«Este es el Cordero de Dios»
II Domingo del tiempo ordinario
Marcelo Lamas, csv.
Este domingo el Evangelio nos sitúa en una escena sencilla, pero decisiva: Juan el Bautista al ver pasar a Jesús, proclama: «Este es el Cordero de Dios».
Toda la Palabra que hemos escuchado converge en este gesto: mirar a Jesús, reconocerlo y señalarlo. Juan no comienza hablando de sí mismo ni de su misión; comienza contemplando a Jesús. Antes de hacer cualquier cosa, fija la mirada en Él. Esto es esencial para nosotros: nuestra vida pierde sentido cuando dejamos de mirar al Señor y se vuelve fecunda cuando todo gira en torno a Él.
uan reconoce a Jesús como el Cordero, aquel que carga con el pecado del mundo. No es un Mesías poderoso según los criterios humanos, sino el siervo humilde anunciado por Isaías. El profeta nos decía hoy: «Tú eres mi siervo… por medio de ti me glorificaré». En Jesús se cumple plenamente esta palabra: la gloria de Dios se manifiesta en la entrega, en la mansedumbre, en el amor que se ofrece.
Nuestra vida consagrada solo glorifica a Dios cuando se asemeja a este Cordero: cuando acepta la pequeñez, cuando abraza la fragilidad, cuando se deja partir y entregar por los demás.
Juan hace una confesión que nos desarma: «Yo no lo conocía».
Y sin embargo, toda su vida estaba orientada a prepararle el camino. Esto nos enseña algo fundamental: conocer a Jesús no es algo que se posee de una vez para siempre.
También nosotros, después de años de vida religiosa, podemos correr el riesgo de creer que ya lo conocemos. El Evangelio nos recuerda que el verdadero conocimiento de Cristo es siempre una revelación del Espíritu, una gracia que hay que pedir cada día.
Aquí resuena el Salmo: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Este “aquí estoy” es la actitud de quien se deja sorprender de nuevo por Dios, de quien permanece disponible, sin instalarse, sin apropiarse del misterio.
El Bautista insiste en algo clave: no actúa por iniciativa propia. Dice claramente: «El que me envió a bautizar con agua, me dijo». Su autoridad viene de haber sido enviado. Esto ilumina profundamente nuestra vida consagrada. No somos enviados por nosotros mismos ni sostenidos por nuestras capacidades. Nuestra misión nace de la obediencia, de escuchar a Aquel que nos envía. Como Jesús, que vino a hacer la voluntad del Padre, nuestra vida se convierte en ofrenda cuando se vive como respuesta.
Por eso, más que sacrificios externos, el Señor busca un corazón disponible, una vida entregada en lo cotidiano, muchas veces de manera escondida.
Nuestra vocación no se sostiene solo con entusiasmos momentáneos ni con recuerdos del pasado. Necesita la permanencia del Espíritu, una relación fiel y perseverante con el Señor, que atraviese la rutina, el cansancio y las pruebas.
Cuando el Espíritu permanece, la vida se vuelve profética; cuando se le deja actuar, incluso la aparente esterilidad se convierte en fecundidad.
Finalmente, Juan resume toda su misión en una frase: «Yo lo he visto y doy testimonio». Juan no retiene a los discípulos para sí; los dirige hacia Jesús. Sabe desaparecer para que Cristo crezca. Este es un criterio evangélico esencial para la vida consagrada: no ocupar el lugar del Señor, no buscar protagonismos, no confundir la misión con la autoafirmación y la autorreferencialidad.
Nuestra vida, en comunidad y en misión, está llamada a ser como la de Juan: una existencia que señala, que indica, que dice con sencillez y verdad: “Este es el Hijo de Dios”.

