JESÚS, MAESTRO Y PREDICADOR ITINERANTE
Mt. 4, 12-23.
Hno. Lino Miranda Castañeda, ofm.
El evangelista Mateo nos presenta en este día domingo la figura de Jesús como un maestro y predicador que va por los caminos invitando a la conversión, pues el Reino de Dios está próximo y todos estamos llamados a sumarnos a este proyecto de amor. Él viene para ser esa luz, anunciada por los antiguos profetas, que ilumina las tinieblas de todas las naciones de la tierra demostrando así, con sus propias palabras y gestos, la universalidad de este mensaje.
El texto acentúa la dimensión itinerante de la misión de Jesús, la cual no está instalada en una ciudad específica o en una sinagoga determinada, sino que, desde el camino, en los espacios de oración y de pueblo en pueblo invita a sus oyentes a volver la mirada al Señor, a transformar el corazón para dar el espacio correspondiente a Dios. En todo el relato Jesús está en movimiento, ya sea para enseñar, proclamar como también para llamar y sanar. En este andar, se va encontrando con hombres a quienes invita a sumarse a estar tarea de anunciar el Reino de los Cielos el cual, en la persona de Jesucristo, ya se ha acercado a cada hombre y mujer de buena voluntad. El movimiento itinerante permite a Jesús entrar en la vida cotidiana de estos hermanos pescadores a quienes llama a la misión; Jesús, el que va caminando por la orilla del mar de Galilea, entra en sus vidas de familia y en su trabajo, unos estaban echando las redes en el mar, mientras que los otros las limpiaban en la barca junto a su padre. Jesús sale al encuentro de cada uno, los llama y les hace la propuesta de este nuevo oficio: “ser pescadores de hombres” tarea cuya preocupación no serán las redes, la barca o la situación del mar como estaban acostumbrados, sino más bien este novedoso mar del corazón del hombre y la mujer en cuyas aguas no les será fácil adentrarse, pues implicará navegar mar adentro y esto significará contemplar al maestro quien les enseñará con sus palabras y gestos cómo tirar las redes para obtener una cosecha abundante.
Este Reino que está cerca en la persona de Jesús se visibiliza anunciándolo por el camino, llamando a discípulos a este nuevo oficio, pero también se da a conocer por el servicio, especialmente por medio de la sanación de todo tipo de enfermedades y dolencias.
En este tercer domingo del tiempo ordinario, coincidentemente conmemoramos como Iglesia la Conversión de San Pablo, el Apóstol de los gentiles, pidamos al Señor nos dé aquella disposición a la misión haciéndonos hombres y mujeres itinerantes, como lo fue él, asumiendo en su vida la misión de Jesús, conscientes de que nuestro único tesoro es su persona y su Buena Noticia de Salvación. Que podamos asumir la itinerancia como expresión profunda de abandono en las manos del Señor quien conduce la historia de la Iglesia y particularmente la misión de cada uno de nosotros en medio de nuestra vida consagrada. La misión de Jesús comienza en las periferias del territorio del pueblo judío, en los espacios que no son el centro político, social y religioso de Israel, es allí donde se hace peregrino, donde se pone en movimiento constante para poder ganar y convertir corazones para Dios. Como vida consagrada, llamados siempre a hacer del evangelio de Jesús nuestra forma de vida, recordemos que estamos llamados a ir por los caminos del mundo, en sus periferias existenciales, invitando a la conversión, enseñando, proclamando y sanando las dolencias de tantos y tantas que tienen necesidad de esperanza en sus vidas. Que la itinerancia sea expresión auténtica del desapropio que profesamos a lugares y estructuras ya que reconocemos a Jesucristo y su mensaje de vida como el verdadero tesoro que queremos compartir con los demás. Que este texto que hoy ha sido proclamado en tantas Iglesias y capillas, nos recuerde lo que hemos prometido en virtud de nuestra formula de profesión, donde públicamente hemos dado testimonio de nuestra pertenencia a Jesús y, al mismo tiempo, asumimos la itinerancia como nuestro modo de enfrentar el acomodo y el encierro que nuestras estructuras representan muchas veces, amenazando y/o asfixiando la misión. El Jesús de los caminos que nos presenta Mateo, sea el ícono cotidiano de cada uno de nosotros, quienes hemos respondido a su llamado dejando todo por el Reino, así como lo hicieron estos hermanos pescadores cuando escucharon el llamado del Maestro para ir por el camino junto a él; que nos mueva a salir, caminar, encontrarnos con los otros, para que claramente con nuestras palabras, pero por sobre todo con nuestra vida, muchos vuelvan su mirada al Señor de la vida quien viene a llenar de esperanza sus búsquedas y también a aliviar sus dolencias y enfermedades. Que el Jesús itinerante de Mateo revitalice nuestra vocación misionera y por sobre todo nuestra disposición para dejarlo todo una y otra vez y así, libres de equipaje, seamos nuevos “pescadores de hombres”.
Les dejo aquí algunas preguntas que nos permitan ahondar en la reflexión de nuestras comunidades religiosas (retiro mensual, reflexión bíblica comunitaria) y que nos ayuden a seguir respondiendo con mayor fidelidad a Jesús, nuestro maestro y predicador itinerante:
1.- ¿Qué debo convertir hoy en mi vida consagrada?
2.- ¿Cómo encarno la itinerancia en mi proyecto de vida como consagrado (a) para no acomodarme o encerrarme en las estructuras?
3.- ¿A qué estoy llamado (a) a dejar/renunciar para vivir con mayor libertad, libre de equipaje, la misión que el Señor me encomienda?

