Carlos Cano, c.p.

Evangelio según San Juan 12,20-33

“Queremos ver a Jesús”. Esta fue la petición de los judíos griegos que llegaron a Jerusalen.  Todo un grito, un proyecto, un deseo incontenible.  Inmediatamente se ponen en movimiento y Felipe con Andrés le pasan el deseo a Jesús.

Toda una descripción del proceso de búsqueda que  llevan muchos hombres de buena voluntad:  Quiero creer, quiero tener fe; hemos oído hablar de Jesús y queremos conocerle… quién es, cómo es, qué dice…

El papel de los discípulos es clave. Inmediatamente van a Jesús y le traspasan el pedido.  Yo me imagino a tantos pastores, evangelizadores, misioneros que son testigos directos y cualificados del deseo de los hombres de encontrarse con la Verdad, con Dios, con Jesús y que no saben dónde acudir, dónde encontrarle y sienten que les quema el alma el deseo de ayudarles a creer. Inmediatamente se ponen en contacto con el Señor y en la oración, suplican, piden, exponen, gritan y le “pasan el deseo” a Jesús. Quieren verte, Señor.

Es entonces cuando Jesús habla y dice cosas ininteligibles en ese momento para quien le escucha. Pero son palabras solemnes, certeras, proféticas, vivas… “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”.  La Hora, el momento, la plenitud de los tiempos, la revelación  definitiva de Dios a los hombres. “Cuando yo sea elevado en alto, atraeré a todos hacia mi”.  La revelación del amor y del poder de Dios será cuando el Hijo sea levantado en la Cruz.  Nadie entendió nada, pero la Palabra estaba dicha y nadie iba a impedir que se realizara.  Jesús está destinado a salvar a todos los hombres por medio de la Cruz. A eso había venido y había llegado la hora.

Su revelación para todo el que le busca será la Cruz, y el camino será la debilidad, la humillación, la muerte de sí mismo.  “ Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto”.  “El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna”.

El auténtico encuentro y el conocimiento de Jesús tiene lugar cuando uno muere a sí mismo. Jesús no es un espectáculo para verle y opinar sobre El. Jesús no se expone como sucede con cualquier imagen en un escaparate o en un museo; para conocer a Jesús hay que seguirle y hacerse discípulo suyo; hay que andar tras sus huellas y participar en su suerte; hay que perder la vida para poder recuperarla. No es un conocimiento teórico, ideológico, discutible, opinable, es encontrarse con la VERDAD escondida desde siempre y manifestada al mundo cuando “ha llegado la Hora”. Y esa revelación es en la debilidad del Hijo del hombre, desechado, perseguido, condenado y crucificado.  Ahí es revela la Sabiduría, la Verdad, el Poder de Dios.

Todo esto desconcierta al hombre que busca desde sus esquemas mentales y por eso no lo entiende. Se necesita la Gracia para cambiar los esquemas y convertirse al Evangelio. Es un encuentro de Gracia y de Misericordia que transforma y hace que nazca un hombre nuevo.

La pregunta para nosotros, discípulos y creyentes, consagrados y consagradas es: ¿ He tenido ya el encuentro con Jesús? ¿Me he dejado mirar y tocar por Jesús? ¿He escuchado su Palabra en el corazón? ¿Mi conocimiento de Jesús es de libros o de seguimiento? ¿Sigo a Jesús? ¿He tomado nota de sus condiciones?  “ Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto”.

 

 

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