el viento

Sus heridas nos han curado…

Lourdes López, fmm
Franciscana Misionera de María
República  Democrática del Congo

Hoy, los templos y catedrales permanecen vacíos, no hay procesiones, ni cantos, ni ramos en nuestras parroquias; el silencio en las calles, el vacío de nuestras agendas siempre llenas de actividades y encuentros nos hace entrar en un otro silencio, el silencio de Dios.

La aparición del virus COVID-19, nos ha sacudido en lo profundo, como dijo el Papa Francisco, … “desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades…” (Papa Francisco, bendición Urbi et Orbi 26/03/2020). Probablemente eso era lo que necesitábamos como humanidad para re-conocer nuestra vulnerabilidad y nuestra solidaridad última que nos hace profundamente humanos… hermanos y hermanas. Es tiempo entonces, de tomar en nuestras manos este Kairós y cuestionar nuestra vida.

Probablemente, hoy leo el Evangelio desde el hospital, contemplando la pasión de quienes sufren una enfermedad sinsentido, tal vez desde mi comunidad de hermanas o hermanos mayores y vulnerables, acompañándoles en medio de la incertidumbre. Quizás mi lugar es en el silencio y la soledad impuesta por una situación inesperada de contagio.

Creo que el tema no es el lugar físico o incluso la misión que en este momento tengo, sino desde qué lugar teológico acojo esta Palabra, lo cual nos “arrastra” a contemplar dónde y cómo reconozco al Maestro en esta realidad tan nueva. Cuáles son los “lentes”, la nueva visión que hoy me acompaña?

El Evangelio de hoy nos pone delante de un Jesús vulnerable, traicionado, asesinado, que entrega su Cuerpo y su Sangre por su pueblo, es el Dios de la impotencia, el Dios que hace camino con su pueblo aún en medio del dolor el Dios en quien resuena fuertemente el grito de Su Hijo: “Padre, por qué me has abandonado?” (Mt. 27, 47). Cómo resuena este grito en nuestro vientre? Cuáles son los gritos que hoy escuchamos? Cómo resuenan en nuestro ser?

Posiblemente, hoy más que nunca, nuestra Iglesia es vulnerable… probablemente, incluso nuestra vida religiosa, tantas veces “acomodada” en seguridades y proyectos ha de hacerse vulnerable abrazando el dolor y las rupturas personales, comunitarias y de nuestros pueblos para hacernos “Cuerpo de Cristo”.

¿Qué contemplamos de  la Pasión de Jesús y la pasión de su pueblo que sufre?

Hoy, las entrañas se conmueven al palpar tan cercana la Pasión de Jesús; es posible reaccionar de diferentes maneras; lo más natural, es alejarnos del dolor, negar una realidad que nos sobrepasa; sin embargo, este Kairos  elicita una respuesta nueva: “Abrazar su Cruz” (Papa Francisco, bendición Urbi et Orbi 26/03/2020). Abrazar nuestros dolores más íntimos para abrazar el dolor de la humanidad, un abrazo que nos hace entrar en contacto, que nos hace vencer nuestros miedos, que nos deja vulnerables y capaces de recrear la vida con la fuerza de la Ruah.

Que hoy y cada día de nuestra vida, el Dios Vulnerable nos fortalezca y sostenga desde su Cruz, que nuestra Consagración nos lance a “Abrazar al Señor para abrazar la esperanza”.

Termino esta reflexión y una voz dulce me saca  de mí misma… la voz de una pequeña que me llama “mamá”… hoy, mi misión es en la frontera de la RDC y Ruanda… Donde compartimos la vida con 82 niños y niñas huérfanos… con historias de vida que son un trozo de la pasión de Cristo… y aquí es donde el Dios Vulnerable me ha enviado para Abrazarle con todo mi ser…

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