El pasado 15 de agosto, en el marco de la fiesta de la Asunción de la Virgen María, la Iglesia en Chile celebró con alegría el Día de la Vida Religiosa. En las distintas diócesis y arquidiócesis del país, comunidades enteras se reunieron para compartir una jornada marcada por el encuentro, la fraternidad y la acción de gracias.
Como una gran familia, religiosas contemplativas y de vida activa, sacerdotes religiosos, hermanos, miembros de institutos seculares, vírgenes consagradas, representantes de nuevas formas de vida consagrada, se dieron cita para celebrar juntos el don de las distintas vocaciones.




Inspirados en el ejemplo sencillo y cercano de María, los encuentros fueron una oportunidad para renovar la alegría de caminar unidos y de entregar la propia vida al servicio de Dios y de los demás.
Una fiesta de fraternidad
A lo largo de todo el país, la celebración adquirió un ambiente de verdadera fiesta entre amigos y hermanos en la fe. Abrazos, conversaciones, cantos y mesas compartidas fueron expresión de una Iglesia viva que reconoce y agradece la riqueza de los diversos carismas presentes en Chile.
Cada comunidad aportó su propia experiencia y vocación, recordando que la diversidad no divide, sino que enriquece cuando existe un mismo deseo de anunciar el Evangelio y servir a los demás.





La jornada dejó una certeza compartida: más allá de los distintos caminos y vocaciones, todos están llamados a caminar juntos y a poner sus dones al servicio de una misma misión.
En torno a María, la Iglesia chilena dio gracias por el testimonio de quienes, desde las distintas formas de vida consagrada, entregan generosamente su vida y ayudan a mantener encendida la esperanza y la fe en medio de nuestras comunidades.






