martes , 14 abril 2026
el viento

Comentario Evangelio 22 de Febrero

H. Alejandra Cortez
Religiosa de María Inmaculada

En nuestro lenguaje eclesial, y más aún, en la vida religiosa, cuando hablamos del desierto, pensamos de inmediato  en la experiencia que nos dispone a la escucha de Dios, que se manifiesta ahí, en lo más hondo de nosotros mismos, y evocamos esa hermosa frase de Oseas: “la llevaré al desierto, y le hablaré al corazón.”(cf. Os 2,4); sin embargo, también podríamos decir que en el “desierto” se evidencia nuestra fragilidad, porque estamos desprovistos de seguridades, y ello supone estar a merced de los vaivenes de la vida, y es ahí donde realmente se prueba la fe que decimos profesar.

Jesús, en este pasaje, se enfrenta a una triple tentación que toca aspectos fundamentales del ser humano y que son interpelantes para nosotros, como religiosos. No pretendo hacer una exégesis del texto, sino simplemente apuntar algunas ideas que podrían ayudarnos a revisar cómo estamos viviendo nuestra consagración.

En esa condición vulnerable del Señor, la primera tentación refiere a convertir las piedras en pan, algo así como una acción mágica donde utilizamos a Dios para nuestro provecho, para saciarnos del hambre. Pero, siendo el alimento, necesario para vivir, muchas veces nos quedamos sólo en ello, sin despertar en nosotros y en los demás, otro tipo de hambre que vaya más allá de lo puramente material. Si fuésemos capaces de inquietar y sacudir a los satisfechos el hambre de amor y justicia, (que es la Palabra que sale de la boca de Dios), entonces nuestro mundo sería más humano y menos desigual, más justo y más lleno de oportunidades para todos. ¿Qué nos pasa que no logramos trascender, muchas veces, el mero asistencialismo sin romper estructuras injustas que doblegan a nuestros hermanos?

La segunda tentación me recuerda las zonas de confort o el acomodamiento que a veces es una clara tentación en la vida religiosa. Buscamos en Dios seguridades, “que nuestros pies no tropiecen con ninguna piedra”, y esto es totalmente opuesto a las implicancias de la vida religiosa, donde precisamente hemos de ser capaces de asumir riesgos que nos pongan a la intemperie, desprovistos de fama y certezas, sólo ataviados de Jesús y su Evangelio. ¿No es ésta una gran tentación frente a un mundo donde la fe es cuestionada y nuestro mismo estilo de vida es incomprendido? 

La tercera tentación, creo que también nos habla del poder que muchos de nosotros no sabemos ejercer desde los diferentes roles que ocupamos. Hablamos de servicio, pero sabemos que no siempre se vive como tal, y somos presa fácil de la codicia, no muy diferente a como ocurre en la sociedad.

Estamos llamados a seguir al Maestro pobre y sencillo, que busca ante todo el alimento de la Palabra de Dios, que se jugó la vida hasta perderla por amor y enfrentó la calumnia y la injuria sin permitirse acomodos de ningún tipo. Estamos llamados a servir sin acumular poder y gloria, sin pretender “mandar” a nuestros hermanos y beneficiarnos con prestigio y privilegios, porque sólo tiene sentido nuestro seguimiento si nos asemejamos a Jesús.

Ojalá que este tiempo de cuaresma nos permita revisar el modo en que vivimos estos valores y enmendar el camino si es que nos hemos desviado de él.

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