H. Alejandra Cortez Espinoza
Religiosa de María Inmaculada
Cada tanto, nos hace bien, en la vida religiosa, volver a los orígenes de nuestra vocación, indagar en las motivaciones que nos llevaron a ir contra la corriente de lo que se considera normal en la sociedad, y detenernos en esa fuerza que nos indujo a seguir un camino tan diferente al habitual. Hacer pausa y contemplar es siempre renovador, y me animo a pensar que algo así ocurrió con los discípulos cuando volvieron a Galilea, el lugar donde había comenzado la aventura que un día les deslumbró y que después de la muerte de su maestro, había empezado a decaer y llenarse de dudas, igual como nos sucede a nosotros cuando experimentamos la desilusión o el cansancio.
Volver a Galilea, al monte que Jesús les había indicado, es retornar a las raíces más hondas que dan sentido y belleza a la vida, es oír nuevamente la voz de Jesús y saborear lo que él tiene para decirnos; sin embargo, tal como les sucedió a los discípulos, la adoración puede estar teñida de inseguridades, y a veces, esas dudas persisten pero no nos impiden continuar la ruta que nos ilusionó cuando iniciamos este camino, porque al fin y al cabo, dudar es parte de la vida, pero la convicción de haber sido llamados es lo que infunde solidez al seguimiento, y eso no debiera derrumbarse ante las vacilaciones posteriores. Al menos, es mi experiencia.
Creo también, que, para ninguno de nosotros, religiosos y religiosas, supone una novedad, esta invitación del Señor a ir y hacer discípulos, (en realidad es un mandato que nace de la misma vocación), porque haber optado por este inusual camino implica una mirada hacia el entorno, un compromiso con la realidad y un deseo de comunicar la noticia que nos cautiva y nos hace felices. Ir, y hacer discípulos, es preocuparnos por un mundo mejor, más humano, donde cada persona sea respetada en su dignidad y cuente con las oportunidades para desarrollarse, porque la fe no puede ni debe estar desconectada del acontecer de las personas, la fe en el resucitado es comunicación de un mensaje cargado de gestos en bien de nuestros hermanos, de otro modo, es imposible pensar en este envío que nos hace Jesús, un hombre que en palabras y muchas acciones, contribuyó a dar “vida abundante” a la gente de su tiempo con quienes se relacionó.
Hoy, ese mismo Jesús que hizo volver a sus discípulos a Galilea, nos invita a ahondar en las raíces de nuestras primeras motivaciones de seguimiento y nos renueva en el compromiso del anuncio, regalándonos la certeza, frente a nuestras dudas, de que él estará con nosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos

