viernes , 5 diciembre 2025
el viento

Comentario Evengelio 16 de Noviembre

P. Ramón Villagrán
Orden de la Merced

“Gracias a la constancia salvarán sus vidas”. Invitados a renovar nuestra esperanza.
(Lc 21,19)

Nos acercamos al final del año litúrgico, y la Palabra de Dios nos invita a mirar más allá de lo inmediato, a levantar la mirada hacia el horizonte de la historia, visualizando  a Cristo como el Señor del tiempo y de la eternidad. El evangelio de este domingo, tomado de san Lucas, nos presenta un discurso de Jesús que, a primera vista, parece duro: habla de guerras, terremotos, persecuciones, desastres y temores. Sin embargo, en medio de esas imágenes propias de un lenguaje apocalíptico, resuena una promesa que ilumina todo el texto:

“Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

Es una palabra para tiempos inciertos, y también para nosotros hoy, aquí en Chile, en medio de un mundo que a veces se manifiesta cansado, algo fragmentado e incluso polarizado, donde las certezas parecen tambalearse. Muchos buscan respuestas, estabilidad o consuelo, y a menudo no lo encuentran. También nosotros, consagrados, no estamos exentos del cansancio, de la rutina, del peso de los días o de la aparente esterilidad de algunos esfuerzos; qué decir de lo que a veces significa observarnos con escasez vocacional. Y sin embargo hoy el Evangelio nos recuerda que la fidelidad cotidiana es el lugar donde Dios actúa y salva.

La esperanza en medio de la inestabilidad

Jesús no promete una vida sin conflictos, de hecho a lo largo del evangelio nos encontraremos en no pocos pasajes su alerta frente a escenarios que nos puedan parecer difíciles, pero sí hay algo que promete: su presencia. En tiempos donde abundan las noticias que angustian, donde se siente el desgaste de la convivencia, o donde la fe parece pasar por una cierta indiferencia, los religiosos estamos llamados a ser centinelas de la esperanza. Nuestra vocación no es un refugio, sino una profecía viva: decir con la vida que vale la pena confiar en Dios, servir, entregarse y amar hasta el final.

Chile, nuestra tierra, está marcada por contrastes: la belleza de su naturaleza y la fragilidad de su tejido social;  la generosidad y solidaridad de su gente y las heridas de la historia reciente; los esfuerzos de tantos por construir fraternidad y los signos de desconfianza que aún persisten. En este contexto, la vida consagrada tiene una misión preciosa: recordar que Dios sigue presente, que el Reino sigue creciendo, aunque sea como semilla pequeña, silenciosa y escondida.

Cuando Jesús dice: “no tengan miedo”, no es una frase de consuelo superficial, podemos decir “no es un placebo psicológico”, todo lo contrario, es una invitación a creer que el amor es más fuerte que la destrucción, que la gracia puede más que el pecado, y que la fidelidad de Dios no se agota.

María, mujer de esperanza

En este Mes de María que estamos viviendo, nuestro  mirada y corazón se vuelve hacia Ella, la mujer de la espera confiada. María supo lo que era no entender del todo, lo que era temer, lo que era caminar sin ver todo el horizonte. Pero confió. Su “sí” no fue una palabra romántica, sino un compromiso profundo con la voluntad de Dios, incluso cuando ésta la llevó al pie de la cruz.

Contemplar a María en este su mes, tiempo de primavera en Chile, donde la tierra florece y el cielo se limpia,  es recordar que la esperanza también florece en los inviernos del alma. Ella nos enseña a mirar la historia desde el corazón de Dios. María no se refugia en la nostalgia ni en el miedo; se pone en camino, se hace presencia, visita, acompaña, sirve.

Así también nosotros somos llamados a ponernos en camino con el corazón lleno de fe, aun cuando los caminos sean inciertos.

María, Madre y Reina de Chile, nos recuerda que el Señor cumple sus promesas, aunque el tiempo de Dios no siempre coincida con el nuestro. Ella sostiene a sus hijos y a sus hijas en los momentos de prueba, y nos enseña a permanecer firmes cuando todo parece oscurecerse.

Perseverar en la misión

Jesús dice: “Gracias a la constancia salvarán sus vidas”. Esa perseverancia no es resignación: es la fuerza del amor que se renueva cada día, la fidelidad que brota de saberse sostenido por Dios. Y en nuestra vida como consagrados, perseverar es seguir creyendo, seguir sirviendo, seguir esperando, aunque no se vean frutos inmediatos.

Cuántas veces nuestras comunidades viven ese “día a día” de lo pequeño: una oración compartida, una visita sencilla, un gesto de paciencia, una palabra de consuelo, una sonrisa ofrecida. Es allí, en lo pequeño y constante, donde el Reino se hace presente.

Hoy el Señor nos pide no bajar los brazos, no rendirnos ante la tibieza o el desencanto. Nos pide volver al amor primero, redescubrir la alegría de servir, y mantener viva la llama del carisma que nos ha sido confiado. En cada comunidad religiosa, por humilde que sea, hay un tesoro de gracia que sostiene silenciosamente la esperanza del pueblo.

Una esperanza para Chile y para el mundo

Estamos ciertos que la esperanza cristiana no es una evasión del presente; es la certeza de que Dios ya está obrando en medio de la historia. Por eso, cada gesto de amor, cada opción por la justicia, cada momento de oración y fraternidad, cada acto de misericordia, son semillas de resurrección.

Nuestro país, las comunidades que nos toca acompañar y con quienes caminamos día a día, necesita testigos de esa esperanza serena. No hay necesidad de proclamas o  discursos vacíos, sino de testigos de alegría y testimonios  de vida humilde y coherente. Hoy el Señor nos llama a mirar el  futuro sin miedo, sabiendo que el Señor sigue conduciendo su Iglesia, aunque el mar esté agitado.

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