¡A tener compasión!
Ramón Gutiérrez Pavez
Asuncionista
Nos encontramos con un texto del Evangelio muy fácil de memorizar, este nos trae a la memoria el Tercer Concilio Provincial de Lima, acontecido el año 1583 animado por el santo varón Toribio de Mogrovejo que aprendió las lenguas indígenas como nosotros a contar del uno al diez. Con sólo saludar a un indígena a Toribio se le soltaba la lengua en el idioma de quien tenía al frente y así transmitía el catecismo que todavía resuena por América: “Doctrina Cristiana y Catecismo para Instrucción de los Indios”. En preguntas y respuestas.
Me parece conveniente decir que, en estos diálogos, Jesús se comportó como nosotros, igualito, podemos decir. Recurre a una forma de diálogo muy nuestra y que incluso tiene un refrán: “palabras sacan palabras”. Y así fue. Si desmenuzamos el texto que se nos presenta, para que lo aprovechemos como consagradas y consagrados, como bautizados, en resumen, lo más útil, es que las preguntas las reciba yo. A mí me plantea el Señor esas preguntas.
- “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?
Y así armemos el diálogo con el que nos ha llamado por amor y vamos respondiendo en la intimidad de nuestro corazón. “El que tuvo compasión de él”. ¡Vaya respuesta de Jesús! Yo hubiese preferido que me diera un consejito piadoso, como, por ejemplo: “sigue trabajando en el ropero parroquial y en el puesto de primeros auxilios”. Pero, no. Me da el golpe fuerte: “anda, y procede tú de la misma manera”.
No nos salgamos del camino con estas llamadas tan fuertes que nos lanza el Señor.
Las palabras se desgastan con el uso, con el paso de las generaciones, el idioma es vivo como nosotros los usuarios del lenguaje. La palabra compasión tiene una carga de dolencia. Recordemos la pasión de Jesucristo. Y los que saben y estudian me advierten que el griego aporta claridad para comprender bien esta palabrita: sentimiento compartido o comunidad de sentimientos.
¿De verdad hay mucho campo para nuestro trabajo?
Son muchas las personas que necesitan de nosotros. Es muy gratificante cuando alguien nos dice que se ocupa de nosotros, que le interesa que estemos bien, que sufre con nuestros sentimientos de dolor y que se alegra con nuestras alegrías.
Nuestro caminar como personas, como consagrados religiosas o religiosos es con tropiezos como lo es la vida de todos los seres humanos. A nosotros, el día de los votos no se nos pavimentó el camino ni se nos puso alfombras. Vamos, como todo ser humano, entre peñascos pisando polvo y barro. Y eso es un regalo de Dios para nuestra vida consagrada. Estos caminos que recorremos nos hacen de verdad hermanos de todos y nos permiten cumplir con el envío de Jesús: “Anda, y procede tú de la misma manera”.
Nuestra manera de servir es tener compasión. No es la única forma, no es el único consejo. El ramillete de servicios y amor al que estamos llamados, desde el bautismo, lo encontramos en los Consejos evangélicos. Ahí está nuestra manera de ser compasivos y compasivas.
No hay que ir muy lejos para vivir estas cosas y ser mejores.
Necesitan de nuestra mirada y palabras compasivas muchas personas “invisibles” con las que nos cruzamos cada día. Conocemos algo de ellas, pero no sabemos de sus penas ni de sus alegrías.
Respecto a mis hermanos de familia religiosa, el Señor me dice: “anda, y procede tú de la misma manera”.
¡Buen domingo, buena semana! Y que Juanita Fernández Solar, santa Teresa de Los Andes, nos acompañe.