el viento

RELIGIOSAS Y RELIGIOSOS:
«LLAMADOS A SER EVANGELIOS VIVIENTES»

Hno. Lino Miranda Castañeda, ofm.
CONFERRE ZONAL DIOCESIS SAN JOSE DE MELIPILLA

El mismo Jesús, estremecido por la alegría de los apóstoles quienes regresan después del tiempo de misión que les encomendó Jesús (pues este texto  prosigue, en Lucas, al testimonio de los 72), eleva esta alabanza al Padre, pues en su infinito amor y compasión ha revelado estos grandes misterios a aquellos hombres y mujeres simples quienes, con un corazón humilde y sincero, han acogido esta invitación al Reino.  Jesús lo dice claramente: «le diste a conocer esto a la gente sencilla», pues ellos están libres de prejuicios ante la buena noticia del Reino; la gente sencilla es libre para acoger aquello que le invita a vivir en justicia y verdad; lo sencillo permite el asombro a la novedad; lo simple, posibilita la acogida y el compartir… Lo simple y sencillo abre las puertas al Reino.  Jesús se admira ante el deseo de Dios de revelar estos grandes misterios a esta realidad poco considerada, pues los privilegiados, aquellos que terrenalmente podrían ser considerados como los primeros depositarios de estas verdades, no fue dado a ellos, pues sus estructuras, tradiciones y permanente preocupaciones para sostenerlas los habían atrincherado de tal manera de no abrir posibilidad a la buena noticia de salvación.  Ese es el deseo de Dios, que los simples y sencillos, desatados de tradiciones y estructuras asfixiantes, comprendieran el mensaje de Dios manifestado en aquel predicador, orante e itinerante, quien les dijo simplemente que Dios es Padre, que nos ama y nos perdona. 

Jesús no ofrece nuevas estructuras o tradiciones, sino más bien una praxis basada en el amor de Dios, quien se dona, sale de sí mismo, en un movimiento de pura generosidad, que le es propio, para encontrarse con su creatura y comunicarle lo importante que es para El.  Este nuevo yugo es suave, porque no es más que  la ternura de Dios, que sin duda nos protege, renueva,  anima;  y es liviana, pues más que una carga nos libera, quita el peso, nos aligera de todo aquello que nos presiona en el camino, para que nuestro peregrinar hacia él, no sea un suplicio, sino más bien un sendero gozoso, llevadero, esperanzador. 

Francisco de Asís, nuestro hermano, se regocijó en la alegría y asombro expresada en esta alabanza de Jesús, pues descubrió que el Reino no es más que vivir el Santo Evangelio, sin grandes glosas, estructuras o tradiciones, sino más bien, vivirlo en la dulzura y simpleza de sus palabras, pues se sintió llamado a seguirle por el camino de la sencillez, en obediencia sin nada propio, y en castidad.  El contempló el amor gratuito de Dios, manifestado en el gran acontecimiento de la encarnación, en medio de la simpleza y la sencillez, que es Jesús, y lo impulsó a encarnar en su propia vida ese abajamiento de Dios, haciéndose pobre entre los pobres, pues en ellos podía experimentar también en su vida, la simpleza, la humildad, la sencillez; en el fondo, la minoridad testimoniada por Dios.  Vivir como menor entre los mayores de su tiempo, lo hizo profundamente libre y acogedor, para compartir con pobres y ricos; se asombró de las cosas cotidianas y ordinarias de la vida, ellas fueron un regalo del que se mostró intensamente agradecido, incluso con toda la creación; el ser menor le permitió vivir el secreto del evangelio: la fraternidad; pues su mayor riqueza no era más que Jesús quien nació pobre en el pesebre, peregrinó pobre con sus discípulos, pues no tenía dónde reclinar la cabeza,  y murió pobre en la cruz, excluido y rechazado por su pueblo. 

Francisco contemplando y abrazando al Cristo pobre y crucificado  pudo vivir su vocación en la  libertad que sólo el Señor le pudo conceder.  Sólo un alma enamorada profundamente de Jesús, puede experimentar tal libertad ante el camino de la vida y la de Francisco fue una de ellas: un hombre contemplativo, orante, que degustó cada palabra y hecho de Jesús narrada en el evangelio, la oración hecha hombre, dicen sus biógrafos; que predicó con la palabra, pero especialmente con su propia vida, con el testimonio simple y acogedor, la alegría del Evangelio, a toda creatura sin excepción; que definió su vida y la vida de sus hermanos como «menores», pues solo a través del camino de la minoridad se abrazaba más a Jesús y se abrazaba también a los demás como hermanos, como un regalo, como un don, deseado por Dios, y no por voluntad propia, germen de toda fraternidad y de Iglesia.

Nuestros fundadores, a lo largo de toda la historia de la vida religiosa, nos invitan a volver la mirada a Jesús, al Evangelio, a la Iglesia; y particularmente hoy, en que celebramos a Francisco de Asís, el hermano de todos, él nos da testimonio a todos nosotros  religiosos y religiosas, a que es posible vivir proféticamente en medio de la Iglesia la alegría del Evangelio, desechando toda estructura y práctica que no nos permita vivir con mayor libertad el seguimiento de Jesús.  Francisco nos da testimonio de que ser hombre y mujer contemplativos, orantes, oración hecha humanidad, nos permite ver, palpar, abrazar a Jesús en la cotidianidad de nuestra vida, y acogerlo en todo aquel que el Señor nos regala como hermano o hermana; a ser evangelios vivientes, predicando con la voz, pues cada Palabra de Dios nos inspira, pero por sobre todo con la vida, que el Amor no es amado. A ponernos a los pies de la Santa Madre la Iglesia, aquella que fundó Jesús bajo el fundamento del amor, aquella Iglesia que peregrina, que retribuye al Señor todos los bienes, que conduce, que anima y que cuida especialmente de las almas más necesitadas del amor de Dios.  Francisco nos impulsa a reconocer que nuestra vida religiosa es una forma de vida, no una actividad o profesión, es Evangelio Viviente: Cristo, cuyo yugo es llevadero y su carga ligera.