“Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?”
Sandra Lucarelli Castagno
Religiosa de María Inmaculada
En este hermoso pasaje del Evangelio, Jesús, en una dinámica pedagógica impresionante, comienza sondeando a sus apóstoles sobre qué se dice por ahí, acerca de quién es Él. Las respuestas son diversas, refiriéndose a personajes ya pasados que, sin duda, fueron sus precursores. Pero entonces, Jesús, les pone delante una pregunta vital: “Y ustedes… quién dicen que soy?”. Jesús los lleva a la confrontación con la verdad más profunda de cada uno de ellos. Sin embargo, es uno de ellos, Simón, quien después será Pedro, el que toma la palabra y hace la confesión de fe: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús se alegra y le ayuda a reconocer que esa revelación viene del Espíritu, que se ha servido de la pasión, determinación y vehemencia de Pedro, para hacer esa confesión y ahí, le pone en sus manos la gran misión que tendrá en la Iglesia naciente. Jesús no hace esto, en una acto intimista y solitario, sino que lo hace delante de los demás, en la comunidad apostólica.
Esta escena tan breve como potente, más allá de todos los análisis teológicos, que pueden llevarnos a grandes temas, nos puede ayudar a cada uno de nosotros a volver sencillamente, a esta gran pregunta: y hoy, ¿quién es Jesús para mí? A lo largo de nuestro camino como consagrados, cada cual, en el momento en que se encuentre, quizás no pocas veces, hemos tenido que “volver” a encontrar esa respuesta, hemos tenido que revisar honestamente a quién seguimos y a qué misión respondemos. Como en una danza interior, la fidelidad al “amor primero”, se ha visto tantas veces zarandeada por “músicas que encantan” pero que nos han alejado del Jesús verdadero, el que nos llamó, el que le dio a nuestro nombre otro sentido (“Simón, tú serás Pedro, que significa piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”). Porque poder descubrir en lo profundo de nuestro corazón esta respuesta, en el hoy de nuestra vida, también puede llevarnos a la alegría de agradecer el llamado, una y otra vez, a pesar de las fragilidades, a descubrir las riquezas carismáticas, que fundamentan nuestra misión, a compartir con otros hermanos las búsquedas, los desafíos de anunciar a Jesús hoy, en este mundo que nos toca. Que nuestro anuncio explícito de Jesús, tenga siempre mucho más que ver con lo que SOMOS por su gracia, que con lo que decimos o hacemos. Al Dios de todas las preguntas, nos encomendamos, para encontrar siempre, en medio de nuestras debilidades, las respuestas que provienen de su amor incondicional e infinito.

