el viento

Hermana Teresa Figueroa Martínez, cm
Carmelitas Misioneras

Cuando leí este texto muchas cosas surgieron en mí. Primero, la actitud del leproso, le suplica a Jesús de rodillas con la esperanza de que ÉL le sanaría. Recreaba en mi mente ese encuentro. Él por su condición estaba excluido de participar de la vida diaria del eje social y familiar. Digamos “no existe”. Y sólo levantar la mirada vemos que hoy, hay millones y millones que claman, pero… “no existen” son un lastre para la sociedad: migrantes, desempleados, adultos mayores… y… te invito a seguir mirando a tu alrededor ¿quién está en esa condición? Miremos también nuestras comunidades podría haber muchas (os) leprosas (os) excluidas (os) de discernimientos, decisiones….

Y siguiendo el texto Jesús siente compasión, lo toca y queda limpio. La conmoción que siente Jesús le lleva a “tocarlo” a hacer suyo el sufrimiento del leproso, pasando por las leyes que impiden reconocer la dignidad del que está enfrente del Él.  Un toque liberador, sanador, dignificante. Jesús toca lo intocable, lo que está prohibido tocar. El toque de Jesús provoca en el leproso encuentro con el mismo Jesús, con los otros, consigo mismo, se siente curado, rehecho, rescatado, abrazado. Me preguntaba ¿cuántas veces he sentido un toque así en mi vida? ¿Cuántas veces yo misma he sido ese toque que libera, reconstruye, sana? La semana pasada en mi retiro anual compartí con mis hermanas esto mismo: el toque de Jesús vence toda distancia y reconstruye humanidad, que a través de los sentidos Jesús no enseña a redescubrir nuestra propia humanidad y la necesidad de ser mas humanas y mas hermanas. Gran tarea, ¿verdad?

Este tiempo de pandemia cuántos abrazos no se dieron, cuántas manos no se estrecharon. Y tantos que han muerto sin un cariño de sus seres queridos, aislados.

Y tantos otros (as) que buscan un lugar mejor para vivir, para crecer, para desarrollarse, para rehacerse. Tantos que buscan ser tocados, abrazados, amados.

Y me seguía preguntando hoy en día ¿Me dejo tocar?  que, en el fondo, es decir: ¿me dejo restaurar, me dejo sanar? Y también ¿mis toques son sanadores, liberadores al igual que Jesús?

En fin, dejémonos tocar por la misericordia de Dios, para nosotras poder tocar con esa misma misericordia a los demás.