Hno. Luis Sanz de Diego,FMS
Hermanos Maristas

Evangelio según San Juan 10, 27-30
IV Domingo de Pascua- 12 de mayo 2019

 “Mis ovejas escuchan mi voz: yo las conozco y ellas me siguen, yo les doy vida definitiva y no se perderán jamás ni nadie las arrancará de mi mano. Lo que me ha entregado mi Padre es lo que más importa, y nadie puede arrancar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno”.

En este tiempo de Pascua, celebrando la alegría de la Resurrección del Señor, nos encontramos nuevamente con esta Palabra del Señor, “mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen, yo les doy vida definitiva…”

Un mensaje de esperanza en estos momentos convulsos de nuestra Iglesia, donde nos parece estar abandonados de todo, sin embargo Jesús, como buen Pastor, nos recuerda una vez más, su cercanía, que somos amados por Él. Me surge nuevamente el cuestionarme una vez más, ¿cómo escucho la voz del Maestro, de mi Pastor? Frente a tantas situaciones que se van viviendo ¿he aprendido realmente a reconocer su voz, para no engañarme antes tantas voces que llegan de todos los lados, que bombardean mis oídos? ¿Cómo me reconozco como “oveja” del Señor? o de repente siento que llamarme “oveja” es un tanto denigrante para mi identidad y dignidad de persona, “hijo amado de Dios”, porque lo confundo con los borregos de una ideología que no piensa y sigue unas ideas que no es capaz siquiera de entender muchas veces.

Para muchos, esta imagen del rebaño, las ovejas, el pastor ya se han vuelto un tanto carente de sentido, no nos dicen casi nada pues somos hombres y mujeres de ciudad, cosmopolitas. Para mí, sigue teniendo una relevancia muy grande, soy hijo de un pequeño ganadero, mi hermano Arturo, que en paz descanse, fue pastor del rebaño familiar, y actualmente cada vez que visito a la familia en España en mis vacaciones, paso gran parte del tiempo colaborando un poco con mi cuñado y sobrino que siguen trabajando con un rebaño de ovejas. Permitan que les comparta estos rasgos personales y familiares que igual le dan un enmarque particular a cómo me acerco al texto.

Me consuela, por último, la certeza que me ofrece que, “nadie puede arrancar nada de la mano del Padre” y que ni yo mismo con mis pequeñas o grandes infidelidades puedo contra el amor incondicional del Padre, lo que me deja por otra parte el desafío de cada día de responder a su voz, de seguirlo.

Feliz domingo con la presencia del Señor, Buen Pastor.

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