El Viento (2)

Sagrada Familia, un día para celebrar mi red familiar

Por: Hna. María Teresa Gajardo

Evangelio según San Lucas 2,41-52.

En el contexto de Navidad, la liturgia nos presenta esta hermosa fiesta, que nos lleva a contemplar la Familia de Nazaret. Con nuestros ojos puestos en ella, nace espontáneamente hacer memoria agradecida de nuestra propia familia, que para nosotras/os, las y los consagrados tiene una peculiaridad ya que podríamos hablar de una red familiar que se va entrelazando en sus varias formas: familia sanguínea, eclesial y/o religiosa.

El relato lucano sobre la Familia de Nazaret arroja entonces una gran enseñanza sobre la persona y la misión de Jesús. Nos muestra a Jesús planteándose antes los maestros. Ejerciendo su ministerio con autoridad, en un diálogo muy transversal “en medio de los maestros”. Ellos escuchan y preguntan, quedando estupefactos, llenos de estupor, asombrados (Lc 2,47; cf 20,26.39) y así muchos otros adjetivos podríamos aplicar para graficar la escena y lo que pasa al interior de los maestros de la ley.

El viaje realizado por Jesús para llegar a ese lugar podríamos decir ha valido la pena. Jesús ha realizado este recorrido a Jerusalén, como una manifestación clara de su paso a la adultez, acompañado de su familia y en ese contexto toma una decisión: se quedó en la ciudad. Él ha dado paso a lo que orientará plenamente su vida. Realizar la misión encomendada por su Padre: Ocuparse de las cosas de su padre (cf Lcr 9,22 y 24,26).

Por esto cuando es interpelado por María , al ser encontrado en el templo, contesta con una pregunta que cala en lo más profundo del corazón de María : “Y ¿por qué me buscaban?” (Lc 2,48-49).

Ante su madre, Jesús, parece que tiene todo claro. Sin embargo, para ella la incertidumbre, la duda, la confusión no le permiten ver con claridad. Ella medita en su corazón la respuesta – pregunta de su hijo.

La actitud de María, es la de una gran lectora de la Palabra, reflexiona, escucha en su interior y se dispone pacientemente. Toda la historia de la familia escrita en el corazón paciente y silencioso de una mujer, quien no ha cambiado su actitud desde el instante de la encarnación (cf. Lc 1,29), nacimiento (cf Lc1, 19) y de aquel momento en que Jesús se plantea como un adulto, decidido a realizar su ministerio ( cf. Lc 2,48-49).

A partir del relato de Lucas , estamos invitadas /os a dejar resonar esta experiencia de familia en nuestras propias vidas, especialmente en el contexto de un año 2015,que finaliza marcado por grandes acontecimientos que, sin duda, tocan también a toda nuestra red familiar como son: Año de la vida consagrada, Sínodo de la Familia y Año de la Misericordia.

¿Qué claves de lectura o cómo refleja la familia de Nazaret, mi propia experiencia familiar?

Esta confrontación con la Palabra la podríamos hacer con parte del mensaje del Papa Francisco a los religiosos en Quito: «No se olviden de donde los sacaron, no se sientan promovidos…” . Es decir, no olvidarnos desde donde hemos sido llamados y no subir peldaños innecesarios que nos separan de la realidad y de nuestra historia.
La palabra de Dios hoy nos confronta nuevamente con este “de dónde hemos salido”.

Hemos sido llamados desde un lugar teológico que era y es nuestra familia formada por nuestros padres, hermanos, tíos, sobrinos… Una familia inserta en un contexto social, político, cultural y económico. Una familia con valores, con problemas de todo tipo incluyendo los comunicacionales y generacionales y también con su propia historia. Hemos salido de un lugar teológico, hemos progresado en estatura, junto al desarrollo físico, hemos forjado una personalidad y crecido en experiencia de fe, alimentada en conla leche materna de la fe de nuestro propio núcleo familiar, mamá o abuela. Sin querer hemos sido viatores, que en ese peregrinar nos hemos insertado en otro lugar teológico, la Iglesia,mediante el bautismo primero y luego con los sacramentos y nuestra consagración religiosa en la comunidad a la cual pertenecemos.

Entonces ¿qué nos diferencia con Jesús y su familia? La Sagrada Familia de Nazaret, no se marginó de su realidad, ni situación, no se olvidó de su historia, no evadió sentimientos, ni emociones, estaban muy presentes en lo que vivían ellos y su pueblo. Supieron de todas las vicisitudes propias de una familia, que debe lidiar con el crecimiento de su hijo, con el cambio generacional y la comunicación entre ellos.

Lo que marca la diferencia, es que supieron y, mejor dicho, las vivieron a fondo, sin condicionar, sin olvidar quienes eran y de dónde venían y las santificaron. María y José nos dan cátedra de humildad, ellos no se sintieron más arriba o promovidos como dice el Papa Francisco, por haber sido elegidos por Dios como la familia de Jesús. Muy al contrario, no tuvieron miedo en mostrar su fragilidad en la duda y el cuestionamiento, pero se dispusieron con humilde paciencia. Confiando en Dios, viviendo desde la fe, agradecidos y gratuitos para llevar adelante su vocación.

La invitación del Papa Francisco a no olvidar nuestras raíces, nos permite contemplar y encontrar respuestas en la familia de Nazaret. La gratuidad, la humildad, el bajar el peldaño. Para estar a la misma altura del otro, el reconocer nuestra historia familiar, amarla y amarnos como somos. Creer y confiar que por muy herida que puede estar una familia, esta puede crecer gracias al amor. Por tanto amar nuestra Iglesia y congregaciones con sus fragilidades, nos ayuda a vivir y entregar todas nuestras energías al servicio de nuestros hermanos, evitando contagiarnos del mal de moda “el arribismo y la competencia por puestos para los que no tenemos la debida competencia”. Esto lo que genera Alzheimer espiritual y se empieza a perder la memoria de donde nos sacaron (Papa Francisco). En este Año de la Misericordia, no olvidemos contemplar la familia de Nazaret y hacer memoria agradecida de nuestras familias, donde encontramos a Cristo, rostro visible de la misericordia del Padre.

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