Promesa que nos hace inmensamente felices

Hno. Ramón Gutiérrez P.
Religiosos de la Asunción

San Lucas 22, 66; 23, 1-49.

Nos encontramos con un texto plagado de situaciones que bien conocemos, como conocido es el texto por nosotros.

Con esta palabra de fondo si traemos a la memoria los caminos recorridos por aquellos hombres y mujeres audaces que fundaron nuestras comunidades (congregaciones), nos damos cuenta, claramente, que ha sido el camino de muchas y muchos: acusaciones, interrogatorios que les taladraron el corazón, sacados de raíz de sus comunidades porque parecían peligrosos, insultados, negados a sus discípulos. Impresiona conocer biografías de fundadores que solamente han sido conocidos como tales luego de haber muerto. ¡Y vaya que hay un ejército de hombres y mujeres que tuvieron que vivir en el silencio y el anonimato en sus propias comunidades!

Caminamos raudos hacia la Pascua contemplando al Maestro maltratado, golpeado, herido, despreciado. En Él, nosotros. Sí, ahí va el Señor y nosotros en él, porque lo decidimos una vez con un compromiso público, como público es el escarnio de Jesús. Dijimos que seguiríamos al Señor hasta nuestra muerte. Lo prometimos con los votos de pobreza castidad y obediencia. Ayer como hoy sabemos que hay resurrección, esa es nuestra esperanza grande.

Y hacemos el camino hacia la resurrección porque hubo una palabra maravillosa del Señor, una palabra que nos anima siempre: “La gracia actúa mejor donde hay debilidad”.

Pero con esta promesa que nos anima miremos a otro de nuestra raza que actúa con miedo y cobardía: Pilato. En cuanto se entera que Herodes anda por ahí cerca, le manda a Jesús, se saca “el problema” de encima cobardemente, pero el problema le regresa, como queriendo sacarlo de su cobardía y dándole la posibilidad de enmendar su falta. Pero no, no se enmienda.

En esta lectura donde el apostolado que nos hace tanto soñar, está ausente, aparentemente. Y la vida comunitaria lejana, también aparentemente. ¿Cómo nos llama el Señor a vivir valientemente nuestra vocación? ¿Cómo le respondemos a la llamada que nos hizo? Preguntas muchas veces repetidas, pero que debo responderlas ahora.

No creo que haya alguno de nosotros que grite a todo pulmón ¡crucifícalo! No llegamos a eso. Tampoco preferir a Barrabás clamando que quede libre.

A propósito doy saltos meditando este texto, es para mí la única forma de hacerlo vida hoy. Lo he escuchado tantas veces, lo he leído muchas otras y, debo ser sincero, no siempre lo estrujé ni me dejé triturar por él. Hoy sí y me veo cobarde y me veo traidor y me veo sinceramente ayudando al suplicio de Jesús.

Suplicio que hoy viven miles de personas nacidas en otros puntos del planeta, fuera de lo que llamamos Chile, y se vinieron a vivir con nosotros en busca de un mundo mejor y yo mismo también traiciono al Señor no dándome por entero a los inmigrantes. Creo que al igual que ustedes, muchas veces digo o pienso: “que se ocupen los organismos especializados”, que recurran a las congregaciones cuyo carisma es el servicio a los inmigrantes… Igual que Pilato, me los saco de encima… Por favor, es una figura que uso, nadie se sienta Herodes ni Pilato…

Y mil disculpas tengo para evitar a los hermanos y hermanas que tienen diferentes opciones sexuales. ¡Ah, no! No puedo acompañar a este hombre sidoso porque me van a tildar… Y no me atrevo a acompañarlo al servicio médico especializado y gratuito que conozco. Me oculto, por miedo.

Y podemos agregar a esto una larga lista de cobardías.

Casi al final, esta cita evangélica nos devuelve a la realidad gozosa, salvadora, vivificante. Porque nuestro Dios, el que nos llamó, no nos puede dejar abandonados, librados a nuestra suerte. Los cristianos consagrados, hombres y mujeres, tenemos una promesa que nos hace inmensamente felices aún en medio de las tormentas y los tormentos. Dice el texto que comparto con ustedes: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Respondió Jesús: “Realmente te digo, que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso”.

Invitación para el Jueves santo: Volver a leer el discurso del Santo Padre Francisco en encuentro con religiosos en la Catedral de Santiago. 16 enero 2018

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