mayo

La Fiesta de la Ascensión del Señor
Mt.28,16-20

Hno. Hernán Cabrera Baeza, fms.
Hermanos Maristas

“Hoy nuestro Señor Jesucristo ascendió a los Cielos;
que nuestros corazones asciendan con Él”

San Agustín

Este domingo celebramos la Fiesta de la Ascensión del Señor, una de las principales fiestas cristianas que se celebra cuarenta días después de la Pascua. En ella conmemoramos la subida de Jesús al cielo, así como su entrada en la gloria eterna. Por una parte, representa la promesa de la vida eterna y, por otra, la antesala pronta de la venida del Espíritu Santo. El acontecimiento de Pentecostés.

Los evangelistas anuncian este misterio de modo diferente. Lucas y Marcos lo relatan con detalle. Mateo, un tanto mezquino, no lo menciona completo y Juan sin describir escenas menciona explícitamente sus palabras: ”Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes”.

Los cuarenta días que median entre la Pascua de Resurrección y la Ascensión no son sólo un período de espera y simbólico, tan recurrente en las Escrituras, sino también un tiempo de preparación espiritual antes de celebrar dicha Fiesta. Un tiempo que rezuma plenitud de alegría Pascual.

En mis tiempos de oración o en Retiros, al asomarme a este texto que toca el corazón de mi ser, he intentado hacer composición de lugar del momento cuando los discípulos van a Galilea, “a la montaña donde Jesús los había citado”. Los imagino subiendo esa montaña conversando unos, en silencio otros, curiosos y expectantes algunos, llenos de alegría aquellos, estos con pena, tristes y la duda cierta y escondida aún de unos pocos… El cielo de un azul hermoso, teñido de un sol radiante ofrece una atmósfera física y espiritual suave y misteriosa de un algo que se avecina, que se espera sin saber exactamente qué…

Y allí, escondido y con oído atento, asomándome curioso entre unas rocas, soy testigo de una palabra que es misión, la más importante, la que me tiene aquí a mí, a ti, a todos los que hemos consagrado nuestra vida, más allá de cualquier carisma o, digámoslo, el carisma que todos, de una manera u otra, compartimos plenamente.

Y escucho una Palabra lenta, fuerte, decidida, pero tierna de un Dios: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado”. Esta misma Palabra que ha sido misión ardiente, irrefutable, inclaudicable de tantos santos en la historia de la VR., de mi Congregación, de la tuya, de todos…

Pero hay más. Es otra Palabra que, a veces, en medio de desalientos, de dudas inquietantes, de días turbulentos, aún de crisis, se revela total, tranquilizadora y confiada, llegando a inflamar nuevamente nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor con más urgencia y necesidad hoy:

“Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

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