el viento

Inviten a todos los que encuentren

Hna. Carolina Madariaga M.bp
Religiosa del Buen Pastor

El Evangelio de este domingo nos pone de frente a una de las grandes promesas del pueblo de Israel, que el Reino de Dios se entiende como un gran banquete, abundante y sabroso. Así, la forma de comenzar la parábola no dice nada ajeno a la experiencia de los oyentes; ya el Salmo 23 dice que Dios preparará una mesa con una copa rebosante. Sin embargo, trae una novedad insospechada para quienes escuchan, ¿cómo es posible que el rey sustituya a los invitados importantes con personas que están en los caminos? ¿Cómo entender que un momento tan importante como es la boda de su hijo, sea celebrada por quienes no lo conocen?

Aquí está el anuncio de la Buena Noticia: “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”, y los que se encuentran en los cruces del camino son aquellos que nadie invitaría: los pobres, enfermos y lisiados; los que van errantes y desesperanzados, los que son discriminados y descartados por la sociedad, no obstante, la bondad y gracia Dios ha llegado a ellos y ellas, y habitarán en la Casa del Señor, por muy largo tiempo.

Escuchamos con alegría que hay lugar para todos en el banquete, sin embargo, la parábola tiene un desenlace que nos suena contradictorio o desconcertante. El rey tiene una actitud dura con quien está en la fiesta sin traje, ¿quizás no alcanzó a buscar una ropa adecuada, o no la tenía?, ¿cuál es el traje de fiesta?

Desde esas preguntas podemos escuchar: revístanse de los sentimientos de Cristo; sentimientos de profunda compasión, de amabilidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; sopórtense mutuamente; perdónense si alguien tiene queja de otro; el Señor los ha perdonado, hagan ustedes lo mismo. Y por encima de todo el amor, que es el broche de la perfección[1]. Porque para entrar en el banque necesitamos estar preparados, porque para el rey no basta con tener la casa llena de invitados, sino que es necesario que estos se preparen, es por esto la pregunta “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?”.

¿Y qué significa llevar el traje de fiesta? Es acoger la gracia de Dios que nos transforma, que nos configura con su Hijo, por ello, la pregunta que el rey hace al comensal es también para cada uno de nosotros y nosotras ¿cómo hemos entrado sin el traje de fiesta? No basta que como religiosos y religiosas hayamos dicho sí a Dios en la consagración, es un imperativo portar con el traje adecuado para su fiesta, y esto se traduce en una tarea cotidiana de discernimiento que nos permita actualizar la respuesta carismática a Dios, y nos preguntamos ¿Qué necesito transformar para encarnar los sentimientos de Cristo?,  ¿Qué nuevos desafíos encuentro en esta llamada?

Por lo tanto,  este domingo nos llena de posibilidades para ampliar nuestra conciencia de la relación con Dios, no basta con decir “Señor, Señor”; necesitamos acoger la gracia transformadora de Dios que renueva el llamado invitándonos a celebrar la vida nueva que el Hijo nos promete.


[1] Col 3, 12-14.