Nacer de nuevo: volver cada día al primer amor
Mateo 16, 21-27
La Palabra que hoy escuchamos nos deja una pregunta que no podemos responder solo con la razón, porque toca lo más profundo de nuestra vocación: «¿De qué le sirve a una persona ganar el mundo entero, si pierde su vida?». Es una pregunta que nos invita a mirar nuestro corazón con sinceridad y a preguntarnos si seguimos caminando detrás de Jesús o simplemente hemos aprendido a convivir con las exigencias de la vida consagrada.
Con el paso de los años podemos llegar a ser muy buenas administradoras de nuestras comunidades, responsables en la misión, organizadas en nuestras tareas y fieles a nuestros compromisos. Sin embargo, el Señor no nos llamó primero a desempeñar funciones, sino a vivir una relación de amor con Él. El riesgo más grande no es el cansancio del trabajo; es acostumbrarnos a una vida religiosa correcta por fuera, mientras el corazón pierde el asombro de sentirse amado y llamado cada día.
Por eso resuena con fuerza la invitación a nacer de nuevo. La consagración no fue solo el día en que pronunciamos nuestros votos; es una gracia que necesita renovarse cada mañana. Nacer de nuevo significa permitir que el Espíritu vuelva a recrear nuestra vida, incluso cuando pensamos que ya lo sabemos todo o que ya hemos recorrido suficiente camino.
El Evangelio me recuerda, como a Pedro, que el camino de Jesús no pasa por evitar la cruz, sino por abrazarla con amor. La cruz cotidiana tiene el rostro de la paciencia con la hermana, del perdón ofrecido sin esperar reconocimiento, de la obediencia vivida con libertad, del silencio que escucha antes de responder y de la disponibilidad para comenzar de nuevo.
Nacer de nuevo es dejar morir lentamente aquello que no se parece a Cristo: el deseo de tener siempre la razón, el apego a nuestros proyectos, el miedo a cambiar, el individualismo que nos encierra y las pequeñas comodidades que terminan apagando la alegría del seguimiento.
El Evangelio nunca promete una vida sin dificultades. Lo que sí promete es que ninguna entrega hecha por amor queda estéril. Todo lo que ofrecemos con generosidad se convierte, en las manos de Dios, en semilla de vida para otros.
Al terminar esta reflexión quisiera dejar resonando una pregunta que también me hago a mí misma y que deseo compartir con ustedes:
¿Qué necesita morir hoy en mí para que Cristo viva con más libertad? ¿A qué seguridades, a qué modos de pensar o de actuar me invita el Señor a renunciar para que pueda nacer de nuevo y amar con un corazón más libre?
Pidamos a María, mujer consagrada por excelencia, que nos enseñe a vivir cada día con la disponibilidad de quien vuelve a decir «sí», confiando en que el Espíritu sigue haciendo nuevas todas las cosas.

