Una vida consagrada de pie

Hno. Héctor A. Campos M., OFMCap

El Evangelio de este domingo, del ciego-mendigo Bartimeo, me hace pensar dos cosa que conectan con el hoy que vivimos. Pues he escuchado a muchas personas muy decepcionada de nosotros, de la Iglesia, pero que en el fondo son capaces de esperar algo más en Jesús aunque no saben dónde encontrar, algunas personas con mucho dolor y desesperanza porque no pueden cambiar la realidad, porque no encuentran luz en nuestra Iglesia.. Por otro lado, miro a los ciegos del paseo ahumada y los veo a todos trabajando, pero nunca pidiendo en las calles. Conozco a algunos que lo único que no quieren es que los traten con lastima, pues se desempeñan en trabajos como toda mujer u hombre. Porque es mendigo? No sabría la respuesta, pero si puedo intuir su desilusión de la vida, de la sociedad. Nadie se preocupa de él y además ritualmente muchos al verlo pensaban donde estaba su pecado. Y esto lo va matando interiormente, lo va llevando a esconderse en su manto para que nadie lo vea ni toque. Ya no importa su vida, está destruido interiormente. En una sociedad donde no importa el dolor, las desigualdades, donde se ha perdido el sentido y respeto de la dignidad humana, no es raro ver personas que ya no quieran vivir.

Pero sin duda que ha sentido a Jesús y su comitiva entrar en Jericó, hacer milagros y  notar que muchas personas le habrían aconsejado ir a verlo. Y todo esto lo va procesando en su interior, en su soledad. Por eso, cuando ya Jesús se va retirando de Jericó, a la salida del pueblo, donde él había estado por mucho tiempo. Al ori que va pasando Jesús, se decide cambiar su vida y sabe que el único que lo puede lograr es el Mesías, el Hijo de David. Entonces, antes que se marche y ante la ignorancia que tienen hacia él los discípulos, tiene que sacar la voz para ser escuchado y grita “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”. Esto resuena como una súplica que sale del alma, de la última posibilidad de vida.

Sin embargo, Jesús que escucha, mueve a los discípulos para que salgan de su indiferencia hacia el mendigo-ciego, y les dice: “Llámenlo”. Y le dijeron “´Ánimo, levántate”. El te llama”. Y arrojando su única seguridad se fue donde El.

Hoy como vida consagrada debemos preguntarnos como salir de la desesperanza, ya nos decía en su visita Monseñor José Rodriguez Caballo, que el número ni la edad debe desmotivarnos, sino el no vivir el seguimiento de Cristo. Hoy debemos arrojar todos estos mantos que nos limitan para estar de pie con Jesús, a la escucha y en la acción, arrojar los mantos de prejuicio y de tantas motivaciones que no favorecen nuestra vida: “esto no va a cambiar”, “ya no hay nada que hacer”, etc.

Una vez que se encuentra con Jesús, nos dice el texto que “comenzó a ver y lo siguió por el camino”. Se hizo discípulo, lo descubre en su corazón y en la vida que le toca asumir y llevar con la nueva Luz del resucitado.

Hoy debemos acoger con fuerza en nuestro corazón esta palabra que los discípulos le dicen al ciego-mendigo “Animo, levántate” y pensar cada uno de que me tengo que animar y levantar para seguir a Jesús en nuestros caminos.

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