“El que cumple la voluntad de Dios ese es mi hermano, mi hermana y mi madre “

Hna. Ana Teresa Araya, sp
Hermanas de la Providencia

Evangelio según San Marcos 3,20-35

Qué difícil es saber discernir el bien del mal; lo que es de Dios y lo que no es. Podríamos preguntarnos ¿Qué poder actúa sobre nuestro mundo, sobre nuestra Iglesia, sobre nuestra propia vida?

¿Estamos dando lugar para que el poder de Dios irrumpa en medio de nosotros, pueblo de Dios, a través de su Espíritu? Hoy, como en el tiempo de Jesús es fácil descalificar y calumniar, o por otro lado callar, mirar para otro lado y no comprometerse con “el otro, la otra”, porque eso afecta mis propios intereses o me saca de la comodidad de mantener todo como está, sin cuestionar si lo que se expresa y se vive, personal y comunitariamente está en sintonía con el Evangelio. Quizás estamos actuando así, porque tenemos desorden interno, porque estamos divididos y descentralizados internamente y eso nos cierra a la acción de Dios.

Hoy en medio de tanto dolor y desconcierto, pienso que Jesús nos está invitando a limpiar y ordenar nuestra casa interior; dejarle espacio a Dios que tome nuestro centro y se empodere en nosotros con la fuerza de su Espíritu, que está obrando como presencia permanente y silenciosa, como un murmullo que nos invita a la conversión personal en la vida de todos los días, que nos interpela a buscar lo que es bueno y recto, lo que es sano y desterrar lo que nos impide estar en sintonía con la acción liberadora de Jesús.

La acusación de los letrados a Jesús es la negación total de la presencia y acción de Dios; es una ceguera voluntaria, como nos puede pasar a nosotros mismos, ante la luz diáfana del Espíritu, que atribuye al demonio lo que evidentemente es obra de Dios.

Hacemos este camino de aceptación del plan salvífico de Dios, entre los claro oscuros de gracia y pecado personales y colectivos; donde a veces avanzamos, pero en otras ocasiones expresamos nuestra egoísmo y por consiguiente, la incapacidad de amarnos mutuamente es expresión de esa culpa universal. Como nos recuerda San Pablo, dentro de cada uno de nosotros está la lucha entre el bien y el mal, siendo portadores de la Gracia en vasijas de barro.
A pesar de ello, sabemos que el Señor es nuestra Luz y nuestra Salvación ¿Por qué temer? ¿Quién nos separará del amor de Dios? Hermanas, hermanos, vivamos con esperanza desde el Misterio Pascual en un camino de Fe. Que sean nuestras actitudes y acciones testimonio de que estamos centrados en Dios. Que se aleje de nosotros la actitud de juzgar y condenar, sin apartarnos de la verdad, sirviendo y amando con misericordia.

Pidamos al Señor que hace nueva todas las cosas que nos de la libertad y la fascinación de su Luz, para que su Gracia sea nuestra fortaleza y su ternura nuestra esperanza.

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