el viento

¿Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Hna. Lourdes López, fmm
Franciscanas Misioneras de María
Goma, República Democrática del Congo

A lo largo de un poco más de un año, hemos vivido un kairós, un tiempo de Dios que nos hace mirar la vida y nuestra propia identidad de una nueva manera. 

Estamos tocando nuestras vulnerabilidades personales y colectivas como nunca, algunas de nuestras comunidades y familias han sido visitadas por el covid-19 que nos ha dejado en medio de un duelo tan diferente y difícil por la falta de cercanía física de quienes amamos y no nos pueden acompañar debido a las restricciones sanitarias. 

Este, es un tiempo sin planes a largo plazo, que nos deja en la inseguridad del mañana. 

Esta realidad, nos ha abierto los oídos para escuchar el clamor de Jesús en quienes viven en la exclusión: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Y tal vez, la confrontación que surge de este grito es nuestra impotencia al querer responder desde nuestras fuerzas y proyectos, queriendo huir de la vivencia de la cruz, de la terrible y hermosa solidaridad de la humanidad compartida en nuestros límites. 

Y es aquí mismo que hemos recuperado el tiempo para escucharnos y escuchar a Dios, probablemente, en nuestros ambientes hemos sido testigos de una nueva manera de ser en nuestro mundo… un camino de encarnación con todos sus riesgos, que escucha el grito aún en el silencio, que canta y danza con cada nuevo amanecer.

Vivimos hoy la entrada triunfante de Jesús a Jerusalén, y en el corazón hay un dejo de nostalgia, la experiencia de un duelo colectivo que no alcanzamos a comprender; es solamente cuando miramos al Crucificado, que toda nuestra historia personal cobra sentido, cuando nos hemos dejado sanar por Sus heridas, nuestra vida se hace sanadora.

En fin, creo que aun cuando no podremos reunirnos físicamente como comunidad eclesial, hoy podemos reconocer que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios; no en una grande procesión y con gritos de júbilo, sino en el silencio delante de una muerte que gesta la vida.