Hna. Susana Ruani,op
Dominicas de la Anunciata

Jesús con sus parábolas manifiesta la lógica del Reino, que nada tiene que ver con nuestra lógica humana y que nos hace descubrir el sentir de Dios que sobrepasa cualquier razonamiento. Es el caso de la oveja perdida y del hijo pródigo

Cuando leí este Evangelio me preguntaba ¿qué ve el pastor de la parábola en la oveja pérdida que sale tan rápido a buscarla, y qué ve el padre misericordioso en el hijo que regresa -después de haber derrochado todo- para recibirlo con los brazos abiertos como si nada hubiese pasado?

Y me vino a la mente un encuentro que tuve el año pasado con José Luis, uno de los tantos jóvenes en situación de calle que paraba en el hospital San José, que visitábamos con el grupo de SSN (Salidas Solidarias Nocturnas) de la Parroquia San Vicente Ferrer. Muchas veces conversé con él, pero esa noche me impactó el planteo que me hizo en el diálogo.

José Luis comenzó preguntándome: “¿te puedo llamar mamita?”. Con gusto le dije que sí, que me llamara como él quisiera, y mientras hablábamos se abrió la camisa, y con un gesto de confianza me mostró todas las cicatrices que tenía en su pecho, muchas de ellas de arma blanca y de operaciones que había recibido por las situaciones de violencia por las que había pasado… Sobre ellas tatuado un rosario, como queriendo cubrir con un signo de amor el mal hecho y el mal recibido. Y continuó diciendo: “Mamita yo robé mucho y estuve muchas veces preso, pero nunca maté, porque yo soy bueno mamita” y cada tanto en la larga recorrida de su dramática historia me volvía a decir: “Pero sabes que soy bueno mamita”, como queriendo afirmar su identidad más íntima, aquella que sólo Dios conoce y que anhela ser reconocida.

Me sorprendió la insistencia en ese “sabes que soy bueno” y le dije: “sí, soy bueno, aunque muchas veces hiciste cosas que no son tan buenas”, y le pregunté, movida por la intriga: “¿Por qué robas, quién te enseñó a robar?” y bajando la cabeza y el tono de voz me dijo: “Cuando era chico no teníamos para comer y mi padrastro me dijo, ven conmigo que te voy a enseñar a robar”.

En ese momento comprendí por qué José Luis en medio de la locura de su vida intuía esa bondad original y quería rescatarla y que alguien la reconociera.

Creo que esa bondad original que Dios puso en el corazón del ser humano y que es opacada por el pecado, es la que el Padre mira y reconoce, y por eso perdona y restaura a la humanidad con corazón de Padre Misericordioso que no se desentiende de su criatura, de la idea original de su proyecto que en Jesús tuvo su plenitud.

En el “sabes mamita que soy bueno” de José Luis, reconocí  el grito interior del ser humano que clama: “Dios, Padre-Madre escúchame, no mires mi pecado sino lo bueno que hay en  mi corazón, lo que tú creaste”.  Y me di cuenta que es eso lo que Dios ve en cada uno de nosotros, a pesar de nuestros muchos pecados y errores, y por eso deja las noventa y nueve y va en busca de la perdida, y por eso abre los brazos y sale sin demora al encuentro del hijo.

El evangelio de hoy es una invitación a mirar al otro con los ojos y el corazón de Dios, porque son muchos los hermanos que buscan ser reconocidos en su dignidad de hijos …Vayamos y obremos como el Buen Pastor, como el Padre Misericordioso….Vayamos y dejémonos abrazar, también nosotros,  por el Dios  rico en misericordia.

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