EL VIENTO SOPLA 2023EL VIENTO SOPLA DONDE QUIERE

Comentario Evangelio 01 de Enero

En la Fiesta solemne Santa María, Madre de Dios
Lucas 2,16-21

Hno. Hernán Cabrera Baeza, fms.
Hermanos Maristas

Comienza un nuevo año y la Iglesia lo inicia celebrando la Solemnidad de María, Madre de Dios. En la última reforma del calendario, luego del Concilio Vaticano II, se traslada la Fiesta al 01 de enero con la categoría litúrgica de solemnidad y con el título de Santa María, Madre de Dios. Dicha solemnidad es la primera Fiesta mariana de la Iglesia occidental y su celebración comienza en Roma hacia el siglo VI.

 No podemos desconocer que, desde la antigüedad, el sentir popular se dirige a María como “Madre de Dios”. Ya en las pinturas encontradas en las catacumbas romanas se encuentran alusiones a dicha celebración. En un antiguo escrito del siglo III, los cristianos de Egipto ya se dirigen a Ella como “Madre de Dios” así: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, Oh siempre Virgen gloriosa y bendita». Es la oración más antigua a María.

En el siglo IV el título de “Madre de Dios” ya está incorporado en la oración de los fieles y se usa con frecuencia tanto en la Iglesia de Oriente (“Theotokos”) como en la de Occidente (” Mater Dei”). En el Concilio de Éfeso (431), los doscientos Obispos presentes declaran que “La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios”, y acompañados por los creyentes en procesión cantan: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”. La maternidad de María “no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana”. Además, “una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra”, señala San Juan Pablo II (nov.1996).

 En nuestra breve o larga historia vocacional y apostólica ya sea en el aula, en la Catequesis, en la Parroquia, en los Movimientos, en las Jornadas con adultos y jóvenes, en las charlas informales, generalmente nos han impresionado los testimonios y experiencias sencillas que se cuentan de la presencia de María como tierna Madre en sus vidas…

 Y urge preguntarnos hoy haciendo silencio como María: ¿Cuál ha sido la experiencia de María en nuestra vida a lo largo de los años? ¿En qué dimensión de su vida nos hemos inspirado y sostenido? ¿Qué ha significado Ella en nuestro proceso vocacional y en nuestro caminar espiritual? ¿Es realmente Madre nuestra? Y como María indefectiblemente nos lleva a Dios seguimos profundizando: ¿Cómo es nuestra búsqueda espiritual hoy? ¿Qué medios concretos estamos utilizando para saciar la sed de Dios? ¿Qué otros medios quisiéramos emplear este año que se nos abre como un cuaderno en blanco y entero?

 Recordemos que María no es sólo Madre de Dios, sino también madre nuestra porque así lo quiso su hijo Jesús en la cruz. Al evocar e invocar a María como Madre de Dios y madre nuestra, qué desafiante sería comenzar a construir Comunidades que sean “hogares de luz” que cuiden la vida y generen nueva vida. No quisiéramos que haya aún Comunidades demasiado inaccesibles, con puertas infranqueables, con muchas escaleras que subir. Deseamos Comunidades que sean espacios para acoger, para dialogar, para acompañar, para orar, para justamente cuidar y generar nueva vida como María engendra la Vida, la cuida y la ofrece a nosotros sus hijos.

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