martes , 14 abril 2026

Un llamado a renovar la vocación docente en tiempos desafiantes: carta pastoral del cardenal Chomali a los profesores

El arzobispo de Santiago dirige una carta a los profesores en la que reconoce el cansancio y las dificultades del contexto educativo actual, y propone tres claves para renovar la vocación docente: educar desde el amor, fortalecer la vida espiritual y sostener la esperanza en la formación de niños y jóvenes.

Fuente: Iglesia de Santiago

Queridos profesores y profesoras:

Me dirijo a ustedes con afecto, gratitud y esperanza. Los llevo en mi corazón. Valoro profundamente la vocación que han abrazado y el servicio inmenso que realizan a la sociedad.

El futuro de Chile será lo que hoy se vive en sus aulas. Nuestro futuro está en sus manos. Ustedes, con su trabajo diario, silencioso y exigente, están dando forma a la sociedad del mañana. Ahí radica la importancia de su vocación. Son verdaderos constructores del alma de Chile.

Y, al mismo tiempo, muchos profesores están cansados. Cansados por la sobrecarga, por el desgaste emocional, por la dificultad de enseñar en contextos cada vez más tensos, por la falta de reconocimiento, por la pérdida de respeto y por la violencia que se ha instalado en muchos ambientes educativos.

No tengo dudas: hoy ser profesor es una de las profesiones más difíciles de nuestra sociedad. Construir un edificio requiere capacidad, técnica, recursos y planificación. Pero formar a un joven exige mucho más, porque estamos hablando de acompañar su crecimiento vital y de ayudarlo a formar su carácter, orientar sus decisiones y encontrar sentido a su vida. Un buen profesor abre horizontes, plantea preguntas decisivas, sostiene a un alumno cuando nadie más lo hace y marca el corazón de sus estudiantes para toda la vida.

Es tiempo de volver a poner en alto la vocación docente. Su tarea es más importante que nunca.

Desde esta convicción, me permito hacerles un triple llamado.

El primero: instaurar una cultura del amor.

Jesús dice: “Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas, y las mías me conocen a mí… y doy mi vida por las ovejas”.[1] El centro de la educación es la persona, y el educador está llamado, a imagen del Buen Pastor, a amar profundamente a cada uno de sus estudiantes.

Un estudiante aprende mejor cuando se sabe amado, respetado, escuchado y tomado en serio. Nadie crece bien donde se siente humillado, ignorado o despreciado. Nadie despliega lo mejor de sí mismo en un ambiente frío. Educar exige cercanía. Exige humanidad. Exige mirar al alumno y decir, con obras más que con discursos: tu vida vale, estoy aquí, espero mucho de ti.

El amor es el remedio frente a la cultura del descarte y de la indiferencia. Es también el remedio frente al bullying y la violencia. Si amamos más, tendremos un mejor país.

El segundo: educar desde una mayor profundidad espiritual

El Papa León XIV nos recuerda que los jóvenes piden profundidad; necesitan espacios de silencio, discernimiento, diálogo con la conciencia y con Dios.[2]

Los conocimientos técnicos, la vida social, la moral y la ética son importantes, pero no bastan. Transformar la vida de nuestros estudiantes exige llegar más hondo. Su deseo de infinito, su sed de verdad y su necesidad de sentido deben ser atendidos. Tal como lo he dicho anteriormente, “sólo una educación que amplíe las mentes y los corazones, que oriente hacia la promoción y defensa de la dignidad humana, podrá ayudarnos a priorizar la ética por sobre la técnica, a la persona por sobre las cosas, y a los valores espirituales por sobre los materiales”.[3]

La educación espiritual es una tarea urgente, de la cual todos somos responsables.

Los invito a cultivar también su propia vida interior, porque sin profundidad espiritual la vocación se desgasta. Edith Stein lo expresó con hondura: “El auténtico educador es Dios. Los educadores humanos no son más que instrumentos en las manos de Dios”. Qué consuelo y qué exigencia a la vez. Educar requiere oración, humildad, coherencia y docilidad a la gracia.

El tercero: educar con esperanza

Hay muchos motivos para desanimarse. Lo sé. Ustedes conocen mejor que nadie las dificultades de la escuela actual. Pero precisamente por eso su misión es tan grande. Un profesor esperanzado no es un ingenuo. Es alguien que, aun viendo la dificultad, no renuncia a creer que un estudiante puede cambiar, madurar, levantarse y volver a empezar. Educar es sembrar. Y sembrar implica paciencia, realismo y confianza en que la semilla dará fruto.

El Papa Francisco nos interpeló con claridad cuando escribió que “nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo”[4]. En medio de nuestra fragilidad, Chile necesita profesores que no se rindan interiormente, que miren la realidad con esperanza y que sepan contagiarla a sus colegas y estudiantes.

Queridos profesores y profesoras: no dejen de creer en la grandeza de su vocación. No dejen que el cansancio apague el sentido profundo de lo que hacen. No olviden nunca que detrás de cada clase, de cada conversación y de cada gesto, ustedes están transformando la vida de una persona.

Su vocación es de las más grandes y nobles que existen. Ustedes son formadores de la sociedad. Ustedes sostienen una parte esencial del presente y del futuro de Chile.

Gracias por levantarse cada día y entrar a una sala de clases. Gracias por preparar una clase aun cuando están agotados. Gracias por escuchar, enseñar, poner límites, contener, orientar y animar. Gracias por mantenerse de pie en medio de tantas exigencias. Gracias por no abandonar una tarea que muchas veces no recibe el reconocimiento que merece.

Quiero decirles también que rezo por ustedes. Rezo para que no pierdan la alegría de educar. Rezo para que Dios les dé fortaleza, sabiduría y paz. Rezo por sus familias, por sus comunidades educativas, por sus dificultades y anhelos.

Y quisiera terminar haciendo un llamado a toda la sociedad: cuidemos a nuestros profesores. Respetémoslos. Valoremos su autoridad. Acompañémoslos. Un país que humilla a sus maestros se debilita moralmente. Un país que los respeta y los cuida se fortalece desde sus raíces.

Los encomiendo de corazón a la Virgen María, maestra de esperanza y ternura. Que ella los acompañe, los cuide y los sostenga en esta hermosa y exigente misión de educar.

Reciban mi bendición.

Card. Fernando Chomali Garib
Arzobispo de Santiago



[1] Jn 10,14-15
[2] Carta apostólica “Diseñar nuevos mapas de esperanza” León XIV, 2025
[3] Homilía “Te Deum Laudamus”, 2025
[4] Evangeli Gaudium, 85

NUEVA EDICIÓN DE TESTIMONIO

PODCAST REVISTA TESTIMONIO

MENSAJE FINAL LII ASAMBLEA

LINKS DE INTERÉS

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Mensaje Final LVII Asamblea General de CONFERRE

Asamblea General de CONFERRE LVIIPadre Hurtado, abril – Octava de Pascua 2026“Caminando...

Declaración de los Obispos de Chile en comunión con el Santo Padre León XIV

Reunidos en Asamblea Plenaria, expresan su plena adhesión filial, afectiva y efectiva...

Jornada de Oración por las Vocaciones

La Delegación Episcopal para la Pastoral Vocacional (Vicaría para la Pastoral) del Arzobispado de...

Haití clama al mundo: ¡detener la violencia, defender la vida, hacer justicia ya!

Desde la JCoR – América Latina y el Caribe, alzamos una voz...