Una visita que conmueve las entrañas

Evangelio Según San Lucas 1,39-45

Lourdes López, fmm
Franciscanas Misioneras de María
Actualmente en una comunidad de Marrueco
En memoria de Reneé Mingot fmm

¿Cuáles son los caminos que he recorrido para visitar a otras personas? Tal vez la misión nos ha llevado a pisar caminos que nunca pensamos, a comunicarnos en lenguas que no son las nuestras, a reconocer la belleza de culturas diversas a la propia; y esto nos ha agrietado el corazón para permitir a otros y otras entrar; nos hace reconocer, mirando hacia atrás, que el salir al encuentro nos ensancha el corazón.

De hecho, este año en Chile hemos recibido la visita del Papa Francisco que provocó en nuestra Iglesia un movimiento que tiende a la vida y a la verdad; se ha abierto, para la Iglesia en Chile, un Kairós, un momento de Gracia que podemos acoger con todo lo que conlleva o podemos dejar pasar y perderlo.

Tal vez es más difícil reconocer la visita que camina a nuestro lado; nuestras hermanas y hermanos con quienes compartimos la cotidianeidad de la vida.

Recuerdo que hace algunos años una hermana me preguntó: “¿Crees en tus hermanas?”, mi primera respuesta fue: “No, me cuesta mucho entenderlas, caminar con ellas”; si hoy vuelvo a esta pregunta, mi respuesta es muy diferente y tiene que ver no con cambios de comunidades o de hermanas; sino con el proceso que cada quien vivimos de Consagración.

A lo largo de este proceso, en el corazón van quedando grabados rostros, nombres, historias, experiencias que tocan de una u otra manera la vida propia; sin embargo, ¿cómo puedo reconocer en mi hermana, en mi hermano de comunidad la presencia de Dios que hace “que el niño salte de gozo en mi seno” (Lc. 1, 44)? Creo que solamente cuando permitimos que la otra o el otro toque nuestro ser, cuando abrimos el espacio para el encuentro verdadero, en la vulnerabilidad, en las rupturas y gozos de nuestra vida y claro, esto es un riesgo que nos hace confiar en el Amor presente en medio de nuestra humanidad. Allí es donde permitimos que Dios nos preñe de su Presencia.

Hace exactamente dos meses llegué a esta comunidad, conocí a Reneé, una hermana que entregó su vida al pueblo en Túnez por 72 años; las últimas semanas, ella nos regaló a la comunidad, el acompañarla, el tocar su dolor, su desnudez (no solamente física), su vulnerabilidad, su terquedad, su gozo por la vida; ciertamente, yo la conocí por muy poco tiempo, sin embargo su vida me tocó profundamente, no por todo lo que hizo, sino por su capacidad de ofrecer la vida.

Tal vez, cada una y cada uno de nosotros podemos hacer ese ejercicio de mirar hacia atrás y reconocer la visita de Dios a través de nuestros hermanos y hermanas de comunidad, ¿cómo han tocado nuestras vidas, cómo hemos tocado sus vidas?, ¿cómo hemos permitido que entren un poco en ese espacio Sagrado de nuestra historia y caminar?

Sin lugar a dudas, encontraremos varios rostros, nombres, historias que ensanchan el espacio de nuestros  corazones  (Cf. Is. 60,5), que fortalecen nuestro caminar y nos hacen lanzar este grito junto a Elizabeth:

«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? (Lc. 1, 42)

Y allí, podemos volver los ojos y el corazón hacia el cielo y hacia nuestros pueblos con la certeza de quien cree que los que nos ha dicho el Señor se cumplirá (cf. Lc. 1, 45).

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