P. Gabriel Naranjo Salazar, CM
Misionero Vicentino
El tema central de las lecturas de hoy es la corrección fraterna, en tres sentidos: como expresión de corresponsabilidad (I); como manifestación del amor mutuo (II); como dinamismo comunitario (III).
La misión profética de advertir (Ez 33, 7-9)
1.1. Contexto: este capítulo 33 abre la cuarta parte del libro de Ezequiel y el segundo momento de su ministerio, después de la caída de Jerusalén y la deportación del pueblo en el año 586 a.C. Su contenido intenta explicar ese desastre y sostener la esperanza.
1.2. Enseñanza: el profeta es descrito como un «centinela» que debe interpretar los hechos históricos, para juzgar el comportamiento del pueblo y alentar el futuro. La corrección fraterna en este caso es, al mismo tiempo: a) una personalización de la moral con la responsabilidad propia, b) una corresponsabilidad del que amonesta con el amonestado, c) un llamado a la conversión de corazón.
La plenitud del amor (Rm 13, 8-10)
2.1. Contexto: este capítulo 13 de la carta a los Romanos pertenece al umbral de la segunda parte, donde Pablo se refiere a la realización concreta de la salvación. Después de escribir sobre las relaciones con las autoridades civiles (vv 1-7), el apóstol pasa a señalar el amor mutuo como plenitud de la ley.
2.2. Enseñanza: con el mandamiento del amor se superan las deudas legales, la única que queda es la del amor a Dios y al prójimo: «El que ama ha cumplido el resto de la ley» . Las dos alusiones al decálogo lo confirman (Dt 5, 27-29; Ex 20, 12-17). La corrección fraterna está al servicio de esta vivencia en plenitud del amor fraterno.
El dinamismo comunitario de la corrección fraterna (Mt 18, 15-20)
3.1. Contexto: este capítulo 18 de Mateo es parte de la instrucción de Jesús a los discípulos para que se hagan partícipes del destino sufriente del Mesías; se refiere concretamente a la comunidad mesiánica que debe expresar el amor de diversas formas.
3.2. Enseñanza: la propone el evangelista en tres puntos:
a) La corrección fraterna (vv 15-17), con un dinamismo progresivo de: lo privado y personal, -a la presencia de unos testigos, -hasta la participación determinante de la comunidad, si es necesario;
b) El poder delegado por Dios, no solo a los apóstoles, sino también a la misma comunidad de «atar» y «desatar» (v 18), como en el caso concreto de la resistencia a la corrección fraterna;
c) El poder de la oración y el carácter ‘sacramental’ de la presencia del Señor en la comunidad (vv 19-20), a propósito de la corrección fraterna.
El Papa Francisco se refirió una y otra vez a esta triple exigencia de la vida cristiana: «La corrección fraterna es una de las expresiones más grandes del amor. Cuando un hermano comete una falta contra ti, ayúdalo, corrígelo, sin rencor» (Ángelus, 10.09.23). «No se puede corregir sin caridad. Es como una cirugía: sin anestesia el enfermo moriría de dolor. La caridad es esa anestesia que hace aceptable la corrección» (Homilía Santa Marta, 12.09.14). «La regla suprema de la corrección fraterna es el amor. Corregir con mansedumbre; el que corrige con arrogancia no sirve de nada, lo único que hace es destruir al hermano» (Audiencia General, 3.11.21).

