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Comentario Evangelio 06 de Marzo

Con Jesús en el desierto de nuestra humanidad
(Lc. 4, 1-13)

Hna. Claudia Lazcano
Misioneras Redentoristas  

El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús, de cara a su total humanidad, tentado en el desierto pero sobre todo  a su misión mesiánica, esa vocación que no puede desarrollarse si no es en el contexto sociopolítico, religioso y de todo el acontecer que históricamente en ese momento se vive. Porque para nuestro narrador es importante dar a conocer primero que Jesús es el mesías, por ello  parte diciendo que viene desde el Jordán lleno del espíritu Santo, la sola mención de esta afluente de agua nos indica el sentido importante de esta afirmación; es la  bendición que desciende de Dios. Entonces ya el evangelista nos indica que tenemos aquí al mesías  prometido. Al Hijo de Dios, que para asumir su misión necesita  reconocerse no solo como Dios sino, también como hombre. Para ello va al desierto, lugar de encuentro espiritual. Porque  el desierto desnuda nuestros sentidos, y orienta el corazón hacia Dios, para descubrir que es lo verdaderamente importante en la vida.  

El mesianismo a la manera de Jesús es  totalmente distinto a lo que se ha visto; lleno de humildad, de un ejercicio de poder sinodal, diríamos hoy. Capaz de escuchar, de observar al hermano bajo un prisma de empatía misericordiada. Cada una de las tentaciones nos va revelando un sendero en el cual aún no aprendemos a caminar. Basta mirar dos años de una pandemia que nos arrastró aterrados al desierto de nuestras soledades más áridas, con relaciones empobrecidas; desiertos habitados por silencios que gritaban por sobre nuestras capacidades y emociones, hacinamiento, confinamientos obligados,  dolor y muerte. Todos y Todas perdimos algo: libertades, seres queridos, y un poco de la vida toda que llevábamos hasta ese entonces. Las tormentas de arenas nos mantuvieron paralizados, provocando finas contrariedades en el alma del creyente. Sí, nuestra humanidad herida quedo desnuda y frágil frente al espejo que la vida nos brindó. Rogando porque Dios se volviera y nos retirara mágicamente de este desierto. En cambio Dios que nos ama nos mantuvo en este espacio de silencio, de soledades y de aridez. Al iniciar este tiempo de cuaresma la Palabra quiere animarnos e iluminar nuestra existencia con esta imagen de Jesús tan humano pero a la vez tan unido a su Padre y a su misión redentora. Nos brinda la ocasión para revisarnos a través de este evangelio.

La primera tentación de Jesús, es una invitación para hacer que  las piedras se conviertan en pan;  en esta figura emerge esa incontrolable necesidad de satisfacer todos nuestros deseos: esos apetitos que hablan de consumismo coercitivo, esa indolencia espiritual que nos lleva a poner los intereses personales por sobre los demás, ejerciendo autosuficiencia, alejados de Dios y perdiendo el ejercicio de la común unión. Jesús nos propone vencer esta tentación, no olvidando para qué y para quienes hemos sido  enviados.

En  la segunda tentación Lucas nos presenta a un Jesús enfrentado a esa humanidad que nos lleva a buscar el poder por encima de todo, y en todos los ambientes en los cuales nos desenvolvemos, incluye a nuestras comunidades eclesiales y religiosas. La  voz fascinante del mal quiere seducir al frágil corazón humano porque sabe del barro que está hecho. Las noticias de los últimos días nos dan cuenta de esto. Relaciones políticas aferradas a discursos poco trasparentes, con interese preconcebidos que desencadenan horror y muerte, generados por guerras  que solo engendran más guerras. La cruz de Cristo emerge como el camino de encuentro entre Dios y la humanidad, el verdadero sentido de la autoridad se revela en la entrega generosa por un otro, reflejado en una forma de vida coherente y autentica.  Como iglesia también se necesita renovar las estructuras de poder, generando espacios más creíbles y evangélicos.

La tercera tentación  nos muestra esa parte de nuestra realidad que anhela  privilegios, pretender ser alguien más, buscar dominar y manipular. Algo de lo que lamentablemente en las últimas décadas la iglesia se ha teñido. Un clericalismo que se ha arraigado dejando poco espacio al evangelio y su mensaje. Arrogándose  ocupar el lugar de Dios. No podemos dejar de reflexionar que en medio del deseo de enmendar, volvemos a tropezar con esta tentación e iniciamos un sutil revanchismo “del ahora nos toca a nosotras”, y nos alejamos de este Jesús que no toma ventaja de su condición de Hijo de Dios. En su respuesta vuelve a centrarnos en lo genuino de la vocación de un cristiano; un amor libre, desapegado de sus egoísmo, capaz de velar por sus hermanos y hermanas. Con un corazón que busca sinceramente esta comunión de valorarse mutuamente como hijos e hijas de un Dios que nos llama por amor.

Revisar cómo andamos con nuestras tentaciones y a qué está aferrado nuestro corazón, es la invitación de Jesús en esta semana. Es dejarnos llevar al desierto de nuestro hoy. Es mirar de frente nuestros miedos y tentaciones, reconocer nuestra humanidad con la mirada puesta en los ojos de Jesús, dejarnos  acompañar en el silencio y la soledad del alma por un Dios que vence la muerte y con ello nos devuelve la vida en plenitud.

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