Jesús enfrenta su Pasión, solo y solidario

Hno. Pedro Herreros, fms

Evangelio Según San Marcos 14, 1—15, 47

El Domingo de Ramos convoca habitualmente en nuestros templos a mucho más fieles que los que acuden en domingo u otras fiestas del calendario religioso. Para algunos lo importante es recibir y llevar a casa un ramo bendito que protegerá el hogar y la familia de amenazas y enfermedades. Es un domingo, por consiguiente, que permite anunciar la alegría y la novedad del Evangelio a los alejados, a quienes están en la periferia respecto a nuestras comunidades cristianas. La procesión de los ramos, desde algún lugar cercano hacia la capilla o la parroquia, hace presente el acontecimiento de Jesús aclamado por su pueblo, como el Mesías Salvador esperado, en vísperas de ser acusado y condenado por las autoridades y abandonado por el mismo pueblo que lo aclamó.

El evangelista Marcos, cuyo relato de la Pasión se proclama este año, pone especial énfasis en la incomprensión de los propios discípulos de Jesús del Misterio que esconde su vida. A lo largo de todo el evangelio, y especialmente en la culminación de la entrega de Jesús, en su pasión, muerte y resurrección, los discípulos no entienden, temen preguntar… y Jesús se lo reprocha una y otra vez. Quien proclama que “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” es el centurión romano, un pagano extranjero, que interpreta así la identidad del que muere en medio de los insultos y el abandono de todos.

Tal vez más que culparnos, los que decimos seguir a Jesús más de cerca, por nuestra falta de fe, por nuestras traiciones y abandonos, identificándonos con los discípulos de Jesús, la invitación de este domingo de Ramos sea identificarnos con el mismo Jesús en su camino pascual. Él vive la fidelidad a su misión de enviado del Padre en medio de la veleidad del pueblo que hoy lo aclama y mañana pide su condena, de las incomprensiones, la traición y la negación de los discípulos, de la soledad en el desempeño de esa misión, de la persecución mezquina de las autoridades religiosas. En ese contexto, se hace pan y se entrega para ser comido y dar vida, en un gesto que resume su vida y su misión.

Y el Padre guarda silencio. “Aleja de mí este cáliz”, le suplica Jesús que entrevé con angustia lo que viene. “Pero no se haga mi voluntad sino la tuya”, añade a su oración de Hijo que se abandona confiado. Y luego de la farsa de juicio y la condena inducida por los instigadores, padece torturas en manos de los soldados hasta ser clavado en la cruz. El salmo que como grito de angustia y abandono brota de su garganta, expresa también la confianza de abandonarse a Aquel que tiene la última palabra: “Dios mío… ¿por qué me has abandonado?”. “Jesús recita el gran Salmo del Israel afligido y asume de este modo en sí todo el tormento… de todos los hombres que sufren en este mundo por el ocultamiento de Dios… Se identifica con el Israel dolorido, con la humanidad que sufre a causa de la ‘obscuridad de Dios’, asume en sí su clamor, su tormento, todo su desamparo y, con ello, al mismo tiempo los transforma” (Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, Segunda parte, p. 250)

Acompañamos a Jesús en esta Semana Santa, identificándonos con El.

 

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