el viento

Hno. Ramón Gutiérrez, aa
Religiosos de la Asunción

Nadie, en nuestra etapa de formación, nos preparó para enfrentar el susto, el miedo.

Solamente, en la niñez, nuestras madres, abuelas y hermanas mayores nos ayudaban a reaccionar frente al miedo, con métodos poco adecuados, vendrán a decir siempre los sicólogos; pero eran efectivos, estaban a mano y resultaban económicos para nuestras familias. Eran métodos tan simples, como hacernos caricias, devolvernos la seguridad y decirnos que eso a lo que le temíamos, no era de temer. ¡Hasta hoy observo madres jovencitas que hacen y dicen lo mismo!

En esta parábola, conocidísima por moros y cristianos, Jesús nos habla, con signos evidentes para que tengamos fe solamente en Él y que desterremos el miedo.

Es muy bueno, para nosotros, consagrados-as, detenernos en estas escenas del evangelio y reflexionarlas para nuestra vida religiosa, porque el sacerdote que predica el domingo lo hace para todo el pueblo cristiano y ahí, a veces nos podemos quedar fuera.

Jesús, como siempre, viene hacia nosotros. Dice el texto: “Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. “Es un fantasma”, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar”.

Y hoy nos ocurre lo mismo, de tanto reflexionar sobre el Señor, de tanto frecuentarlo, lo hemos hecho a nuestra forma y medida. Por eso puede resultarnos sorprendente que se nos aparezca hoy, en nuestra vida personal y comunitaria, caminando sobre el “mar” de calamidades que nos aquejan y que en lugar de verlo como luz del camino lo convirtamos en fantasma. Como de ellos hablamos mucho, pero nunca los hemos visto, nos asustamos y gritamos, no se abren nuestros ojos para ver al Mesías, al Salvador. Y les aseguro que yo, al igual que muchos, a veces me encuentro en esa situación de asombro-susto.

También lo descubro, como a muchos de ustedes les debe pasar, diciéndome: “tranquilo, no temas, soy yo”, y lo veo actuando en una olla solidaria de un barrio cercano. Lo veo caminando tranquilo, para cumplir con su deber en la atención a un enfermo, exponiendo la vida, como funcionario de la salud que se entrega por vocación y no por obligación o por un sueldo, porque esos no han crecido como ha crecido la entrega de los funcionarios y funcionarias que llaman mi atención.

Cristo no se cansa. Nos sigue diciendo: no temas, soy yo, el que trabaja en el aseo de la ciudad para que no te contagies. Soy yo, el de las verduras, el pan y lo indispensable para que te alimentes. De tanto representar al Señor en cuanto material existe: telas, maderas, minerales, escayola…, se nos desfiguró y ya no es persona para nosotros. Se nos alejó del evangelio y no lo podemos reconocer en lo sencillo y en los sencillos, porque de ahí nos habla, de ahí nos grita que no tengamos miedo, que es Él.

Nos dice constantemente soy yo, no temas.

Ahora, en medio del del encierro obligado, no todos tenemos la fortaleza para permanecer fuertes y a muchos y muchas nos envuelven momentos de desgano, de angustia. Especialmente los mayores que, sabiendo por calendario que nos quedan pocos años de vida, nos resistimos a la privación de nuestro apostolado directo con las personas, cara a cara. Aprendimos que Dios está en medio del pueblo y ahora no podemos ver al pueblo…

Nos surge el tono desafiante, insolente: “Pedro le respondió: Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua. “Ven”, le dijo Jesús”. No le bastaba al bueno de Pedro con que Jesús le dijera “tranquilo, no temas, soy yo”, sino que quiso experimentar esa maravilla de caminar sobre el agua (esto lo digo, yo, los exégetas dirán lo que quieran), y así somos también los consagrados y consagradas. Estamos viendo que es el Señor el que actúa y nosotros dudando, ¿será o no será? Y se nos va la vida en eso… Comprobamos las maravillas que hace Dios por intermedio de las personas que nos rodean, pero dudamos.

Estoy convencido que personas sencillas que trabajan cerca de nosotros “caminan sobre las aguas de la vida” y nos demuestran que su fuerza viene solamente de Dios.

“Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo y como empezaba a hundirse, grito “Señor, sálvame” En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo mientras le decía: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.

Se requiere humildad, mucha, para decirle al Señor: ¡Sálvame! En los momentos en que sentimos que las aguas nos tragan, que el viento de los acontecimientos arrecia fuerte y que, por nuestras propias fuerzas no lograremos mantenernos en pie. Pedro tuvo miedo y curiosamente fue miedo al viento, según dice el texto, porque parece que disfrutaba caminando sobre el agua, eso no le asustaba. Vaya que curioso me resulta Pedro… Se asusta de lo que no ve, el viento, y le parece normal, creo yo, caminar sobre el agua. Y de tanto darle vueltas me doy cuenta que como religioso me pasa lo mismo. Me asustan, me dan miedo cosas o situaciones que no veo. Eso, parece que fuera imaginación, pero son miedos de verdad…

“En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: “Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios”.

En la cercanía del Señor y bajo su mirada estamos seguros y nos nace espontánea la proclamación de fe: “Tú eres el Hijo de Dios”.

Y de verdad sabemos, hombres y mujeres que hemos sido elegidos por el Señor, que los mayores bienes, los grandes golpes de felicidad, las maravillas que experimentamos en nuestra vida, nos son reveladas, mostradas, puestas en evidencia, de la manera más simple e insólita.

Sabemos que la embarcación es la seguridad, no por ser embarcación, sino porque Jesús está en ella, es El quien la guía y conduce. A los que hemos sentido la llamada del Señor nos corresponde una seria tarea: descubrir por dónde anda el Señor en este momento de la historia de la humanidad. Es evidente que la barca o embarcación no es la seguridad de las personas, es Jesús, Cristo. Por eso tenemos que buscarlo.

“Tú eres el Hijo de Dios” porque me permites servir con total entrega a mis hermanos más necesitados, porque me ayudas a ser buen religioso con mi comunidad y fuera de ella, porque soy capaz de maravillarme frente a la belleza que pones frente a mis ojos cada día, porque me señalas que la bondad es un regalo que entregas a todo ser humano sin ninguna distinción.

Clamemos al Señor que nos ayude a no dudar de su bondad y de su poder, que en este tiempo en que todo apunta a un cambio, a lo desconocido que viene, no temamos y enfrentemos la vida que solamente viene de Él.

No tengamos miedo, hermanas y hermanos, si nos toca caminar sobre el agua profunda, no nos asustemos del viento. Jesús nos tiende siempre su mano.

Esta semana que se inicia, nos reserva la fiesta de la esperanza, de la promesa cumplida: María está resucitada, eso es la fiesta de la Asunción.