Alejandro, C.M.F.
Tomado de «ciudad redonda»
No lo has encontrado. Las renuncias que Jesús nos propone no son nada con la plenitud que significa encontrar su tesoro. Quizá lo que nos pasa es que no tenemos fe, o más bien no tenemos la fe suficiente para arrojarnos al agua.
A la fe se llega por decisión personal y libre, no por tradición o herencia. La fe nos compromete a vivir según los criterios del Reino, no es una forma de pensar que acomodo a mi vida. No puedo hacerme la fe a mi medida. Desde la fe, venir a Misa, por ejemplo, es la celebración gozosa del encuentro comunitario con Dios. No es un rito que hay que cumplir. La fe es un regalo, un don gratuito, no un seguro de vida que me asegura la salvación. Cuando se tiene fe de verdad el amor se convierte en la única ley que guía y orienta tu vida.
Nace de aquí una visión optimista de la existencia humana y de la historia. La carta de san Pablo a los cristianos de Roma lo subraya con acento emocionado: «A los que aman a Dios todo les sirve para el bien, a los que ha llamado conforme a su designio». Para el creyente en Jesús, la vida tiene un sentido, el esfuerzo humano una razón de ser y hasta la contrariedad y las dificultades, lejos de asumirlo en la angustia y en la desesperación, aparecen ante su conciencia y su dinamismo, como argumentos de más para redoblar su compromiso. El cristiano cree en la historia. Sabe por el mensaje que la sucesión del tiempo entraña una vocación de eternidad y que la construcción del mundo por los caminos de la justicia y de la fraternidad desembocará en la salvación.
Esta es la suprema sabiduría que el mensaje de Jesús aporta a los hombres. En ella se encuentra no la resolución, aunque sí la iluminación del enigma de la vida. Para el creyente nada quedó resuelto con su fe; pero la fe si ilumina y clarifica la razón del vivir y del esfuerzo. A esta sabiduría alude la petición de Salomón. Nada hay más alto ni de mayor valor para el drama de la existencia. Los problemas seguirán estando ahí, porque no se arreglan solos, pero con las gafas de la fe, los podemos ver de otra manera. También Cristo en el Huerto de los Olivos sufrió un momento de tristeza y desasosiego, pero su amor al Padre le dio inmediatamente fuerza para subir al Calvario y ofrecer su vida amando y perdonando, hasta a sus enemigos.
Amemos a Dios de tal manera que las dificultades de la vida nunca consigan romper nuestra fe y nuestra esperanza, para que así todo termine siempre sirviendo para nuestro bien. De todo, hasta de lo malo, podremos aprender. Sigamos caminando, trabajando como si todo dependiera de nosotros, pero sabiendo que todo depende de Dios. De ese Dios que nos sale al paso. De ese Dios que espera tu respuesta. ¿Qué le vas a decir?

